domingo, 9 de junio de 2019

El cachurequismo: Una manera de pensar


Después de diez años de infructuosa independencia en Centro América, Francisco Morazán Quesada junto a un grupo de hombres que se hacían llamar revolucionarios Jacobinos, seguidores de la línea más dura y radical de la revolución francesa, asaltan las líneas del liberalismo y se toman el poder, desplazando al reciente poder criollo asociado a la Iglesia Católica, que abogaba por una visión del mundo dentro de parámetros simbólicos mágico-religioso, judeocristiano, impuesto a fuerza de cruz, espada y garrote desde tiempos de la conquista española en estos pueblos. Con la llegada de Morazán al poder el 16 de septiembre de 1830, se instaura un gobierno dispuesto a desmontar el sistema colonial imperante aun después de la “independencia”.

Ésta no había sido más que el artificio político económico, de un traspaso de poder de padres a hijos. Los españoles nacidos en estas tierras se disponen ahora a ejercer el poder político económico y social, sin la molesta injerencia de la Corana española que con sus leyes tributarias y modo de administración feudal menoscababa el crecimiento de una clase criolla habida de ejercer el poder absoluto sin tener que rendirle cuentas a nadie. Así es como aparecen en el escenario post independentista de Centroamérica, personajes que abrazan la ideología liberal, proyecto político burgués europeo, nacido después de la revolución francesa para detener el acceso al poder a un pueblo que amenazaba con su emancipación absoluta de la esclavitud. Pueblo que de muchas formas había sido sometido por siglos en el viejo mundo por la clase aristocrática defensora a ultranza del sistema de gobierno monárquico que imperé por siglos en Occidente.

La sociedad feudal con aires de aristocracia en Centroamérica es avasallada por los miembros de la familia Aycinenas de Guatemala, quienes ya para 1820, ocupaban 71 puestos públicos, incluyendo posiciones eclesiásticas, y entre todos ellos recibían anualmente la no despreciable suma de dos millones de pesos. La injerencia de esta familia en los asuntos políticos, económicos y religiosos de la región no fueron interrumpidos con la “independencia de 1821”; al contrario, afianzaron sus posiciones dentro de los nuevos Estados, apoyando el caudillismo y encabezando ellos, a través de Mariano de Aycinena, los destinos del gobierno de Guatemala.



Al llegar Morazán con los jacobinos al poder, quienes tenían como fin la construcción de un estado de derecho laico, la familia Aycinena perdió su poder y su fortuna, fue derrotada, y la mayor parte de sus líderes fueron exiliados. Pero no sin antes hacer la lucha a toda costa, ya que anteriormente a que ganara las elecciones para presidente de Centroamérica en 1830, Morazán había derrotado en cruentas batallas a los Aycinenas y sus socios, la pequeña oligarquía parasitaria naciente.

Es así que después de más de dos años de intensa lucha, en 1829 Morazán se toma Guatemala con sus soldados a los que llamó Ejercito Aliado Protector de la Ley. Esta acción tenía como objetivo restituir el orden constitucional, violado por el entonces presidente de Centroamérica el sacerdote liberal, el salvadoreño Manuel José Arce, aliado para ese entonces a los Aycinena. Es en este escenario en que parece la hermana de Mariano de Aycinena, la monja María Teresa de Jesús de la Santísima Trinidad, del convento de Santa Teresa, quien desde 1816 venía diciendo que recibía cartas de ángeles, y que cada viernes el señor Jesucristo se le aparecía en el convento, manifestándole su descontento y desagrado con aquéllos que se atrevían a desafiar la autoridades de la Corona española.

Ahora, las cartas y visitas de Jesús el Nazareno, señaladas por Santa Teresa, tenían como fin específico: afirmar que Morazán era el mismo anticristo, prometiendo herencia divina en la gloria eterna a todo aquel que ayudara a su hermano en la “guerra santa” contra Morazán. Advirtiendo que aquellos que no lo hicieran se prepararan para las “profundidades del infierno”. Estas elucubraciones fueron aceptadas como verdades por las autoridades eclesiásticas en Centroamérica, llegando al ridículo extremo de pedir formalmente su beatificación a la Santa Sede.

Lo anterior solo reflejaba la estrategia del patriarca Mariano de Aycinena, uno de los miembros del clan Aycinena, cuyo miembro fundador fue el marqués Juan Fermín de Aycinena e Irigoyen, único individuo en Centroamérica quien logró comprar un título nobiliario a la Corona). Aycinena planteaba en la carta que le envía el 9 de diciembre de 1827 a su hijo Antonio (comandante del ejército que enfrenta al ejército de Morazán) y, entre otras cosas, le dice: “Si perdemos con las armas, desplegaremos aquí la del fanatismo para exaltar a este pueblo devoto y levantar de nuevo un famoso ejército. Diremos en nuestras proclamas que los enemigos no respetan la honestidad de las doncellas, los lazos conyugales, ni la inocente infancia, que todo lo asolan y destruyen; que todo lo violan y pisan, hasta lo más sagrado. Que su elemento es el robo, las depredaciones, sus deseos, hartarse de sangre guatemalteca; que los religiosos van a perecer en sus manos, las monjas, los santos y los templos, que todo será perdido si los pueblos no salen en defensa de su religión y de su patria y otras mil cosas semejantes”. Más adelante sigue diciendo: “[…] pero tampoco cesaré yo de perseguirlos, y sobre, que nuestros frailecitos con sus exhortaciones, nuestras monjitas con sus rogativas y nuestro ilustrísimo con su incomparable destreza en esta clase de negocios, serán los instrumentos que dirijan al pueblo en nuestra campaña.”

Al llegar las correspondencias de la monja María Teresa (las que se hacían circular por toda Guatemala) a manos de Morazán, y al verlas plagadas de errores ortográficos, exclamó: “por lo visto ni Santa Teresa ni el mismísimo creador saben las más elementales reglas de la ortografía”; dando instrucciones la noche del 10 de julio de 1829 a Nicolás Raúl, militar francés al que Morazán confiaba misiones complicadas, para que previa investigación capture y expatrie a los sacerdotes que estaban conspirando contra el nuevo gobierno federal. Y es así que fueron a parar a Cuba junto a su máxima autoridad, el “ilustradísimo” Arzobispo Fray Casaus y Torres y 289 misioneros más, de las ordenes Recoleta, Dominica y Franciscana.

