sábado, 20 de enero de 2018

Damián en concilio de León Leiva Gallardo


 ~Primera parte del poemario Damián, publicado en Tríptico: tres lustros de poesía (MediasIsla Editores, 2015)~

 

Hombre a la deriva

Qué es un hombre a la deriva 
un equilibrista 
un personaje sin trama 
sin conclusión—sin peripecia

acaso este hombre espere su destino 
como si fuera un viaje mal sorteado 
como una de esas fugas que acaso fueran de amnesia 
tal vez espere una magnífica guerra mundial 
o el impuntual esparcimiento de un meteoro 
dirigido exactamente al solar baldío de su alma

este pobre hombre espera y espera suspendido
quizá un milagro o un nuevo acontecer 
de esos que ya no se hallan en los templos
ni en las cátedras ni en los alzamientos
espera y espera el equilibrista el impacto quizá
de un instinto dormido
el brote de una desaparecida manera de ser

pero sépanlo ustedes que este ser a la deriva 
no aspira a un simple cambio de piel 
ya ha vivido varias metamorfosis fallidas 
ya fue ingenuo como un insecto huésped
ya fue sabihondo como un cuervo 
tenaz como un lobo estepario 
y también perro de la incertidumbre

¿qué espera entonces este hombre en suspenso?
¿ser inconsciente como una célula madre?

(espérense)

como todo ser demasiado humano 
el tipo ha surgido de la ignorancia a la sabiduría 
de la sabiduría a la incertidumbre 
de la incertidumbre hasta este punto…
hasta caducar agotado como un breviario
como un augur cínico y dudoso
que ahora padece de no poder concebir su fin 
el pobre hombre a la deriva

 

Al principio: solar baldío

I

No recuerdo el alma
imagino el cuerpo inhabitable
            que pena por ella

no voy a llamarlo cadáver
            y menos desalmado:

            he pensado en
indolente
            maldito
                        cínico
pero nada de esto lo comprende

me rindo
a él mismo cedo la palabra
            era un imperfecto.

II

Solía llamarse el Imperfecto
             hijo de mar enfermo
falto de numen en la zozobra de la tierra

en las noches de lluvia
se aliviaba con el agua dulce
que hacía que su casa oliera
            a teja mojada

su casa era una bóveda burda
el cielo raso en la oscuridad
se le volvía todo un firmamento:
en sueños logró domar deseos
            y en las pesadillas
su propio bestiario de constelaciones

bastaba tener miedo para ser dios
            y crear dioses

fue así como el cielo raso
llegó a ser el solar de la discordia
donde sus avatares murieron en cruenta lid
y la sangre se derramó en la aurora

hasta que al fin llegó la luz mayor
a cegar todos los rescoldos
ese día salió al patio de su casa
—a ver los remanentes de la noche—
y se dio cuenta de que no era un jardín
            y tampoco un panteón
            sino un solar baldío



El perfecto imperfecto

Sabe que la razón miente más que la poesía
por eso no me permite pensar

en las noches de insomnio
desventurado poeta que soy yo
le envío a su cova mi discordia

la mentira de un ángel
la verdad de un demonio
el mutismo de un orador
la ceguera de un escriba

pero él —mi único enemigo—
me descompone todo soliloquio

insiste en un todo misterioso
un tercer ojo en el cenit
un logos perfectamente
imperfecto

una palabra —me insiste—
fiel bella franca y fulgurante
que también desmienta la poesía



La belleza es nostalgia

A veces contempla el cielo y el mar
y lo único que percibe es agua y oxígeno
¡cielo y mar!
según él ni lo uno o lo otro es azul
nada es azul en su mundo
ni la sangre del noble
ni el sudor del obrero

en las tardes de lluvia
cuando el cielo y el mar son un todo gris
se asoma en él la nostalgia
como una gota salina a la deriva que
cae y fluye en el cristal de la ventana
para luego brotar amarga en su mirada
a reinventar todo de nuevo

Damián  cree que la belleza es nostalgia:
una luminaria en la oquedad del cielo
una caracola en el fondo del mar
una canción de amor en el remedo del alma

sacia un poco la sed
aspira un sorbo más

pero el sentimiento se le vuelve plomo
y la sangre se le torna espesa y morada

de verdad cree que la belleza es nostalgia
            nostalgia del convivir



El grito en el cielo

Dio el grito en el cielo
una frase común en su casa
quizá una frase común en su país

hasta que dio el grito en el cielo

pegó la lengua ardida en el paladar
pegó la voz quebrada en el silencio

dio el grito en el cielo

y quedó mudo
como una de esas cuerdas reventadas
la guitarra sorda

ahora
desde el fondo de su litera
ve el cielo de su casa
el cielo de su país
y da un suspiro
como un trámite de aire
vuelto mal aliento

nada
solar donde nace y muere cada día



Entre la alegría y la maldad

Dice que entre la alegría y la maldad
finge y supura la tristeza
como tejido maligno y a la vez divino
como aceite que unta a un dios
pero purga al lazarillo
la tristeza es un derrelicto sin ultramar ni orilla
un pirata sin botín ni carabela

la tristeza es
río que surca camino hacia el dolor
sin duda una invasión
que hace lecho tanto de tugurio
            como mansión

arco iris del idiota
            tridentina del feligrés
mocedad del senil
            cordura del autista

siempre apunta al lugar prohibido
como las tijeras de la niña enardecida
como el punzón del crío despojado
el hábito de mujer ultrajada
la fosa común del desaparecido

tristeza la que se tibia entre el bien y el mal
mientras que la alegría
—me dice Damián—
esa ninfa libertina
la que vivimos y no vemos
se nos duerme en el laurel

en tanto
cuando se enferma verde el mar
el monstruo a fondo
el bien se coagula en el esputo

la ingenuidad se desprecia a sí misma
de comisura afligida
la boca hecha un rictus
que no distingue entre reír y llorar

cree que entre el bien y el mal
hay un alma entristecida
entre el día y la noche
un eclipse de ojo que da mal
un mal de ojo
el pulso del nervio sin piel
un cesto lleno de pan nacido
un verbo desprolijo
risa que no abastece al llanto

