martes, 6 de octubre de 2015

Carmen: estéreotipo, arquetipo, leyenda negra


(Durante la temporada de ópera 2005-2006 tuve la fortuna de ser enviado especial de la revista Contratiempo a varias funciones del Lyric Opera de Chicago con el fin de escribir reseñas sobre las obras. Esta es una de esas reseñas. LLG)


 

Carmen de Merimee a Bizet

Tres meses después del premier de Carmen en la Opera Comique de París, en marzo de 1875, muere de un síncope el compositor francés Georges Bizet a los 38 años, y en plena resignación por considerarse un fracasado. Nunca se imaginó Bizet que su postrer “fracaso” llegaría a hacer escuela y llegaría a convertirse en la obra más producida y aplaudida del repertorio operístico. Menos todavía habría de imaginarse que su Carmen sería asunto central de más de veinte films. Bizet había recreado, revivido, un gran personaje, un arquetipo. Digo recreado, porque la pendenciera gitana de los ojos seductores fue creación de Próspero Merimee, quien, después de sus viajes a España, hubo de publicar su Carmen en 1845. Esta breve novela, parecida a tantas nouvelles exóticas de la época, sería la inspiración de Bizet y, por supuesto, el texto fuente del libretto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy.
Para muchos estudiosos, Carmen de Bizet inicia la escuela “verista” (en la ópera) y además hace una gran contribución a la evolución de este arte por el tratamiento de temas serios en contextos y con elementos populares, cuestión que ocasionaría reacciones varias según los tiempos. La obra también se distingue por la importancia que Bizet le atribuye a las danzas, con el fin de obtener, e incluso producir, efectos dramáticos o psicológicos. En Carmen, la danza no es un mero capricho ni un entremés, ni motif extrínseco, sino un elemento esencial que define la caracterización de los personajes*. Para lograrlo, por supuesto, Bizet tuvo que darle uso a sus conocimientos de la música española, aunque estos fueran toda una gama de clichés. Se tiene por entendido que Bizet escribió la letra de “La Habanera”, basada en “El Arreglillo”, una canción del compositor español Sebastián Yradier (1809-1865). Por otro lado, Roncaglia escribe, en Invito all’opera, que la danza voluptuosa que Carmen canta y baila como preludio al cuarto acto es un bolero de Manuel García. Y sobra decir que la seguidilla (sevillana), por supuesto, era un estilo muy conocido en Francia. De manera que la música española en Carmen es algo original, en cuanto a autoría, pero de ninguna manera se va a tener como la expresión auténtica del pueblo andaluz y menos del gitano. 

Curiosamente Según Jeremy Tambling (de la Enciclopedia de la Literatura), en una ocasión Bizet dijo, con respecto a la música y su audiencia: “Si quieren mierda, se las daré”. Se refería, por supuesto a la música “reinventada” por un lado y por el otro a los pequeños burgueses parisienses. Este comentario no debe interpretarse como salido del espíritu creador, sino del compositor cansado de las exigencias comerciales de las compañías operísticas, cuestión que omitió mencionar el profesor Tambling. En todo caso, una vez en el trance que causa el espectáculo, desde lo marcial, a lo gitano, a la gran fiesta taurina, el ambiente de la España tradicional se hace sentir durante toda la función. Sin duda es a todos estos elementos, más la expresión de lo cotidiano y el desacato de los sentimientos como parte de un entorno ineludible, lo que llaman verista (en Italia), escuela ya antes conocida como naturalista** en el mundo literario. 