Es hasta 1837 que la Iglesia católica empieza a recuperar el espacio perdido en el engranaje político, económico y social en Centroamérica, al aparecer en el escenario político, desde las montañas de Mataquescuintla, de la mano de los padres Francisco Aqueche y Francisco Lobo, el mestizo iletrado Rafael Carrera, quien era nieto del Marqués Mariano de Aycinena. Nacido Rafael de una relación de estupro de Antonio de Aycinena con su empleada doméstica, la indígena Manuela Carrillo, quien dio en adopción al niño a Juana Rosa Turcios, cuyo marido era de apellido Carrera. Esta pareja vivía en Mataquescuintla, lugar donde ejercían el sacerdocio Francisco Aqueche y Francisco Lobo, “padrecitos” que introdujeron al niño Rafael Carrera en los oscuros misterios religiosos, para después hacerle creer que él era la reencarnación del arcángel Gabriel y el ungido para hacer frente al anticristo Morazán.

Así, con apenas 23 años, sin saber leer ni escribir, bajo la tutela y protección de Aqueche y Lobo, siguiendo la línea estratégica política y militar del Marqués Mariano de Aycinena. Usar para sus fines la superstición religiosa, perfila a Rafael Carrera, quien poco a poco fue reuniendo un ejército indígena con el propósito de derrocar al Gobierno Federal de Francisco Morazán. El relativo éxito de carrera en sus incursiones militares se debió a su estrategia de ataque que Morazán ya había empleado en su cruzada militar entre 1827 al 1829: hoy conocida como guerra de guerrillas. De esa forma Carrera se lanzó en contra del Gobierno Federal, asesinando sus simpatizantes y autoridades de la forma más cruel posible.

Reconocidas se hicieron las hordas de Carrera, por saquear ciudades completas por donde pasaban. Así que, al oír de lejos los bramidos de un cacho de vaca que Carrera usaba para ordenar su ejército, los citadinos corrían horrorizados a esconderse en sus casas mientras gritaban “¡allí vienen los cachos, allí vienen los cachos!”.

Viendo los liberales la inconveniencia para los intereses de su clase (pequeña oligarquía naciente), se disponen a traicionar a Morazán, con quien tenían una supuesta alianza en contra del bizarro e incipiente liderazgo del joven Carrera. Reaparece entonces en la escena política de Centroamérica de nuevo la familia Aycinena, ahora liderada por el padre Juan José de Aycinena, quien después de ocho años de exilio en Estados Unidos de América, regresa para dirigir desde la oscuridad de pulpito religioso una ofensiva sin precedentes contra el gobierno federal. Como buen “político” se asocia en esta aventura con el encargado de negocios del gobierno inglés en esta región, Federick Chatfield, y juntos conspiran para derrocar a Morazán, a quien por fin lograran vencer gracias al ejercito de Carrera y a la traición de los liberales quienes habían prometido apoyo militar a este para hacer frente al asedio que Carrera había sometido a la ciudad de Guatemala durante mucho tiempo; extorsionando a sus autoridades y saqueando la misma. Es así que Morazán pierde la batalla de 1839 en esa ciudad, y luego es obligado a salir al exilio.

Con la posterior muerte de Morazán en 1842 desaparece el proyecto de desmontaje de la superestructura colonial del estado, y el liberalismo criollo se une a las hordas fanático religiosas de Carrera; y junto a la pequeña oligarquía parasitaria naciente, crean en los diferentes países de Centroamérica gobiernos dictatoriales de corte feudal y religioso, dedicándose durante 30 años a incubar una forma de pensar aferrada al pasado de la colonia española.

Con la alianza de las hordas religiosas de Rafael Carrera y los liberales asociados a la pequeña oligarquía centroamericana, se institucionaliza en esta región el conservadurismo, doctrina política de derecha, enemiga de cambios políticos y sociales, que defiende a ultranza dogmas religiosos, asociados al patriotismo o nacionalismo. En Centroamérica se le ha conocido por sus características singulares como cachurequismo. Demás está decir, de dónde sale tan sugestivo epíteto. Se puede determinar a éste como una ideología política definida. Podemos afirmar que es una manera de percibir, sentir y vivir la vida, desde la perspectiva mágica religiosa del cristianismo, instaurada como única y absoluta verdad del ser humano como parámetros simbólicos de existencia.

Con la dictadura de Rafael Carrera la familia Aycinena logra de nuevo dominar la vida política, social y económica de Centroamérica. Además de ejercer los principales puestos de dirección de la Iglesia católica, para 1842 un sinnúmero de puestos gubernamentales y no gubernamentales habían pasado a sus manos: 10 de los 30 diputados eran miembros del clan; dos de ellos servían de vice presidentes, y 7 de los 13 funcionarios de la corporación municipal, también eran Aycinenas. Y así, por más 30 años gobernaron olímpicamente en Guatemala ejerciendo su poder e influencias en los demás gobiernos de la región.


Después de esta época surgieron movimientos con aires de liberalismo, los cuales no pudieron desmontar el sistema heredado de la colonia. Podemos decir que estos intentos liberales estuvieron contaminados del ya instaurado cachurequismo centroamericano, pues; clásico de estos movimientos “emancipadores” ha sido el caudillismo a ultranza, al puro estilo carrerista. Y qué decir del papel que la Iglesia ha desempeñado como columna vertebral en estos movimientos sociales, interviniendo en todos los aspectos de la vida, proponiendo como única alternativa la cosmovisión del mundo judeocristiano, contraviniendo la propuesta modernista de un estado de derecho laico, hecha por los jacobinos centroamericanos liderados por Morazán.