Damián cree que hay que mascar saliva
 —vis  a vis—
con la dama sabia de la vida
la maldad



Presidiario

Sus días son
como los del perpetuo presidiario:
el día es un día completo
la noche es otro día más

por eso se libera en dípticos
por eso se envejece en coplas

he ahí su pecho de par en par
porque no conoce la noche
y mientras discurre su eternidad
ejecuta al poeta
este otro preso diario que lo habita
día y noche



Su cárcel

Su cárcel es el incesante deseo de querer esclavizar
la forma al contenido:
donde se encuentra todo y se halla nada
donde apenas se adivina el sí mismo

su cárcel es la recurrente ilusión de ser libre:
cuando aparece perece y desaparece
y sólo queda el otro en el sí mismo.
 

El viajero y sus paisajes

Cuando niño
solía viajar con su madre por los pueblos del Sur
su mirada apenas alcanzaba los bordes de los autos
(sus ojos ebrios de paisajes nauseabundos)
a él le importaba poco el mar
el valle o la montaña
sólo quería llegar

todo viaje en su infancia fue tortuoso
si su madre lo dejaba lloraba
si lo llevaba vomitaba

ahora que ella ha cambiado de estatura y de piel
los viajes se le han ido a un interior sin fin
los humores no han cambiado
solamente han convergido

cuando la mujer que ama lo abandona
gime como un cisne (que no muere)
y cuando lo lleva de la mano
ladra como ladran los perros
desde el lobo de sus dos órbitas negras

pues se le ha quedado el hábito
de no ver el paisaje y sus encantos
siempre sigue queriendo llegar
y nada más que llegar
y aunque su mirada ahora esté
            por encima de todo
ya no quiere ver nada
los ojos ya dejaron de ser sus sentidos

dice que hay viajeros que sólo son paisaje
pretenden ir o venir y nunca llegan
se quedan inciertos en el horizonte

donde él quiere llegar
están todos los paisajes del mundo
una sola instancia
—en un segundo digamos—
que dura toda una vida



Las palabras y el mito

Una vez creyó en sí mismo…

Estimado señor Kappus:

Estoy a punto de cumplir medio siglo de vida. Lo sé muy bien, es tan solo un suspiro ante la sagacidad de la especie humana, un fósforo ante las luminarias del universo. Pero es toda una existencia para el cansancio del campesino, para la ansiedad de un padre que vela por su hijo, para la soledad del escritor en el exilio: y yo aún no vivo, no he nacido. Llevo una barba malsana y descuidada, propia del que apuesta el cuerpo con la baraja de la mente. Así como se atrofian los músculos de mis piernas, así como se envenenan mis órganos —mi riñón e hígado de vicios, mi corazón y cerebro de olvido—, también se embalsaman con fealdades mi alma y mi espíritu. No he de sembrar un hijo, no engendraré un buen libro y, en mi solar, ni siquiera he de procurar la sombra de un árbol de alivio. Y sépalo, señor Kappus, que tampoco creo en el ángel del exterminio.

Con usted siempre,

Damián 


Una gota negra del infinito

Sabe que hay poetas que creen haber derramado lágrimas mismas del universo. Aquéllos que pretenden haber procurado entre sus manos una gota esencial de la noche —como diría Zbigniew Herbert, una gota negra del infinito—, en la cual habrían de descubrir el numen de la imaginación humana, la conmoción del ser. Pero, me pregunto, ¿hasta qué punto puede llegar la pretensión y la afectación del hombre? A propósito de lo cual incluso este, vuestro servidor, modesto versista, confiesa haber fingido tardes de lluvia en las que se ha aliado a dicho panteón de ilusos prosistas de lo inefable, escribas de lo que no se puede explicar con signos ni cifras. Sepámoslo, a veces Damián tiene razón, hay mucho de nada en casi todo lo que pretende el hombre en los momentos ocurrentes de su llanto.



La herida
  
Esta mañana despertó con una leve herida en el costado. Una herida delicada y fina, hecha quizá con la precisión del bisturí de un forense que lo creyó muerto o con la uña de una furia decidida a no llevarlo. Al comienzo le preocupó mucho, pero luego se dio cuenta de que no le dolía y que no sangraba. Era más bien una ranura por la cual comenzaron a salir pequeños y maravillosos seres del reino animal. Primero salió, muy atemorizada, una hermosa lagartija color esmeralda. Luego salió un caballito de mar que, fosforescente, cabalgó por la oscuridad de su cuarto. Después salió un colibrí en busca de algún néctar entre el vino olvidado. Por último, salió trasnochada una luciérnaga, encendiendo lejanos recados de luz, acaso las ascuas de un lucero que habría dado su último estertor en el universo finito. Estos mensajeros de los cuatro elementos, todos, fueron de vida efímera; duraron apenas unos segundos de vida o de sueño. Pero antes de desaparecer, los cuatro se esmeraron por cerrar la pequeña herida que había quedado abierta. La misteriosa morada que estos reycillos magos habitaban en él apenas dejaron vacío o daño alguno en su rejuvenecido cuerpo. Ahora, al andar, Damián sólo siente la liviandad que conviven los que han comulgado con lo eterno.