Arquetipo o leyenda negra 

Nietzsche llamó a Carmen la obra anti wagnereana por excelencia. Como buen misógino también la llamó “la música como mujer” o “la verdad como mujer”. Sin duda, pues mientras que los personajes de Wagner son los dioses de la mitología hiperbórea, los personajes en Carmen son “de la calle”: una gitana presa de su propia maraña, un militar cornudo, un torero corneado, una huérfana despreciada. Cápsula del trama: Carmen seduce a Don José y a Escamillo, el torero, pero Carmen prefiere a este último. Don José mata a Carmen al final y después se entrega a su propia muerte. Micaela, la antítesis de Carmen, la huérfana enamorada, nunca llega a esposarse con su amado Don José, quien la desprecia por Carmen. Todo esto acaece como una suerte del sino o como la desenfrenada concupiscencia del alma perdida (léase España).
Un drama sin héroes ni heroínas, donde las mujeres son prostitutas o vírgenes y los hombres bellacos, entonces: espectáculo de seres exóticos y bizarros que gratifican la sensibilidad del público francés; audiencia que a la vez está hambrienta de corroborar lo atroz que puede ser todo aquello que no refleje sus propios vicios imperiales de la época. Como el bon savage, la Carmen, personaje, cumple con las expectativas de los franceses que todavía manejan estereotipos del carácter español, según la leyenda negra que se nutrió a medida que España iba afrentándose a sus rivales.
No obstante lo dicho, Bizet supo utilizar estereotipos, especialmente de los andaluces, y logró crear arquetipos. Sin preverlo, rescató el “sentir popular” y lo elevó al nivel de realidad compartida. Carmen, el personaje, es irresistible y siempre guarda secretos fatales, el macho siempre sucumbe ante su mirada seductora: cae el torero, cae el militar. Su popularidad, tanto entre especialistas como entre aficionados, se debe a este inesperado devenir y cambio de fortuna. Y es que no hay otra mujer como Carmen en el repertorio operístico, ni tampoco en otro repertorio verdadero, porque nunca hubo tal mujer sino en la morbosidad del hombre que se nutre de lascivia judeo-cristiana: Eva, Dalila, Salomé, Jezebel…


Carmen en el Lyric Opera de Chicago

La condena de Don José se destaca como nunca antes visto en esta versión de Carmen. En el preludio vemos a Don José a punto de ser fusilado. Al final volvemos a la misma escena y es fusilado.
Esta escena impromptu enmarca la trama. Fácil: como cuando el que va a morir hace recuento de todo lo que a sucedido, esta escena alterada temporal y espacialmente es otro préstamo del prolijo Merimee. Verla por primera vez, tan tajante dado su instantaneidad, produce un efecto subliminal y nos predispone a seguir una línea particular de razonamiento, además que le da toda otra dimensión “narrativa” a la obra. Comenzar la acción con el merecido final de Don José es insinuarle al público que vea con otros ojos el personaje que nunca ha dejado de ser un mero instrumento. La obsesión de Don José ni siquiera se le aproxima a la tenacidad de Carmen por ser Carmen. Don José es sólo un instrumento, un instrumento de un solo filo: el filo de la muerte.
Esta insinuada lectura, entre tantas, no hace fijarnos en los aspectos psicológicos, en la caracterización de los personajes. Uno de los logros menos advertidos de Carmen de Bizet es la manera magistral en que la música define el carácter de los personajes principales. Nada es gratuito o fortuito en Carmen. Por lo tanto la ejecución tiene que ser cabal.

   
                  Neil Shicoff y Denyce Graves
Cabal fue Denyce Graves, mezzosoprano estadounidense, que se ganó la admiración de todo mundo (recibió tremenda ovación). Graves marcó su presencia, además de encarnar a la Carmen magistralmente con estupenda actuación, manejo completo de su persona, dominio del lenguaje corporal, agilidad de movimientos, soltura, erotismo. Sin exageración, también nos sedujo su voz: potente y a la vez muy bien modulada, tanto en las partes líricas como las más dramáticas. Su cabalidad   como ese efecto carmino que logra Saura en su film   somete al débil tenor, Neil Shicoff, quien interpreta a Don José. El dueto con Rost, parle-moi de ma mere, salió, sin redondeos, desapasionado y hasta defectuoso. Aunque fue mejorando a medida que transcurría la función, Shicoff imposta la voz, como lo hace Carreras, para lograr las notas culminantes, esto le resta belleza e impone un soplo tajante en la melodía. Vale mencionar que este papel exige que el tenor sea lírico, en los dos primeros actos, y después dramático en los últimos dos, cuestión no muy fácil. Shicoff logró hacer un buen papel al final, pero la manera en que maneja el cuerpo me recordaba más a Wozzek (de Alban Berg) que al convencido Don José. Recordemos que Don José representa el hermetismo del cristiano viejo, pero la actuación y la vocalización de Shicoff no mostró la convicción necesaria para que su devenir fuera trágico. Este Don José no causaba empatía, sino lástima. Por otro lado, Micaela, representada por la soprano Andrea Rost, también quedó opacada por la vigorosa voz de Denyce Graves, e incluso por las gitanillas contrabandistas (las soprano y mezzo respectivamente, Susana Phillips y Lauren McNeese).
Es de importancia tener en mente que Micaela, personaje frágil y sumiso, es la antítesis de Carmen y representa el amor virginal y maternal por el que Don José jura fidelidad a un principio. También ella es cristiana vieja y su personaje es el único que no perece ningún “embrujo”. Menciono lo de “cristiana vieja” porque Merimee y luego Bizet manejan esta polaridad. Lo cristiano y pagano sale a relucir y esto se simboliza incluso en el vestuario. Los gitanos se visten de colores agrios, Carmen viste de rojo; en cambio Micaela viste de azul-celeste. Todo esto se maneja con sutileza en esta producción de Carmen.
Curiosamente, otra sorpresa del Lyric que parte de lo convencional, esta Carmen al final viste blanco, con pañuelo rojo, pero a lo africano. No sé si fue algo incidental, pero la Denyce Graves es afroamericana y quizá, con el poder de diva, quiso hacer un comentario social-histórico al morir vestida como las esclavas. Esta es la primera carmen que veo vestir de blanco inmaculado, el efecto fue sorpresivo pero no de mucho tacto, el comentario sobra y le resta significación a la opresión que también han sufrido los gitanos, tema que no tocan ni Merimee ni Bizet. Atentos, si no fue intencional, el efecto aún se impone. Recordemos que la ópera es también un arte visual.