El cachurequismo se caracteriza por la negación de la memoria histórica, por una falta de identidad y sobre todo por una domesticación de las personas, programadas para obedecer y respetar a quienes los oprimen y explotan, sin poder verse a sí mismos como siervos, mozos, esclavos, vasallos o lacayos. Es, en otras palabras, la instrumentalización de las personas a través de la Iglesia. Y si bien, abrazando principios de carácter liberal los cachurecos sustituyeron las dictaduras del “más allá” por las del “más acá”. No podemos de ningún modo decir que el cachurequismo haya comulgado con las ideas de libertad planteadas al calor de la revolución francesa; al contrario, han sido ellos acérrimos enemigos de las libertades individuales y conquistas humanas por lograr mejores estadios de vida, planteados por los filósofos del iluminismo como Locke, Montesquieu, Rousseau, Hobbes y Voltaire.


Pero hablar de conceptos filosóficos en este caso, sería elevar el pensamiento cachurequil a unos niveles de humanización que no merece. Sabemos que el cachurequismo es enemigo declarado de la ciencia y el conocimiento, actuando cuando se le exige más por reacción e impulso que por el razonamiento. Esta manera de pensar y ver la vida se caracteriza por lo visceral de su esencia, la cual se basa en reprimir a sangre y fuego todo lo que amenace su existencia.

Otra característica del cachurequismo es la capacidad que tiene para disfrazarse de ideología política, vistiéndose de diferentes colores, confundiéndose a veces con el nacionalismo, pasando por el liberalismo, hasta incluso llegar a permear las filas de la izquierda ideológica. Es por ello que decimos que, en nuestro país, ni desde la derecha, ni desde la izquierda, se ha planteado en los últimos 140 años una sola propuesta política y social que rompa con el pasado histórico, mediante una nueva forma de percibir, sentir y vivir la vida, fuera de los artilugios que el cachurequismo ha impuesto como parámetros de vida en las mentes de la gente, desde tiempos de los Aycinenas y Carrera. Situación que no ha permitido en la historia moderna de estos pueblos manifestaciones contraculturales o rupturas generacionales que contribuyan a tener otra lectura del mundo que nos rodea.

El cachurequismo con su falso tradicionalismo cultural se las ha ingeniado para hacernos caer en la trampa de la involución, sosteniendo artificios culturales ajenos a la idiosincrasia de nuestros pueblos, mezclando tradiciones religiosas con manifestaciones festivas sociales: la Semana Santa, Navidad Catracha, ferias patronales, El Guancasco, Semana Patriótica (ahora paradójicamente llamada Semana Morazánica), Recreovias, Actívate, Honduras Canta, Un día Una Nación. Día de este, día del otro, en fin, la pseudocultura y la religión se mezclan y se confunden en el voraz consumismo capitalista, donde se entiende la artesanía por antropología, la tradición religiosa por historia, el futbol por arte, el militarismo por deporte, el reggaetón por música, y el panfleto por poesía. Esta forma de pensar taimada y sórdida ha hecho de este país, un remedo de nación, sumergido hoy en una vorágine de sangre, donde se entiende por soberanía territorial la venta de ríos y territorios, por soberanía del pueblo, la diaria violación de la constitución de la república. Contrato social que ellos mismos han hecho y violado cuantas veces sea necesario para satisfacer sus mezquinos intereses cachurequiles.

El surrealismo paradójico del cachurequismo oficialmente, representado por el Partido Nacional en el poder, lejos está de una concepción nacionalista propiamente dicha. Pues nadie más que ellos han dado concesiones a diestra y siniestra, desmembrado el territorio, vendiendo los más sagrados intereses de la patria a grandes monopolios extranjeros: compañías bananeras, palmíferas, hidroeléctricas, cementeras, minas de oro y plata, banda ancha, telefonía, electricidad, carreteras, en fin. Todo lo venden al mejor postor, sin importar las consecuencias futuras de sus desmanes, a sabiendas que los ciudadanos no reaccionarán a estos exabruptos, pues seguros están de haber hecho un eficiente trabajo de enajenación mental en la población donde el discernimiento, el debate constructivo de ideas y la generación de pensamiento no tienen cabida. Y es el pastor o sacerdote que siempre tendrá la última palabra en temas de moral, ética, generó, corrupción, educación, salud, seguridad y otros. Tampoco es de extrañar por los antecedentes históricos antes expuestos, escuchar en la actualidad a curas, obispos, cardenales, pastores y “apóstoles” evangélicos, bendiciendo, haciendo premoniciones y vertiendo opiniones para inducir al pueblo a favor del cachurequismo.

Cada niño o niña que ve la luz en este país, nace marcado con un número en la frente y no es precisamente el “misterioso y oscuro 666” del que tanto hablan los que profesan la fe evangélica, ¡No! Ni haciendo la más complicada de las ecuaciones con ese número nos darían 7,686.181 (siete millones, seiscientos ochenta y seis mil, ciento ochenta y un lempiras) que no es otra cosa más que la deuda con que nace cada hondureña o hondureño en la actualidad, al cual años de vida le faltaran para poder honrarla. Aun así, incapaz será durante el tiempo que dure ésta, de sospechar siquiera, cual es el verdadero motivo de todos sus males. La construcción de su ser cachureco se manifestará en ella o é, en todos los aspectos de sus vidas: en su modo de vestir, de caminar, de peinarse, de hacer el amor, de orar, rezar, cantar, bailar, llorar, mirar, protestar, reír y sobre todo de pensar; sí, de pensar. Porque el cachurequismo es ya una manera de pensar y actuar, es un nivel de conciencia o más bien de inconsciencia que refleja el grado de deshumanización del o la hondureña. Y si bien es cierto hoy están oficialmente representados por el partido Nacional en el poder, mañana podría ser otro el represente de semejante enajenación, llámese: Liberal, Pac, Pinu, Democracia Cristiana, UD… y hasta el mismo Libre.

Definitivamente, a los cachurecos se les encuentra por todas partes y en todos los partidos políticos de la nación. En eso tienen razón los dirigentes del partido Nacional al decir que son la gran mayoría en el país. Nadie que tenga dos dedos de frente, podrá negar semejante verdad, para desgracia de otros y de quien escribe, quienes nos hemos esforzados por alcanzar cierto grado de conciencia humana, lejos de los dogmas, del machismo, tabúes y prejuicios religiosos propios del ¡Cachurequismo Carrerista!