jueves, 23 de junio de 2016

Viaje esencial a Centroamérica

                                                 (convento de San Francisco, Granada, Nicaragua)



Creo que a nosotros los centroamericanos desplazados por la geopolítica ya se nos ha hecho vox populi repetir las palabras de Roque Dalton al afirmar que uno puede salir del país, pero el país no sale de uno. Los desplazados por razones económicas o políticas nunca dejamos de retornar, porque es algo esencial al espíritu. Si alguien me preguntara si tal vez exagero la nostalgia, pues les diría que cada quien lleva su propia Ítaca en el corazón.
Mi viaje más reciente ha sido a Nicaragua, y me place decir que me sentí muy en casa, de pronto algo encantado por la delicadeza con que los invitados fuimos recibidos en Managua, donde se realizó Centroamérica Cuenta 2016. Reitero lo de sentirme en casa, porque retornar a Centroamérica es volver a la casa grande, la que un día fuere casa solariega de hermanos que estuvieron a punto de volverla una gran república. Uno de los propósitos centrales de nuestra visita fue explorar la memoria que nos une, lema que se dividió en temas relevantes a la historia, al presente, al futuro, a la guerra y a la paz,  vistas todas a través de disciplinas varias como las artes plásticas, la narrativa, la fotografía, el ensayo, el cine, el periodismo y la historiografía.
            Pues sí, no dejo de sentir nostalgia. Varias veces ya, en otros escritos, he insistido en afirmar, casi con reclamo ontológico, que la belleza es nostalgia. Bien. Este viaje ha despertado en mí la nostalgia por la Centroamérica que alguna vez soñaron e idearon nuestros próceres revolucionarios, liberales y algunos conservadores. No es algo que procuro por primera vez. Centroamérica nunca ha dejado de ser parte de mi propio ideario, aunque quizá ya haya dejado de ser un sueño realizable. Este ideario ahora lo relego a lo único que me puede dar verdadero aliento, la nostalgia expresada y apreciada por medio del arte, la música y la literatura; y porque, apropiándome de las palabras de nuestro poeta Cardona Bulnes, porque ya “...no quiero nada, este infierno es mi paraíso”.

 Por muy extremo que suene dicho predicamento, nuestra gran casa solariega no es más que un imaginario para los enamorados y, si me permiten esta gran abstracción, éste a la vez me lo figuro convertido en forma física, como una construcción de piedras angulares, como los inuksuk que construían los inuit de Norteamérica, para no perderse en el camino, para memorar, para reencontrar los pasos perdidos. Sólo así, como aquel excéntrico musicólogo de Carpentier que se internó en la selva a buscar los pasos perdidos, puedo yo rastrear ese pedregoso camino hacia mi casa grande.


 Dichosamente en este viaje, en una fabulosa y calorosa noche de Managua, me encontré con el poeta Humberto Ak'abal para que me ayudara a no sucumbir ante la demasía de la realidad. (Así somos los poetas, seres tangenciales, aunque no elusivos.) Magnífica tertulia que comenzó temprano junto con Marta Susana Prieto y Mario Gallardo, para luego ser acompañados por Carlos Pardo, Carlos Zanón y aún más tarde por Gonzalo Celorio.
            Ak'abal y yo nos quedamos solos hasta deshoras de la noche, tratando de actualizarnos y de hilvanar una amistad en un encuentro efímero. Haberlo conocido en persona, estoy más que seguro, fue de mucho más provecho para mí. Su poesía y su existencia en sí es un viaje indispensable, un viaje hacia un mundo que nosotros los sujetos de la hipertrofia desconocemos. Luego de compartir pareceres, me obsequió una diminuta edición del poemario Kamoyoyik/Oscureciendo del cual reproduzco este texto que creo nos recuerda de algo anteriormente insinuado:

La misma piedra

Salí a dar una vuelta
con la intención de borrar
esta imagen que me atormentaba.

Y cuando me di cuenta
estaba otra vez
frente a la misma piedra.


            Las interpretaciones varían según el caminante, pero a mí el texto me lleva a pensar sobre la futilidad de todo viaje de búsqueda que no sea a uno mismo y mejor todavía al sí mismo. Como un inuksuk (que significa "a la imagen del hombre") de los inuit, que puede ser tanto figura humana, señal o puerta, la piedra donde vuelve a tropezarse el caminante del poema es una suerte de piedra angular. Todo apunta a los eternos retornos, a las indagaciones personales o culturales, al reencuentro con la memoria colectiva.
            Teniendo en mente el propósito de nuestro viaje a Centroamérica, puedo agregar la analogía que las “piedras” fundacionales de nuestros antepasados eran herramientas de supervivencia física, así como las actuales manifestaciones culturales son medios de supervivencia espiritual. ¿Qué nos queda ante la disolución del Estado, la omnipotencia de las corporaciones transnacionales y la indiferencia de Dios? No nos queda más que recontar nuestra historia, personal e íntima, de la creación, destrucción y regeneración del mundo. No nos queda más que relatar una versión íntima de la nostalgia.
            No hay duda que muchos a leer estas aseveraciones dirán que no hay que darse por vencidos. Algunos hasta pronunciarían la palabra praxis. Han sido más de doscientos años de praxis fallido. Veamos.