                                    Georges Bizet
Cuestión que nos lleva a lo indeciso, ¿Acaso Carmen puede ser víctima y victimaria? En Bizet lo es. Victimizó a sus amantes y al fin se encontró con su tuerce. En Merimee no lo es, la Carmen de Merimee Carmen es claramente satanizada, la femme fatale. Merimee era un misógino envelado, como la mayoría de los hombres, en su nouvelle escribió un epígrafe en griego, para que no lo entendieran muchos, que dice (según mi traducción del inglés): “Toda mujer es amarga como la bilis, pero tienen dos buenos ratos: uno en la cama y el otro en la tumba”. Comentario osado de Merimee quien también tenía sus prejuicios contra los españoles.
El tema de la mujer, se advierte en esta producción porque rescata la comicidad que pretende su clasificación como opera comique. Cuidado, no dije opera bufa. Aunque nuestra carmen también nos hace reír, como nos hace llorar. Pero a los hombres los payasea. Zúñiga, representado por el barítono-bajo, Christian Van Horn, hace un papel cómico, sin precedentes, que yo sepa. Excelente barítono, hubiera hecho un bravo Escamillo (el toreador). Tiene una voz grave, clara y con fuerza, como para lo dramático. Me recuerda a Ramey.

Espectáculo Todo lo demás no me causó mucha impresión. (Los niños del Chicago Children’s Choir lucieron bien y cantaron bien.) Las danzas dejaron mucho que desear. Los motivos flamencos eran demasiado afrancesados, más ballet clásico que otra cosa. Lastimero porque esta obra se presta para contratar bailadoras originales. La coreografía en general tuvo sus ratos buenos y malos.
La producción del Lyric tenía mucho de la novela de Merimee, incluso los paisajes, como la gruta donde Carmen y sus compinches manejan el contrabando. Al final a mi parecer, en la fiesta taurina, debieron usar más extras. El desfile fue escaso y me dio la impresión que el público de Chicago esperaba más vistosidad y vestuario.

Lo glorioso fue que Denyce Graves se hizo una diabólica y divina diva en su papel de Carmen.

                                                                            León Leiva Gallardo
                                                                    (Chicago, Illinois, noviembre del 2005)
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Notas

*Vale mencionar que los franceses han contribuido a la ópera más de lo que se estima. Muy aficionados al ballet y a la sensualidad corporal, no dudaron mucho en incorporar la danza a un arte que en Italia tenía como fin ser solo dramma musicale o melodramma, es decir teatro cantado. Sucedía que originalmente la danza se le consideraba meramente ornamental, superflua. Esto lo cambió la Grand Opera francesa.

**Se tiene por entendido que las vidas sufridas de estos personajes no tenían escapatoria; eran presas de su propio entorno.

 

Obras de consulta

Invito all'opera, Gino Roncaglia (1883-1968). Ed. Tarantola. Milano, 1954 (seconda edizione rifatta e ampliata).

Carmen (1845), Jeremy Tambling (University of Hong Kong), del sitio Web: http://www.litencyc.com/, 15 March 2002.

[libretto] Carmen: Opéra en trois actes par Henri Meilhac et Ludovic Halévy,
tiré de la nouvelle de Prosper Mérimée, Musique de Georges Bizet, del sitio Web:

Carmen, de Próspero Merimee. Project Gutemberg.

Where Spain lies: Narrative dispossession and the seductions of speech in Merimee's Carmen





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