                                                                                                             Alex Palencia


sábado, 8 de junio de 2019

Memorias del lago Michigan: Un legado de arte pedestre

Apreciar una obra de arte desde el punto de vista de un simple observador invita a formular definiciones. En este sentido, toda obra de arte es una ars poetics, una teoría plasmada en un medio convencional o en un medio “encontrado”.
            La obra más reciente del pintor colombiano Luis Fernando Uribe reúne y combina medios convencionales (fotografía, pintura) y medios encontrados o descubiertos. Consiste por una parte de fotografías (tomadas con cámara digital) de un sinnúmero de figuras dibujadas, pintadas y grabadas sobre piedras rompeolas del lago Michigan, las que sirven no sólo de muros de contención, sino también de asiento a miles de vecinos y visitantes del lago. Lo que para Luis Fernando Uribe al principio, hace un par de años, fue un simple paseo a pie por la orilla del lago, con el tiempo se fue tornando un concepto meditativo y revelador de la inherente capacidad creadora del ser humano. En los últimos ocho meses, según cuenta, se ha dedicado a tomar fotos de las figuras que más lo asombran o lo emocionan. Las figuras en sí oscilan entre el tamaño de un tatuaje de brazo a unas de casi un metro diámetro. Por otra parte, las fotos son de tamaño normal y tomadas con el solo propósito de revelar el contenido y la forma particular de cada figura. Uribe, de ninguna manera pretende destacarse como fotógrafo, sino revelar y compartir con el público el arte popular que ha descubierto en los imperecederos petroglifos que ha ido encontrando en el lago.

Las figuras, que son toda una gama, tratan desde lo banal hasta lo espiritual, asoman desde la ocurrencia hasta lo poético, desde el garabato hasta una obra de arte de valor propio. Que conste que hay figuras grabadas en bajo y alto relieve que nos hacen recordar que la piedra y algún instrumento rudimentario facilitaron el estadio primordial en el que se calcó la creatividad misma.  Hay figuras que se asoman apenas para darnos noticia de una forma de significado tan personal, que pareciera no decir nada y hay símbolos que pretenden contener los secretos del universo, como —dice Uribe— “el ankh de los egipcios, el origen de la vida…: el arte popular es la recapitulación de todo, llevado a la nadería de un espacio inútil. Pueden ser un simple número estilizado, grabado en el concreto; o un símbolo esvástica, cruz, ying yang, etc. “Y este, mirá, que es un símbolo de las pandillas”, me dice Uribe entusiasmado, porque él sabe que todo tiene cabida en el reino del arte. A propósito, uno de los comentarios más rescatables de Uribe muestra la afabilidad y la disponibilidad del artista, me dijo: “me pareció insoportable no haber hallado mucho erotismo, así que me inventé algunas y las incorporé a mis pinturas… y hasta me fui al lago e hice inicios de grabados…”. El legado continúa.
Las memorias del lago también pueden consistir en una frase completa, un dibujo o grabado figurativo e incluso poemas completos, como los que encontró de Kavafis y de Wylde. Según Luis Fernando Uribe, muchos de estas memorias fueron realizadas por artistas urbanos o estudiantes de arte, ya que muestran habilidad, precisión, un conocimiento de la composición y, más que todo, afinidad con ese aspecto unificador que tiene todo arte: la marca insobornable de la humanidad.


La forma y los temas

Luis Fernando Uribe decidió darle orden a su hallazgo y clasificó las fotos en temas que éstas mismas comprenden: lo ideológico, lo espiritual o existencial (con la iconografía universal), animales, política, el amor, lo personal.  Los resultados son asombrosos, una vez las fotografías se reúnen y se disponen en un cartel para conformar una serie, ya sea de uno de los temas ya mencionados o una serie que muestre todos los temas. Quizá lo más fiel al objeto encontrado (en este caso un petroglifo) sería la serie que comprende todos los temas sin ninguna ordenación: es así como se encuentran en el lago, como meras memorias inconexas. Uribe recorrió la orilla del lago desde el Norte hasta la 35 al sur, donde encontró la figura o la frase más antigua y que data del año 1930.

El recorrido mismo por el tiempo le permitió ponderar sobre la posibilidad de plasmar las “memorias” en un medio que no difamara más lo que puede ser un espejismo: la existencia. La fotografía (por simple que sea) representa mejor la creatividad colectiva de 67 años de lo que ante los ojos del un transeúnte común sólo sería vandalismo. Como lo explica Uribe: “Esto no se trata de grafitti… Yo lo veo más como expresiones de arte popular…”. Sin duda, realizados furtivamente, por personas que no pretendían más que dejar una huella en lo más seguro y duradero, en un muro de contención que resguarda la orilla del lago y la ciudad.

De inmediato vienen en mente la pintura rupestre de las cuevas de Altamira o Lascaux en Francia. De pronto una figura que denota una cosa y connota otra se vuelve la formulación de una estética. Pensé yo, si existe el arte rupestre, ¿por qué no un arte pedestre? La primera impresión que tuve al ver los carteles de fotografías fue que no sólo se trataba de un ordenado collage de figuras llamativas, descriptivas —polisemias—, sino que también se estaba rescatando el legado de más de medio siglo de arte popular que ahora se me ocurre llamarlo pedestre, porque la única manera de encontrarlo es “a pie”, mas no por ser vulgar o repugnante, sino porque se realiza con el riesgo riesgo de ser considerado como tal.

Luego de una amena conversación  durante la cual Uribe tomó fotos y compartió otras anécdotas del lago Michigan,  como un "afterthought", ya cuando nos depedíamos, el maestro colombiano me dice sonriendo: “Lo que más encontré fueron flechas, León”. Reímos de lo fácil y seguramente también de lo difícil. "Hacia algún lugar ignoto nos dirigen", le respondí.
            