La república centroamericana

El porqué insistir tanto en Centroamérica, el porqué necear con la región que para muchos sólo ha sido un istmo entre las dos grandes Américas; el porqué hurgar nuestro pasado cundido de revoluciones fallidas y guerras civiles. Este cuestionamiento seguirá siendo tema de discusión para muchos. Para mí, en lo personal, siempre ha sido un constante ideario que también se nutre del imaginario ancestral mesoamericano.
            A mediados de los 80 cuando estaba realizando estudios de posgrado en la Universidad de Roosevelt en Chicago, tuve la fortuna de conocer latinoamericanos de todas partes del continente. Las perspectivas políticas eran las mismas y los mismos también eran los sospechosos de siempre: liberales o izquierdistas y conservadores o derechistas. El tema diario en esos años eran las guerras civiles en Nicaragua, El Salvador, Guatemala y, por supuesto, la infame incursión bélica del imperio y el esbirro (EE.UU. y Honduras), que libraban el sabotaje más vil jamás visto en la región, la guerra de los Contras en la frontera de Nicaragua sandinista.
En esos tiempos cuando las fronteras estaban convertidas en verdaderos frentes de batalla, era difícil no hablar del tema y era difícil para un chapín (guatemalteco), un pipil (salvadoreño), un catracho (hondureño), un nica (nicaragüense) o un tico (costarricense) no sentirse anómala parte de lo que en el siglo XIX, antes de la escisión de las cinco provincias, se conocía oficialmente como República Federal de Centroamérica (1823-1840). Por eso hasta la fecha el topónimo y el respectivo gentilicio tiene un significado más que geográfico. Esto a veces puede generar confusiones. Recuerdo que en una de tantas pláticas de universitarios sobre temas afines, una muchacha cubana (nacida en EE.UU.) me preguntó con mucha curiosidad: Oye Leiva sabes que ayer estuve conversando con un salvadoreño y un guatemalteco y me pareció raro que al yo preguntarles de dónde eran, antes de mencionar sus países, me contestaran, yo soy centroamericano. Cómo que centroamericano, les dije, si Centroamérica no es un país. De inmediato le respondí, no lo es ahora, pero lo fue a comienzos del siglo XIX, y los que te contestan que son centroamericanos también te están insinuando que, por lo menos, son unionistas y que, además, pueda que sean izquierdistas. Luego de eso, seguimos hablando de Francisco Morazán y del americanismo de José Cecilio del Valle, los dos próceres hondureños que habían iniciado campañas, bélicas el primero y políticas el segundo, para mantener la unión centroamericana. 






José Cecilio del Valle (1780-1834), pensador de la ilustración por excelencia, y quien escribió sobre la unión americana antes que Bolivar o Miranda, también alguna vez contestó, soy centroamericano, cuando siendo ministro de relaciones exteriores de México, durante el imperio de Iturbide, aboga por disolver la anexión de Centroamérica a México. Del Valle era un acérrimo republicano y logra su fin. Luego pide la renuncia al emperador Iturbide y regresa a Centroamérica.










Centroamérica no deja de contar

La última vez que los centroamericanos intentan la unión fue en 1895 cuando en mi ciudad natal se declara el Pacto de Amapala, firmado por Nicaragua, El Salvador y Honduras. La unión se disuelve en 1898 tras un golpe de Estado en El Salvador. Los intereses latifundistas siempre han cultivado la manzana de la discordia, hasta la fecha.
            ¿Qué hacemos las personas pensantes luego de todo ese legado de oprobio y ante la intervención de corporaciones, feudos e imperios que no nos permiten ser dignamente? Lo que hacemos es recordar. Lo que hacemos es luchar asiduamente contra el olvido, la amnesia institucionalizada. Ahora la lucha es por medio de las letras y las artes. Tanto historiadores, intelectuales, periodistas comprometidos, así como escritores, artistas y cineastas se unen formal e informalmente para darle seguimiento a una trama que tuvo sus inicios mucho antes de la conquista. El papel de la persona pensante es recontar su propia historia, reinterpretar sus orígenes, su propia creación. Por lo tanto, mucho se ha discutido sobre la literatura del desencanto, queriendo tildarla de ser escapista y hasta reaccionaria. Sucede que el realismo social hizo tanto nido en Centroamérica que todavía quedan secuelas ideológicas que rechazan las visiones de mundo que no incorporen asuntos socio-económicos. Lo cierto es que las manifestaciones socio-culturales no dejan de aparecer en todas sus modalidades. El discurso ha cambiado y ahora los escritores tienden a expresar sus inquietudes, preocupaciones y estéticas personales, sin dejar de ser, y vuelve a aparecer el término, centroamericanos.

            Esto fue uno de los temas de Centroamérica Cuenta 2016, realizada en Managua, donde nos reunimos escritores, historiadores, periodistas, artistas y cineastas centroamericanos junto con invitados de otros países latinoamericanos y europeos. Debo mencionar que esta iniciativa es de Sergio Ramírez y que se celebra todos los años en diferentes ciudades de Nicaragua.


El lema de esta IV edición fue Memoria que nos une, y una de mis asignaciones (la que tuvo lugar en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica-Universidad Centroamericana) fue tratar como subtema Artes y políticas de la memoria en Centroamérica: recordar el pasado para imaginar otro futuro, simposio que fue organizado por la cátedra Wilhem y Alexander Von Humboldt en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica. Como asunto agregado: Escribir contra el olvido: ¿un nuevo compromiso en la posguerra?. En esta mesa participaron: Marta Susana Prieto de Honduras, Erick Aguirre de Nicaragua, Rafael Cuevas de Costa Rica, Carol Zardetto de Guatemala,  Carlos Cortés de Costa Rica y León Leiva Gallardo de Honduras. Con perspectivas varias pero en general afines, en esta mesa expresamos el desafío que se nos presenta al escribir como individuos con visiones personales y como ciudadanos de una antigua república cercenada y tomada. Todos de alguna manera, anuente o renuente, llegamos a la conclusión de que lo único que nos queda es la república de las letras y las artes. En este sentido, no sucumbimos a una suerte de república platónica, para deshacernos del poeta y sólo dedicarnos a componerles himnos a los dioses (léase a las ideologías).
            Por supuesto que salió a relucir el hecho de que la literatura social es de suma importancia. Sin embargo lo que quizá debió también abordarse más a fondo fue que gran parte de dicha literatura sobrevive más por su valor histórico que por su valor estético. Sigue existiendo la misma y antiquísima querella entre el arte puro y la doctrina. Brevemente, para hallarle salida, toqué este tema mencionando el dictum dulce et utile de Horacio. Como es de esperarse estos simposios son introductorios, de ninguna manera exhaustivos.





