domingo, 28 de agosto de 2011

Tres poemas íntimos de Leonor Garnier


Croquis



Puedo sacar el pan al aire libre,

limpiar las hojas del último otoño,

para borrar de mis manos toda huella de moneda,

símbolo vertical de esta hora miseria.

Puedo escanciar de nuevo el agua, beber de ella,

encender la luz y prescindir del frío.



Somos humanos aunque no seamos seres,

ingratos dentro de la justicia artesanada,

cómodos en la comunicación que no entendemos,

para ser sólo gratuitos, los comprometidos.

Por eso no podemos deslizarnos por la existencia,

porque todo está previsto, nos fue trazado,

dicho;

nos paseamos con un croquis en la mano

y tres pasos a la derecha

y miles a la izquierda

crédulos de tesoros jugando a la rayuela

caza —recompensas: nada fui nada dejé.

Quizás sólo un dolor inconfesable.





Olvido



Soy el testigo no compareciente

confeso de crimen y hallado culpable.

De todos aquellos paseos en patines

por la verja de la solterona,

de los juegos escondidos en la escuela inglesa

sólo quedan estas palabras.

De los árboles frutales de la estación de mi parque

existe hoy un saldo: los troncos podridos,

las bancas picoteadas y aquel hoyo inmenso

en el cemento del muro.

Pero en las tardes siempre se llama a juicio.

(Estoy proscrita del álbum con fotos de frente y de perfil

y con los años tal vez se me dará otro nombre.)

Porque no sé disparar a mi hermano, se me dispara

y ya no existo:

hace mucho fui niña y me olvidé de golpe de mi infancia.





Renglones de mi vida



Hurgando en Dios

me encontré contigo.

Fue como comulgar de nuevo

la primera hostia de mi vida,

como abrir un libro grande

sin saber leer siquiera.



Tú, agua de mi desierto,

sopa de mi mesa,

pan de mi alimento,

la voz que escucho de pie,

los labios que beso de rodillas.

Tú, la sangre que me baña,

la misa de mis días.





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