               León Leiva Gallardo


                                                                            
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Este artículo fue publicado en el 2011 por la revista Contratiempo de Chicago. La exhibición de Luis Fernando Uribe “Lake Front Memory”, se llevó a cabo en la Galería Aldo Castillo el 19 de octubre del mismo año.

viernes, 5 de abril de 2019

El arte de la distorsión de Juan Gabriel Vázquez



 Voy a comenzar lanzando una de mis invectivas que me sirven para purgar a los fanáticos o a los groupies de escritores nóveles: Juan Gabriel Vázquez es uno de esos escritores profesionales capaces de escribir cualquier tipo de libro (en prosa), incluso una novela. Pero es de mucho agrado para mí saber que resulta ser crítico literario, porque hacen falta los críticos, como él mismo lo comenta, refiriéndose a su Colombia. Imagínense ustedes, en Colombia, la “Atenas de América”, el país donde se habla el mejor español de América, la nación que nos heredó Cien años de soledad, el clásico moderno de nuestra lengua, punto, según J.G. Vázquez, los críticos literarios son escasos. Pues se lo creo, porque la literatura como la concebimos nosotros los de antaño, también es escasa. Pero buenas noticias para Colombia, creo que Juan Gabriel Vázquez es un buen crítico y llena el vacío a plenitud y hay momentos en que lo rebasa en El arte de la distorsión.

Una selección de ensayos, según tengo entendido basados en ponencias, El arte de la distorsión trata, sin muchas complicaciones, temas esenciales del arte de la escritura y del propósito de la misma en tanto manifestación de la vivencia humana o historia subjetiva (“impresionista”, como la llama en un momento). Se destacan, por supuesto, los breves ensayos sobre obras que son muy cercanas a su oficio como narrador, El corazón de las tinieblas y Nostromo de Conrad, las que utiliza para exponer su reivindicación del propósito mitificante de la novela, contrarrestando la noción de la literatura como historiografía. En este aspecto, sentí que Vázquez estaba respondiendo reclamos nacionales a su obra por no haber tratado la cuestión colombiana a la altura de otros escritores; algo que Vázquez ha realizado a su manera con la novela Historia secreta de Costaguana.

Como es necesario si se pretende tratar el tema de la novela, Vázquez hace las debidas referencias al Quijote, y nos extiende una nueva propuesta que nunca antes había leído, y es que: los verdaderos seguidores del Quijote no son los españoles, sino los ingleses. Para esta aseveración hace alusión, entre otras, a novelas de Henry Fielding, como Tom Jones y Joseph Andrews, las cuales, de hecho, son picarescas hasta el extremo de ser parodias. Vázquez es sin duda un asiduo lector de la literatura universal y, muy a su favor, conoce muy bien el inglés y seguro ha leído sus obras predilectas en esta lengua en el original. (Siempre he manejado la idea de que hay obras que deben ser leídas en el original para no perder “el genio” de la lengua: sin duda todo Shakespeare, mas, para dar ejemplos de obras tratadas por Vázquez, también Ulises de Joyce y Lolita de Nabokov.)

He leído algunas reseñas sobre El arte de la distorsión y muchos se equivocan al comentar que las observaciones de Vázquez son todas nóveles. Todo lo que escribe Vázquez sobre El corazón de las tinieblas y Cien años de soledad has sido tratado en una vastedad de crítica literaria. Sobre la función de la intrahistoria en Cien años de soledad se ha escrito mucho, y no digamos sobre la mitificación. Para dar un ejemplo primario, al final de los 80 conocí a Manuel Zapata Olivella, quien fue invitado a la Universidad de Northeastern Illinois a hacer una ponencia sobre el mito en la literatura colombiana. El autor del Changó, el Gran putas (1983), justamente se refiere a Cien años de soledad para reiterar lo sabido, el mito está en la cotidiana experiencia vivencial del caribeño y del latinoamericano por antonomasia. 

En cuanto a la perspectiva “comprometida” de Conrad que Vázquez desmiente, con algo de razón, también se ha descartado sobremanera. Muchas lecturas de esta obra, se volcaron, anacrónicamente, en perspectivas comprometidas. Vázquez argumenta que en ningún momento Conrad menciono el río Congo en la novela; pero, dice este interlocutor, esto no comprueba que Conrad no pudo haber omitido el topónimo. Vázquez quien critica la literatura de “tesis”, como el la llama, nos insinúa su anti-tesis (no se lea antítesis, porque él NO es ni hegeliano y menos marxista). Comprendamos que Vázquez es muy “rolo”, pero no llega a ser del todo un “godo”; maneja muy bien la argucia del bogotano conservador como para pecar de absolutista. Su estilo perspicaz es amedrentador, incisivo, pero con suficiente sofisticación y recato como para no plantarse como Vargas Llosa.

En fin, El arte de la distorsión trata del contenido vuelto forma “impresionista” en la creación literaria, especialmente en la novela, pero también en el cuento. Esta más que válida observación fue magistralmente expuesta hace muchas décadas por el ingenioso don Jorge Luis Borges, el más quijotesco de los críticos literarios por haber. Vale mencionar que las observaciones de Vázquez sobre la obra de Piglia y Ribeyro pueden despertar ánimos dormidos sobre estos escritores tan anómalos, por geniales.

Recomiendo que lean este libro de Vázquez ya sean escritores o serios lectores; en él hallaran incisivas y también desconcertantes observaciones sobre obras clave de la literatura del siglo XX.

León Leiva Gallardo

domingo, 17 de marzo de 2019

Morrison y Crane: dos hitos de la literatura estadounidense


Beloved de Tony Morrison y El rojo emblema del valor de Stephen Crane son distantes hitos de la literatura estadounidense por razones tanto formales como temáticas; por  romper con las convenciones y por desmitificar la condescendencia al tratar al ser encadenado, ya sea al salvaje noble o al sujeto moderno maniatado por la barbarie detrás de la civilización. Ambas novelas incursionan en el interior de la condición humana sin recato alguno. Ambas superan lo prosaico de la novela realista común e incluso se distinguen por el magistral uso del lenguaje figurado para detallar el infierno interior mediante la descripción a menudo gráfica de la realidad exterior. 





El rojo emblema del valor cobra contemporaneidad al desmitificar la noción del héroe, muy falseada en nuestros tiempos, y dilucida con lenguaje poético el alucinante submundo de un cobarde en el campo de batalla. 





