miércoles, 4 de noviembre de 2015

Quehaceres desapasionados




                                                                                             The mass of men lead lives of quiet desperation...
                                                                                             But it is a characteristic of wisdom no to do desperate things.

                                                                                             (Masas enteras de hombres llevan una vida de recatada desesperación...
                                                                                             Pero la sabiduría se caracteriza por no hacer cosas desesperadas.*)
                                                                                                           Henry David Thoreau, Walden


En la vida contemporánea pasamos demasiado pendientes de los horrores y de las hermosuras; demasiado enviciados de las pesadumbres del alma y de la hilaridad de lo ridículo. Demasiado atentos a todo aquello que produce en nosotros la sensación de vivir en un constante estado de profunda emoción. Pero raramente nos percatamos de aquellas cosas que habitan nuestro diario acontecer: aquéllas desapercibidas instancias que van hilvanando nuestras vidas.

La verdadera historia de la humanidad no está compuesta de guerras y de paces, ni de desastres naturales y glorias terrenales. La humanidad es el producto de un rutinario tejido de desapasionadas labores. Estas desapasionadas labores acontecen en el solar de todos. El incorruptible territorio entre la violencia y el abandono, entre la ira y la indiferencia, entre el éxtasis y la inanidad. Es de todos, porque todos los seres humanos, queramos o no, participamos en la edificación del mundo. Todos, tarde o temprano, participamos en el rutinario tejido de las desapasionadas labores.

Las artes, lamentablemente, como la historia libresca, muestran esa polarizada y tergiversada visión de la vida humana, donde se destacan los conflictos y se glorifican las pasiones. Los quehaceres desapasionados raramente son representados sin elementos extrínsecos, ya sean religiosos o ideológicos. Los pocos momentos cuando se observó y se documentó la vida cotidiana, quizá hayan encontrado superioridad en la poesía oriental y en la pintura flamenca y holandesa de los siglos XVI y XVII. Esto se explica quizá por esa muy practicada noción que dice que toda obra de arte debe tener elementos conflictivos para que sea efectiva en producir el fin deseado: la apreciación estética. Curiosamente, explicablemente, las obras autobiográficas, las crónicas de costumbres, los diarios y los travelogues son una gran fuente de documentación de la vida cotidiana. Entre menos literarios sean, mucho más documentan los quehaceres desapasionados.



Irónicamente, las personas que más están conscientes de esta manera “apasionada” de vivir y de la necesidad de escapar a una vida más simple, son los artistas en general, pero especialmente los escritores. La necesidad de escapar el mundo de los antagonismos lleva al abandono de la ciudad. Porque la ciudad es la cuna y la tumba de todos los conflictos humanos. Henry David Thoreau, describiendo su vida en el campo, en Walden, cita los siguientes versos:

                                There was a shepherd that did live,
                                and held his thoughts as high
                                as were the mounts whereon his flocks
                                did hourly feed him by.

                                (Había una vez un pastor que vivía
                                y cultivaba tan altos pensamientos
                                como las colinas donde sus ovejas
                                diariamente le daban alimentos.*)


Luego pregunta: “¿Qué debemos pensar de la vida del pastor cuyas ovejas siempre se le van a pastos más elevados que sus pensamientos?” Y para reanudar la descripción de su vida en el campo dice: “Cada mañana era una grata invitación a llevar mi vida con la misma simplicidad.” 


Walden quizá sea la obra de los trascendentales que mejor explique la necesidad de alejarse de la vida de intereses contrariados y cultivar otra vida donde abunden y reinen los quehaceres desapasionados. Pero el diario, si le podemos llamar así, no es doctrinario, sino descriptivo. En esto último le es fiel a la actitud del que labora desapasionadamente. Porque el que labora desapasionadamente muchas veces ni siquiera está al tanto de que cumple con un llamado paradójicamente contrario, el llamado de las manos vacías: el procurar lo dado, el todo, para acudir anuentemente a la vida y luego a la nada.

Después de haber alzado la voz a lo imposible de tantas maneras comienzo a notar la falta, la necesidad, de verme las manos y añorar, desear, un quehacer desapasionado. Una de las pocas instancias en que expresé este llamado fue en un poema que voy a compartir, para concluir esta divagación.
 

Con mis manos vacías


es tarde ya
las tijerillas han de haber cortado el ocaso con sus colas
y las gaviotas haber besado por penúltima vez
los labios de la arena

estoy sentado en un empeño
con ganas de mar y de cielo
la marea es vasta
el firmamento cautivo
y mis manos...
vacías

desde mi sitio contemplo el archipiélago
verdes azules y grises
silentes las islas como efigies

todavía hay sonidos del día
alguien desgrana el maíz de su guarida
alguien deshoja el naranjo de su agrura
alguien desmonta la bestia de su silla
y mis manos siguen
                                                  
vacías

antes de que oscurezca
he de trazar mis pasos

una vez en casa
he de haber también vivido
con todos los seres del mundo
así
con mis manos vacías


                                                                                       León Leiva Gallardo 
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* Traducción de LLG
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