lunes, 27 de mayo de 2013

Un cuento para los que padecemos de insomnio:

La Era del Pez

Era un tipo que pasaba esperando el fin de los mundos, simplemente porque le convenía. Le dedicaba horas de contemplación al cielo que se le asomaba por la ventana, y, con cualquier espurio desplazamiento de una estrella fugaz, se alimentaba de la más mínima conmoción de la nada. “Alguien que se pasa viendo el cosmos en la noche”, le dijo su madre al médico de cabecera, “y no se acuerda del caos en el que está su cuarto en el día, dígame Doctor, ¿verdad que está enfermito?” Pero el Doctor se quedó más bien sin habla, pensando en la exactitud de las palabras de la anciana. No hay duda, pensó el doctor Banegas, que esta casa está habitada por científicos. Quién sabe si ese pobre hombre sufre de la enfermedad de Asperger o es un astrofísico de cojones.

Pero el tipo no se componía. No era dañino consigo mismo ni con nadie ni rompía las reglas de urbanidad ni atropellaba o insultaba al prójimo, simplemente no creía en la utilidad de todo lo que se hacía para seguir con vida. Se reía cínicamente como un perro de la antigua Grecia y, mascando su propia saliva, para aplacar las ganas de gritárselos en la cara, murmuraba lo mismo de siempre: Ya verán el día cuando nieve en verano o cuando en invierno una onda solar les descomponga los fusibles…

Curiosamente, el tipo se creía el hombre más solo del mundo por sus creencias. Quizá no se daba cuenta de que el proscenio apocalíptico que procuraba era más bien un mal común. Por todas partes del planeta había manifestaciones de histeria colectiva parecidas, la mayoría religiosas, muchas de carácter moral y psicológico y algunas hasta científicas. El pueblo pensante y no pensante sufría del mismo mal. No se trataba de un mal de siglo, sino de un mal de era.

Sucedía que los europeos llevaban más de un siglo sin causar otra magnánima guerra mundial y las invasiones de América contra los miserables países del tercer mundo no eran más que magníficos actos de terrorismo: implosiones, intervenciones cibernéٞticas, demoliciones de ciudades sin tener el efecto sacrificio que habían tenido, por ejemplo, los sesenta millones de rusos que murieron para impedir que Alemania se tomara el mundo. Eso era lo que faltaba: la Tercera Guerra Mundial.

De ninguna manera Faustino iba a desear un Hiroshima y Nagasaki, tampoco un Auschwitz u otra batalla de Leningrado. Era algo más hondo en el alma de los hombres, algo menos violento y sin embargo de insidiosa intención como la larguísima y exacta trayectoria del meteoro que habría de destruir la litósfera terrestre. Había momentos de dilatada contemplación y ponderación en que Faustino estaba a punto de hurgarle el meollo al asunto, pero justo en ese instante fiat llegaba su madre y le decía, “deja de estar pastoreando y por favor ve a comprar un queso y harina que le voy a preparar una milanesa al pobre de tu padre, que casi se me olvida que mañana cumple años”. Faustino la miraba con decepción como diciéndole, aquí nadie comprende lo importante que es mi silencio. “Date prisa, por Dios, que van a cerrar…” y lo demás era cotidiano.

Faustino también cumplía años. La última vez había logrado medio siglo de espera, como él mismo lo llamaba, vivir es esperar. Para distanciarse un tanto de su espera y de la conciencia de estar en espera Faustino se dedicaba a uno de los pasatiempos que le habían quedado de infancia, jugaba al ajedrez contra un antiguo software del siglo pasado, uno de los primeros y, por lo tanto, no muy inteligentes. Tenía tres grados de dificultad: iniciado, competente y máster. Por supuesto que hasta el master level era muy sospechoso, no con un programa de los 80 tardíos del siglo XX. En los tiempos cuando su padre, que se llamaba Fausto también, estaba bien de la memoria, entre los dos, le ganaban a la computadora. Faustino solo, no podía. Por eso todos los días en la mañana lo primero que le preguntaba era:
      —Padre, ¿ya leíste la última de Catalunya?
      —Sí, claro, pero te digo una cosa, que se atrevan a tocar pueblo de Castilla y España los destroza. Hijos de perra desagradecidos, que si no fuera por los castellanos los franceses se los habrían pedorreado como pedorrean a todos los europeos.
      —Deja a tu padre en paz, Faustino, que no amaneció bien —le decía siempre su madre.
     La demencia del viejo Fausto era histórica. Le fascinaba leer sobre la era renacentista y se quedaba rezagado en el último libro y a veces hasta en un capítulo en especial. En ocasiones recobraba la memoria y sus facultades, por días, funcionaba como si nada hubiera sucedido. En esos lapsos de cordura que se iban acortando su hijo Faustino lo aprovechaba para jugar ajedrez.

Sucedía que era el fin de la Era del Pez…

                                                                                      (León leiva Gallardo)

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