Es notable que el caso de Beloved, una novela que, en muchos aspectos, supera en complejidad formal y psicológica a la breve novela de Crane, las descripciones minuciosas y a la vez poéticas del cuerpo de la mujer, leimotif a través de la historia, no tienen parangón en la literatura. A mi ver, Beloved es una de las obras literarias más reveladoras de los últimos tiempos.  La intervención humana que por fin aborta al mortinato para darle alumbramiento a su razón de ser, una tragedia desgarradora que por fin desencadena el cadáver del esclavo, después de haber estado encadenado y descompuesto en el campo del linchamiento, para finalmente darle digno entierro. 

Estas dos novelas no podían tener personajes más distintos y distantes, y sólo se encuentran en el camino porque los desnudan hasta sólo dejar el tejido humano. Además que se encuentran en el camino también porque, ya por razones extrínsecas, las dos obras representan pináculos de la literatura estadounidense.  

                                                     (León Leiva Gallardo)


sábado, 19 de enero de 2019

De la vida la ilusa: aforismos de León Leiva Gallardo




De la vida la ilusa

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Una de las grandes ilusiones del individuo es creerse único entre los muchos. No es del todo difícil entregarse a esta falacia, dada la distinción que goza el ser pensante entre las bestias y también por una casualidad del afecto llamada: soledad. Varios son los arquetipos que han logrado laurear dicha ilusión: el filósofo, el héroe, el artista, el santo y, el más infame, el dictador. Pero no olvidemos al poeta, el más intuitivo de todos los ilusos. El poeta es el ángel y el demonio de la ilusión. Vástago del desasosiego como el filósofo, emplea la introspección para poner a prueba la singularidad. Pero distinto ya que no pretende verdades absolutas sino significados. Casi siempre ha sido apóstol del solipsismo. El poeta es el arcaico progenitor del filósofo. Desde un principio su intuición develó sombras, espejismos y formas. La metafísica es la lira de Orfeo de la filosofía.

Vale también hacer un peregrinaje a las fueranías y visitar al ermitaño, iluso de la mimesis más entregada, el más iluso de los ilusos. Más complejo quizá que el poeta en su manera de jerarquizar al ser humano y sus adivinaciones. Entre los pocos ángeles heterodoxos del reino olvidado por Dios, el ermitaño es el místico de los creyentes. Más fiel a su deliquio personal que al hombre o a la mujer, renuncia a los apetitos y a la vida comunal. El más santo de los santos vive en absoluto anonimato. El ermitaño procura la soledad, la rutina de su parsimonioso vivir, y se entrega a la comunión con el alma, ese vestigio de las sustancias obsoletas y raras de la antigüedad.

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En cuanto a la singularidad de la vida espiritual del ser humano, se sabe que no es más que otra proyección de todos sus complejos. Pero veamos, a saber si no es con el fin de perpetuar sus pretensiones divinas. Si se pudiese ser más cínico: Dios como pretensión divina del Hombre. Pretender un Dios es procurar el supremo poder del universo, donde incluso Dios se vuelve un medio para llegar a un fin que resulta ser más ególatra que idólatra.

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Rumoran que Dios es como el universo, infinito, que es todopoderoso, omnipresente, que no tiene comienzo ni fin y que, por lo tanto, es incognoscible. Todos los seres vivientes y las cosas sin vida están regidos por sus leyes inquebrantables. La ilusión de la intervención que pueda tener Dios en la vida humana es como la fantasía de un juego de niños ante el espectro de luz de una estrella muerta. Lo grave es que los juegos de los grandes son tan crueles que hasta aterrarían a los dioses más pendencieros. Tenía razón Machado de Assis al decir aquellas proféticas palabras: Tan lejos está la Cruz del Sur que no distingue entre la risa y el llanto del hombre.

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Debemos tener cuidado con la felicidad, es otro espejismo que, como el amor sentimental, nos distrae, nos desorienta y hasta nos obnubila con sus entusiasmos, apartándonos del objetivo esencial del ser humano: el buen morir.

El indulto a Abraham

 

Es cuestión de interpretación. Mientras el creyente o el lector medio interprete las Sagradas Escrituras como revelaciones o literatura, nunca serán capaces de identificarse, ya sea con simpatía o repudio, con las acciones de los que deberían ser sus semejantes. Por eso, para los muchos, Abraham nunca puede ser un hombre de carne y hueso, sino un profeta, un mito o un héroe. Si fuese interpretado cual un hombre sumamente humano, entonces el lector tendría que lidiar con el hecho de que este patriarca estuvo a punto de cometer infanticidio, y de pronto sufrir los angustiosos estigmas causados por la injusticia de Dios. ¿Podrías vos, everyman, engañar a tu único hijo y llevarlo al monte Moriá? ¿Podrías sacar la daga que habías ocultado y serías capaz de levantar tu mano contra lo más amado que tenés en la vida? Las Sagradas Escrituras, la Historia y la Literatura, así en mayúsculas, absuelven al humano de toda responsabilidad y le atribuyen don de mito o de héroe. Para ello sólo basta la necedad del tiempo que, como la distancia, envela todo lo concreto y sucedido con el eterizado matiz del cielo, haciendo que los objetos de nuestro escrutinio se enrarezcan en el horizonte.

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Se trata siempre de la suspensión del principio realidad. Pareciera que todas las filosofías, teologías y literaturas no fueran más que la sublimación de la lucha interior del Hombre por comprender y perdonar la maldad de Dios. Una relectura forense del pacto de Abraham nos daría ya no un héroe ni tampoco un psicópata, sino un patriarca enceguecido por la ambición a la tierra. Y de la manera en que repudiaríamos menos a un infanticida si fuera el personaje de una novela, quizá no repudiemos del todo a uno que sea un profeta de las Sagradas Escrituras. Lo reitero, se trata del factor tiempo. La vida también, poco a poco, cobra sentido a medida que abandonamos la idea de Dios. Todo encaja, el caos, el cosmos, el orden, el desorden, el bien y el mal. Todo de pronto se reestructura como una existencia que por mucho tiempo fue determinada por las adivinaciones de un avieso y cruel necromante.