 Mi segunda asignación, la cual se dio a cabo en la librería Literato de Managua,  fue el conversatorio La ficción contemporánea y la deconstrucción del olvido (¿Es la ficción una herramiente confiable para conservar la Historia?). Aquí tuvimos la oportunidad de darle seguimiento a un tema que, dada su complejidad, necesita abordarse desde varias perspectivas. Junto con el escritor y periodista mexicano Emiliano Monge, el escritor nicaragüense Mario Martz y el narrador salvadoreño Elmer Menjívar, dialogamos sobre la lucha constante contra el olvido (la manipulación de la historia por las instituciones) por una parte y por otra sobre cómo la literatura siempre ha sido un medio alternativo para contar nuestra historia.
            En este conversatorio donde se facilitó más el hablar de literatura propiamente, hice hincapié en el hecho que el acto de escribir es un ejercicio tanto mimético como mnemónico. La literatura, la comprendo yo, es la transcripción del mundo que percibo, y cuyos mecanismos son básicamente representativos y memorativos. El acto de escribir es en sí un mecanismo evolucionado para conservar la memoria personal, social-histórica y ancestral-colectiva. Estas nociones que son tratadas por Freud y Carl Jung (en El malestar de la cultura de Freud y la teoría sobre el inconsciente colectivo de Jung), nos advierten cómo la sociedad (la civilización) utiliza las instituciones para reprimir nuestros instintos animales, y por ende también reprime nuestras memorias ancestrales. Este tipo de olvido institucionalizado se torna aun más maquiavélico en las sociedades totalitarias.
            La literatura, las artes y el juego son las herramientas con las que luchamos contra el olvido y con las que transcribimos nuestra historia.
            Volviendo al porqué de procurar una Centroamérica: pues porque todo pueblo tiene ideales de nación grande. Este afán por ser nación grande ahora se nos torna, en el sentido antes mencionado,  la cuestión de la cultura. Probemos el principio realidad. Los países que antes conformaban la gran república tienen que unirse culturalmente para no sucumbir ante el olvido. Como pequeñas repúblicas en vías de consolidar una voz propia, atamos cabos culturales, ya que las fuerzas políticas y económicas están en manos ajenas.
            El legado cultural y literario en Centroamérica es innegable. La civilización Maya, con el aporte de dos de las obras coloniales más importantes de la literatura mesoamericana como lo son El popol vuh y la obra de teatro Rabinal Achí, es el imprescindible trasfondo fundacional. Luego la reanimación del genio de la lengua castellana, con la obra de Rubén Darío, se da inicio categórico a la literatura hispanoamericana moderna, a una voz americana, que da precedente al genio centroamericano. El precedente Darío es una realidad viva y hubo de incitar a otras generaciones. Para finales de los 60 Miguel Ángel Asturias se convertía en el primer novelista latinoamericano laureado doblemente con el Nobel y el Lenin de literatura, poniendo así otra piedra en nuestra construcción de la memoria. En la actualidad las voces centroamericanas comienzan a tener más resonancia.
Con estas observaciones, impresas en el cuaderno de bitácora de un viajero que se dirige a sí mismo, hago memoria de un viaje esencial y celebro el hecho que Centroamérica cuenta, en voz propia, su realidad y su ficción.

                                                                                  
                                                           Los participantes en la Universidad Centroamericana                                (Fotografía de Daniel Mordzinski)
                                                              


                                                                                              

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Quehaceres desapasionados




                                                                                             The mass of men lead lives of quiet desperation...
                                                                                             But it is a characteristic of wisdom no to do desperate things.

                                                                                             (Masas enteras de hombres llevan una vida de recatada desesperación...
                                                                                             Pero la sabiduría se caracteriza por no hacer cosas desesperadas.*)
                                                                                                           Henry David Thoreau, Walden


En la vida contemporánea pasamos demasiado pendientes de los horrores y de las hermosuras; demasiado enviciados de las pesadumbres del alma y de la hilaridad de lo ridículo. Demasiado atentos a todo aquello que produce en nosotros la sensación de vivir en un constante estado de profunda emoción. Pero raramente nos percatamos de aquellas cosas que habitan nuestro diario acontecer: aquéllas desapercibidas instancias que van hilvanando nuestras vidas.

La verdadera historia de la humanidad no está compuesta de guerras y de paces, ni de desastres naturales y glorias terrenales. La humanidad es el producto de un rutinario tejido de desapasionadas labores. Estas desapasionadas labores acontecen en el solar de todos. El incorruptible territorio entre la violencia y el abandono, entre la ira y la indiferencia, entre el éxtasis y la inanidad. Es de todos, porque todos los seres humanos, queramos o no, participamos en la edificación del mundo. Todos, tarde o temprano, participamos en el rutinario tejido de las desapasionadas labores.