 

 

domingo, 8 de julio de 2018

Juan Ramón Molina: English Translations by LLG

Juan Ramón Molina

Honduras: 1875-1908
"The poetry of Juan Ramon Molina is perhaps some of the most undeservingly overlooked Central American work of the 19th century. This work examines the major themes in his work - the struggle to form a vision of God, his political views, and his philosophical preoccupations and the influence of Nietzsche."













domingo, 8 de abril de 2018

La relativa gravedad del bien en «No les guardo rencor, papá» de René Rodríguez Soriano


LEÓN LEIVA GALLARDO  «No les guardo rencor, papá», breve relación a tres voces cuyo tema reitera la inmediatez de la historia, la fugacidad de la verdad, lo dócil y maleable que es el ser humano y, de fondo, como turbia marea, la relativa gravedad del bien ante las artimañas del poder.

René Rodríguez Soriano, oriundo de Constanza, República Dominicana, es escritor y editor. Publicaciones en todos los géneros destacan: Nave sorda (2015), El nombre olvidado (2015), Solo de flauta (2013), Rumor de pez (Premio UCE de Poesía, 2008), Apunte a lápiz (2007), El mal del tiempo (Premio UCE de Novela, 2007), La radio y otros boleros (Premio Nacional de Cuento José Ramón López, 1997), Su nombre, Julia (1991), Todos los juegos el juego (1986) y Raíces con dos comienzos y un final (1977). 

René Rodríguez Soriano, ya muy conocido por su magistral manejo del lenguaje a varias voces, nos sorprende esta vez con No les guardo rencor, papá (Editorial Santuario, 2017), breve relación a tres voces cuyo tema reitera la inmediatez de la historia, la fugacidad de la verdad, lo dócil y maleable que es el ser humano y, de fondo, como turbia marea, la relativa gravedad del bien ante las artimañas del Poder. Mucho se ha escrito sobre la musicalidad y el lirismo en la obra de Rodríguez Soriano. Su obra sin duda ha sido realizada con recursos poéticos de gran valor, mas lo que quizá no se advierta es que detrás de todo haya una sutil transvaloración de la realidad, a menudo mitificada y evocada a la distancia, que de otra forma pasaría desapercibida. A mi ver, en esta breve obra, René Rodríguez Soriano depura su narrativa de lirismo gratuito y afina el poder expresivo de la narrativa. En literatura, si la poesía es metáfora, la narrativa es metonimia.

Esta breve relación del drama familiar sufrido por una familia de provincia durante la expedición de junio del 59 en República Dominicana se distingue por la precisión y la concisión de los recursos del lenguaje, el cual se ajusta magistralmente a tres estilos narrativos: el monólogo interior (o el fluir de la conciencia), entradas de diario y las cartas. Las tres técnicas se prestan para que la elocución misma de cada persona desarrolle el personaje y relate una versión particular de la historia. A estas tres técnicas narrativas se le agregan documentos históricos que complementan y a la vez agregan otro valor, la contraparte, a todo lo que acontece. El resultado es una comprensiva composición literaria, que por su verosimilitud (y autenticidad) nos remite, sin serlo, a la novela testimonial.

Sabemos que estamos leyendo un gran opus breve cuando la verosimilitud del lenguaje, los personajes, el ambiente y la trama se desarrollan y se combinan a tal grado que provoca una experiencia total, una lectura vívida, que estéticamente se aproxima a las dimensiones de la novela. Estas narraciones son gemas literarias para los lectores y no digamos para las editoriales. Para explicármelo a mí mismo, mientras leía la otra noche, acudí a la música: una novela es como una sinfonía y un cuento largo o novela corta es un poema sinfónico. Esta breve obra de ficción de Rodríguez Soriano da mucho más que decir sobre la plasticidad de los géneros narrativos.

El drama familiar sucede en San José del Puerto. Deducimos que el año es 1959, durante la expedición de junio. Este eminente y fatal acontecimiento ocupa e invade las vidas de esta familia. Como se mencionó antes, varios son los estilos narrativos a los que acude Rodríguez Soriano para lograr concisión e inmediatez, y en cada uno de éstos se apodera de la voz del personaje o, mejor dicho, cada personaje se apodera de su voz, para transmitir, constatar, la historia que resulta ser para todos dividida y finalmente delatada. Los personajes principales de este drama son Jorgito, el menor de la casa, Arcadia la más joven de las hermanas y Manuel, el mayor de los hermanos, involucrado en la rebelión.

Todo comienza in media res con el monólogo interior de Jorgito, jovencito personaje cuya percepción y elocución con respecto a su entorno nos remite a dos grandes precedentes literarios como lo son Benjy, también un niño, uno de los personajes clave en El ruido y la furia de Faulkner; pero, quizá más cercano, el personaje homónimo, en este caso un discapacitado, del formidable Macario de Juan Rulfo. En ambos casos tenemos personajes de muy limitada comprensión del entorno. Aclaro, la limitación de Jorgito es solamente de edad, mas su percepción del mundo es crucial, como veremos después. Muy diestro en estas técnicas narrativas, Rodríguez Soriano opta por emplear un lenguaje muy simple, sin puntuación ni mayúsculas, ni siquiera en los nombres propios, con el fin de transcribir el mundo del niño de once años. No obstante las limitaciones del personaje, desde un principio deducimos lo que sucede en la familia y en el país, porque Jorgito logra, en el fluir de la conciencia, pensar en los elementos clave (es aquí donde interviene la metonimia): la escopeta, las conversaciones o discusiones en secreto entre su hermano Manuel y su padre, el avión, leitmotif en todo el relato (que representa tanto la fuerza aérea con la que fue derrotada la insurrección como la fuga final de Manuel) y el caos familiar, producido por lo que nadie parece comprender, excepto Manuel a quien tampoco nadie comprende. Posteriormente en otro capítulo, el fluir de la consciencia de este personaje cobra más formalidad, se vuelve más amplio y representa el transcurso del tiempo.

De un capítulo inicial de cuestionable “credibilidad”, irónicamente, pasamos a un recurso metaliterario que aparentemente nos asegura lo fáctico, o por lo menos así lo tramaron los fiscales del Poder. Ahora lo advierto así, la ingenua figura de Jorgito diciendo su verdad ante la nociva y táctica verdad de los documentos del dictador, contrapuestos como dos mejillas espetadas con nocivas palabras y bofetadas. Historia de la infamia y la infamia de la historia. De pronto una novedad en la narrativa de Rodríguez Soriano, las fichas policiales (con fotos) y las reproducciones de cartas oficiales de la fiscalía de la Dictadura, en las cuales se delatan a varios implicados en la rebelión armada, agregan no sólo valor histórico a esta relación político-familiar sino también valor dramático y de intriga. Los documentos son auténticos y también los son los nombres de los implicados. (Me fue muy emotivo encontrarme con el nombre, en una de las fichas policiales, de una de las grandes voces de la poesía social de República Dominicana, el poeta René Del Risco Bermúdez.) Las reproducciones de documentos históricos, como recurso, son muy efectivas en la composición total del entramado. En ninguno de los documentos aparece el nombre de Manuel, algo que de pronto fue intencional, para hacer participar más al lector (teoría de la recepción). Porque todos nos volvemos Manuel al leer. No hay duda que a muchos lectores dominicanos la inclusión de estas fichas y documentos les será tétrico o impactante. Han de ser muchas las víctimas de Trujillo que aún estén con vida. Estos documentos se intercalan entre varios capítulos, como dicterios del poder que también persiguen a los inocentes.

Arcadia, la hermana menor, representa una perspectiva más madura, pero de ninguna manera cercana a la realidad. Ella misma, a través de entradas de diario, expresa su confusión. Este personaje está mucho más implicado directamente en el grave conflicto social, su hermano Manuel es un revolucionario y su enamorado es un militar. Meritorio el manejo del lenguaje amoroso y convincentemente “femenino” en estos capítulos de entradas de diario. Como mencioné anteriormente, la verosimilitud es esencial en la ficción, y René Rodríguez Soriano logra crear personajes psicológicamente complejos. Con Arcadia comprendemos, por ejemplo, el amor que puede alguien tenerle a un militar que seguramente es instrumento opresivo de la dictadura y, fatídicamente, el mal que le puede causar una muchacha ingenua a su propio hermano revolucionario.

Los capítulos del personaje protagonista están escritos en un lenguaje formal y propio de un universitario comprometido. Rodríguez Soriano emplea el estilo narrativo epistolar (las cartas de Manuel) para darle cabalidad a todo lo que sucede. No empleó diálogos y en ningún momento vemos a Manuel frente a frente con los demás familiares. Este distanciamiento es representativo de la fragmentación familiar. Los hechos se relatan, se escriben, se delatan, se oficializan, pero casi nunca vemos la acción directamente. La distancia más abismal es entre Manuel y su padre. El conflicto no sólo es generacional, sino ideológico. El rompimiento es paulatino. Me imagino lo mucho que revisó René estas cartas, para que no cayeran en el panfleto y a la vez expresaran acertadamente el discurso revolucionario de un joven entregado a la causa justa de liberar su país. Las cartas son efusivas y de pronto expresan los forcejeos emocionales que vive un intelectual ante la incomprensión, y hasta la deslealtad, de sus seres queridos. Por mucho que he leído sobre casos de rompimientos familiares, nunca acaba de impactarme el hecho que padres y madres se vean forzados a negar a sus hijos, ya sea voluntaria o involuntariamente. En la última carta de Manuel se lo menciona a su padre: “…supongo que te habrán pedido que hagas confesión de fe con lo establecido y que le niegues la paternidad a tu mal hijo ¿verdad, viejo?”.

Sólo al llegar al final y al leer la última carta de Manuel nos damos cuenta de lo instrumental que llegan a ser las versiones de la realidad tanto de Jorgito como de Arcadia, ambos manipulados por una monja, para lograr obtener la información que condenaría al protagonista de esta tragedia familiar.

Manuel, el joven universitario, termina torturado por los militares después de haber sido delatado por su propia hermana Arcadia, quien ingenuamente le confiere información a la monja. Manuel logra salir del país y entre sus últimas palabras escribe: “Pobres y engañados Arcadia y Jorgito. Ellos pusieron la carne de cañón; dieron la fragmentada, confusa y torpe información […] no les guardo rencor.” Así reza la última carta de Manuel a su padre, a quien culpa de los actos de Arcadia y Jorgito. No queda muy claro, pero entre la información en el diario de Arcadia, que su padre apropió, y la información que les sacaron, fueron suficientes para condenar a Manuel.

En términos narrativos, no es preciso llegar a detalles menores, esa es la premisa de la teoría de la recepción. Nosotros los lectores complementamos las omisiones intencionales. Nosotros terminamos la relación, la crónica, de esta desventurada familia. Es preciso mencionar que por muy manipulada que haya sido la información que prestaron Arcadia, Jorgito y el padre de Manuel, lo trágico en este drama es que ellos no dijeron ninguna mentira, simplemente revelaron la verdad a alguien que estaba de parte de la dictadura. Manuel estaba involucrado en la insurrección, era un revolucionario. Más amargo aún que la intervención voluntaria del padre de Manuel contra su propio hijo, sea el grave ejercicio del bien según la visión de mundo de un hombre alienado y enajenado por las artimañas del poder.

No les guardo rencor, papá, esta breve constatación de hechos históricos, revela el malestar de la conciencia del hombre y la mujer que por siglos ha vivido delatando su propia condena.

(Artículo originalmente publicado en la revista MediaIsla en octubre del 2017.)

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LEÓN LEIVA GALLARDO (Amapala, Honduras, 1962) Poeta y narrador. Autor de las novelas Guadalajara de noche (2006), La casa del cementerio (2008); de los poemarios Tríptico: tres lustros de poesía (2015) y Breviario (2015); y El pordiosero y el dios (2017), narrativa breve.

El pordiosero y el dios (cuento de León Leiva Gallardo)

  ¿Qué buscan los viajeros del mundo? Acaso son dioses venidos a menos, convertidos, disfrazados de príncipes o de pordioseros? Se dice que,...