Las artes, lamentablemente, como la historia libresca, muestran esa polarizada y tergiversada visión de la vida humana, donde se destacan los conflictos y se glorifican las pasiones. Los quehaceres desapasionados raramente son representados sin elementos extrínsecos, ya sean religiosos o ideológicos. Los pocos momentos cuando se observó y se documentó la vida cotidiana, quizá hayan encontrado superioridad en la poesía oriental y en la pintura flamenca y holandesa de los siglos XVI y XVII. Esto se explica quizá por esa muy practicada noción que dice que toda obra de arte debe tener elementos conflictivos para que sea efectiva en producir el fin deseado: la apreciación estética. Curiosamente, explicablemente, las obras autobiográficas, las crónicas de costumbres, los diarios y los travelogues son una gran fuente de documentación de la vida cotidiana. Entre menos literarios sean, mucho más documentan los quehaceres desapasionados.



Irónicamente, las personas que más están conscientes de esta manera “apasionada” de vivir y de la necesidad de escapar a una vida más simple, son los artistas en general, pero especialmente los escritores. La necesidad de escapar el mundo de los antagonismos lleva al abandono de la ciudad. Porque la ciudad es la cuna y la tumba de todos los conflictos humanos. Henry David Thoreau, describiendo su vida en el campo, en Walden, cita los siguientes versos:

                                There was a shepherd that did live,
                                and held his thoughts as high
                                as were the mounts whereon his flocks
                                did hourly feed him by.

                                (Había una vez un pastor que vivía
                                y cultivaba tan altos pensamientos
                                como las colinas donde sus ovejas
                                diariamente le daban alimentos.*)


Luego pregunta: “¿Qué debemos pensar de la vida del pastor cuyas ovejas siempre se le van a pastos más elevados que sus pensamientos?” Y para reanudar la descripción de su vida en el campo dice: “Cada mañana era una grata invitación a llevar mi vida con la misma simplicidad.” 


Walden quizá sea la obra de los trascendentales que mejor explique la necesidad de alejarse de la vida de intereses contrariados y cultivar otra vida donde abunden y reinen los quehaceres desapasionados. Pero el diario, si le podemos llamar así, no es doctrinario, sino descriptivo. En esto último le es fiel a la actitud del que labora desapasionadamente. Porque el que labora desapasionadamente muchas veces ni siquiera está al tanto de que cumple con un llamado paradójicamente contrario, el llamado de las manos vacías: el procurar lo dado, el todo, para acudir anuentemente a la vida y luego a la nada.

Después de haber alzado la voz a lo imposible de tantas maneras comienzo a notar la falta, la necesidad, de verme las manos y añorar, desear, un quehacer desapasionado. Una de las pocas instancias en que expresé este llamado fue en un poema que voy a compartir, para concluir esta divagación.
 

Con mis manos vacías


es tarde ya
las tijerillas han de haber cortado el ocaso con sus colas
y las gaviotas haber besado por penúltima vez
los labios de la arena

estoy sentado en un empeño
con ganas de mar y de cielo
la marea es vasta
el firmamento cautivo
y mis manos...
vacías

desde mi sitio contemplo el archipiélago
verdes azules y grises
silentes las islas como efigies

todavía hay sonidos del día
alguien desgrana el maíz de su guarida
alguien deshoja el naranjo de su agrura
alguien desmonta la bestia de su silla
y mis manos siguen
                                                  
vacías

antes de que oscurezca
he de trazar mis pasos

una vez en casa
he de haber también vivido
con todos los seres del mundo
así
con mis manos vacías


                                                                                       León Leiva Gallardo 
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* Traducción de LLG
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martes, 6 de octubre de 2015

Carmen: estéreotipo, arquetipo, leyenda negra


(Durante la temporada de ópera 2005-2006 tuve la fortuna de ser enviado especial de la revista Contratiempo a varias funciones del Lyric Opera de Chicago con el fin de escribir reseñas sobre las obras. Esta es una de esas reseñas. LLG)


 

Carmen de Merimee a Bizet

Tres meses después del premier de Carmen en la Opera Comique de París, en marzo de 1875, muere de un síncope el compositor francés Georges Bizet a los 38 años, y en plena resignación por considerarse un fracasado. Nunca se imaginó Bizet que su postrer “fracaso” llegaría a hacer escuela y llegaría a convertirse en la obra más producida y aplaudida del repertorio operístico. Menos todavía habría de imaginarse que su Carmen sería asunto central de más de veinte films. Bizet había recreado, revivido, un gran personaje, un arquetipo. Digo recreado, porque la pendenciera gitana de los ojos seductores fue creación de Próspero Merimee, quien, después de sus viajes a España, hubo de publicar su Carmen en 1845. Esta breve novela, parecida a tantas nouvelles exóticas de la época, sería la inspiración de Bizet y, por supuesto, el texto fuente del libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy.
Para muchos estudiosos, Carmen de Bizet inicia la escuela verista (en la ópera) y además hace una gran contribución a la evolución de este arte por el tratamiento de temas serios en contextos y con elementos populares, cuestión que ocasionaría reacciones varias según los tiempos. La obra también se distingue por la importancia que Bizet le atribuye a las danzas, con el fin de obtener, e incluso producir, efectos dramáticos o psicológicos. En Carmen, la danza no es un mero capricho ni un entremés, ni motif extrínseco, sino un elemento esencial que define la caracterización de los personajes*. Para lograrlo, por supuesto, Bizet tuvo que darle uso a sus conocimientos de la música española, aunque estos fueran toda una gama de clichés. Se tiene por entendido que Bizet escribió la letra de “La Habanera”, basada en “El Arreglillo”, una canción del compositor español Sebastián Yradier (1809-1865). Por otro lado, Roncaglia escribe, en Invito all’opera, que la danza voluptuosa que Carmen canta y baila como preludio al cuarto acto es un bolero de Manuel García. Y sobra decir que la seguidilla (sevillana), por supuesto, era un estilo muy conocido en Francia. De manera que la música española en Carmen es algo original, en cuanto a autoría, pero de ninguna manera se va a tener como la expresión auténtica del pueblo andaluz y menos del gitano. 

Curiosamente, Según Jeremy Tambling (de la Enciclopedia de la Literatura), en una ocasión Bizet dijo, con respecto a la música y su audiencia: “Si quieren mierda, se las daré”. Se refería, por supuesto a la música “reinventada” por un lado y por el otro a los pequeños burgueses parisienses. Este comentario no debe interpretarse como salido del espíritu creador, sino del compositor cansado de las exigencias comerciales de las compañías operísticas, cuestión que omitió mencionar el profesor Tambling. En todo caso, una vez en el trance que causa el espectáculo, desde lo marcial, a lo gitano, a la gran fiesta taurina, el ambiente de la España tradicional se hace sentir durante toda la función. Sin duda es a todos estos elementos, más la expresión de lo cotidiano y el desacato de los sentimientos como parte de un entorno inexorable, lo que llaman verista (en Italia), escuela ya antes conocida como naturalista** en el mundo literario. 



Arquetipo o leyenda negra 

Nietzsche llamó a Carmen la obra anti wagnereana por excelencia. Como buen misógino también la llamó “la música como mujer” o “la verdad como mujer”. Sin duda, pues mientras que los personajes de Wagner son los dioses de la mitología hiperbórea, los personajes en Carmen son “de la calle”: una gitana presa de su propia maraña, un militar cornudo, un torero corneado, una huérfana despreciada. Cápsula del trama: Carmen seduce a Don José y a Escamillo, el torero, pero Carmen prefiere a este último. Don José mata a Carmen al final y después se entrega a su propia muerte. Micaela, la antítesis de Carmen, la huérfana enamorada, nunca llega a esposarse con su amado Don José, quien la desprecia por Carmen. Todo esto acaece como una suerte del sino o como la desenfrenada concupiscencia del alma perdida (léase España).
Un drama sin héroes ni heroínas, donde las mujeres son prostitutas o vírgenes y los hombres bellacos, entonces: espectáculo de seres exóticos y exagerados que gratifican la sensibilidad del público francés; audiencia que a la vez está hambrienta de corroborar lo atroz que puede ser todo aquello que no refleje sus propios vicios imperiales de la época. Como el bon savage, la Carmen personaje, cumple con las expectativas de los franceses que todavía manejan estereotipos del carácter español, según la leyenda negra que se nutrió a medida que España iba afrentándose a sus rivales.
No obstante lo dicho, Bizet supo utilizar estereotipos, especialmente de los andaluces, y logró crear arquetipos. Sin preverlo, interpretó el sentir popular y lo elevó al nivel de realidad compartida. Carmen es irresistible y siempre guarda secretos fatales y el macho siempre sucumbe ante su mirada seductora: cae el torero, cae el militar. La popularidad de la obra, tanto entre especialistas como entre aficionados, se debe a este inesperado devenir y cambio de fortuna. Y es que no hay otra mujer como Carmen en el repertorio operístico, ni tampoco en otro repertorio verdadero, porque nunca hubo tal mujer sino en la morbosidad del hombre que se nutre de lascivia judeo-cristiana: Eva, Dalila, Salomé, Jezebel…


Carmen en el Lyric Opera de Chicago

La condena de Don José se destaca como nunca antes visto en esta versión de Carmen. En el preludio vemos a Don José a punto de ser fusilado. Al final volvemos a la misma escena y es fusilado.
Esta escena impromptu enmarca la trama. Fácil: como cuando el que va a morir hace recuento de todo lo que a sucedido, esta escena alterada temporal y espacialmente es otro préstamo del prolijo Merimee. Verla por primera vez, tan tajante dado su instantaneidad, produce un efecto subliminal y nos predispone a seguir una línea particular de razonamiento, además que le da toda otra dimensión narrativa a la obra. Comenzar la acción con el merecido final de Don José es insinuarle al público que vea con otros ojos el personaje que nunca ha dejado de ser un mero instrumento. La obsesión de Don José ni siquiera se le aproxima a la tenacidad de Carmen por ser Carmen. Don José es sólo un medio, un instrumento de un solo filo: el filo de la muerte.
Esta insinuada lectura, entre tantas, nos hace centrarnos en los aspectos psicológicos, en la compleja caracterización de los personajes. Uno de los logros menos advertidos de Carmen de Bizet es la manera magistral en que la música define el carácter de los personajes principales. Nada es gratuito o fortuito en Carmen. Por lo tanto la ejecución tiene que ser cabal.

   
                  Neil Shicoff y Denyce Graves
Cabal fue Denyce Graves, mezzosoprano estadounidense, que se ganó la admiración de todo mundo (recibió tremenda ovación). Graves marcó su presencia, además de encarnar a la Carmen magistralmente con estupenda actuación, manejo completo de su persona, dominio del lenguaje corporal, agilidad de movimientos, soltura, erotismo. Sin exageración, también nos sedujo su voz: potente y a la vez muy bien modulada, tanto en las partes líricas como las más dramáticas. Su cabalidad (como el efecto carmino que logra Saura en su film), somete al débil tenor, Neil Shicoff, quien interpreta a Don José. El dueto con Rost, parle-moi de ma mere, resultó desapasionado y hasta defectuoso. Aunque fue mejorando a medida que transcurría la función, Shicoff imposta la voz para lograr las notas culminantes, esto le resta belleza e impone un soplo en la melodía. Vale mencionar que este papel exige que el tenor sea lírico en los dos primeros actos y después dramático en los últimos dos, intenso cambio no muy fácil de ejecutar. Shicoff logró hacer un buen papel al final, pero la manera en que maneja el cuerpo me recordaba más a Wozzek (el personaje inseguro de Alban Berg) que al convencido Don José. Recordemos que Don José representa el hermetismo del cristiano viejo, pero la actuación y la vocalización de Shicoff no mostró la convicción necesaria para que su devenir fuera trágico. Este Don José no causaba empatía, sino lástima. Por otro lado, Micaela, representada por la soprano Andrea Rost, también quedó opacada por la vigorosa voz de Denyce Graves, e incluso por las gitanillas contrabandistas (las soprano y mezzo respectivamente, Susana Phillips y Lauren McNeese).
Es de importancia tener en cuenta que Micaela, personaje frágil y sumiso, es la antítesis de Carmen y representa el amor casto por el que Don José jura fidelidad a un principio. También ella es cristiana vieja y su personaje es el único que no perece ningún “embrujo”. Menciono, no sin imponer el anacronismo, el concepto de “cristiana vieja” porque Merimee y luego Bizet manejan esta polaridad. Lo cristiano y profano sale a relucir y esto se simboliza  en el vestuario. Los gitanos se visten de colores agrios, Carmen viste de rojo; en cambio Micaela viste de azul-celeste. Todo esto se maneja con sutileza en esta producción de Carmen.
Curiosamente, otra sorpresa del Lyric que parte de lo convencional, esta Carmen al final viste de blanco con pañuelo rojo,  a lo africano. No sé si fue algo incidental, pero la Denyce Graves es afroamericana y quizá, con el poder de diva, quiso hacer un comentario social al morir vestida como las esclavas. Esta es la primera carmen que veo vestir de blanco inmaculado y el efecto fue sorpresivo aunque no de mucho tacto. El comentario le resta significación a la opresión que también han sufrido los gitanos, tema que no tocan ni Merimee ni Bizet. Atentos, si no fue intencional, el efecto aún se impone. Recordemos que la ópera es también un arte visual.

                                    Georges Bizet
Cuestión que nos lleva a lo indeciso que estoy, ¿Acaso Carmen es víctima y a la vez victimaria? En Bizet lo es. Carmen victimiza a sus amantes, pero al final se encuentra con su destino, su trágico final. En Merimee no lo es. La Carmen del romance francés de Merimee es claramente demonizada, una suerte de femme fatale. Merimee era un misógino envelado (como la mayoría de los hombres). Sépase que en su nouvelle escribió un epígrafe en griego, de pronto para que no lo entendieran muchos, que reza (según mi traducción del inglés): “Toda mujer es amarga como la bilis, pero tienen dos buenos ratos: uno en la cama y el otro en la tumba”. Comentario osado de Merimee quien también tenía sus prejuicios contra los españoles.
El tema de la mujer, se advierte en esta producción porque rescata la comicidad que pretende su clasificación como opera comique. Aunque esta carmen también nos hace reír, también nos hace penar. A los hombres los payasea. Zúñiga, representado por el barítono-bajo, Christian Van Horn, hace un papel cómico, sin precedentes, que yo sepa. Excelente barítono, habría sido un bravo Escamillo (el toreador). Tiene una voz grave, clara y con fuerza, como para lo dramático (me recuerda al formidable Samuel Ramey).

Espectáculo Todo lo demás no me causó mucha impresión. Los niños del Chicago Children’s Choir lucieron bien y cantaron bien. Las danzas dejaron mucho que desear. Los motivos flamencos resultaron  afrancesados, con técnicas del ballet clásico. Lástima porque esta obra se presta para contratar bailaoras auténticas. La coreografía en general tuvo sus ratos buenos y malos.
La producción del Lyric Opera de Chicago adaptó mucho de la novela de Merimee, incluso los paisajes, como la gruta donde Carmen y sus compinches manejan el contrabando. Al final, a mi ver, en la fiesta taurina, debieron usar más extras. El desfile fue escaso y me dio la impresión que el público de Chicago esperaba más vistosidad y vestuario. Lo glorioso fue que Denyce Graves se hizo una diabólica y divina diva en su papel de Carmen.

                                                                            León Leiva Gallardo
                                                                    (Chicago, Illinois, noviembre del 2005)
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Notas

*Vale mencionar que los franceses han contribuido a la ópera más de lo que se estima. Muy aficionados al ballet y a la sensualidad corporal, no dudaron mucho en incorporar la danza a un arte que en Italia tenía como fin ser solo dramma musicale o melodramma, es decir teatro cantado. Sucedía que originalmente la danza se le consideraba meramente ornamental, superflua. Esto lo cambió la Grand Opera francesa.

**Se tiene por entendido que las vidas sufridas de estos personajes no tenían escapatoria; eran presas de su propio entorno.

 

Obras de consulta

Invito all'opera, Gino Roncaglia (1883-1968). Ed. Tarantola. Milano, 1954 (seconda edizione rifatta e ampliata).

Carmen (1845), Jeremy Tambling (University of Hong Kong), del sitio Web: http://www.litencyc.com/, 15 March 2002.

[libretto] Carmen: Opéra en trois actes par Henri Meilhac et Ludovic Halévy,
tiré de la nouvelle de Prosper Mérimée, Musique de Georges Bizet, del sitio Web:

Carmen, de Próspero Merimee. Project Gutemberg.

Where Spain lies: Narrative dispossession and the seductions of speech in Merimee's Carmen





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