viernes, 31 de agosto de 2012

Entrevista a José Mármol, poeta dominicano

   


Jochy Herrera entrevista al poeta dominicano José Mármol (1960), figura central de la poesía dominicana contemporánea, ganador del XII Premio Casa de América de Poesía Americana de España.
 

José Mármol, XII Premio Casa de América de Poesía Americana
 
España galardona al dominicano con Lenguaje del mar, una atrevida fiesta nerudiana donde mar es la gran metáfora: hogar de la belleza, la ensoñación, la furia, la injusticia, el poder, y por supuesto, frontera última de la insularidad. En los poemas de este volumen los sentidos, y no sólo el pensar, protagonizan el texto; giro paradigmático de un autor florecido entre lo que el canon catalogó como “la poética del pensar”. Ejercicio donde la ética de la palabra sobreseía, y, por ende, redefinía, un impuesto propósito del poema. Mármol reconoce en los hermosísimos versos de este título que de no recurrir a la estética, negaría el clímax implícito y logrado por ambas: la libertad de la creación literaria, verdadero territorio que las define. Poeta y ensayista, autor de 25 libros, ganador de numerosos premios nacionales e internacionales, él es, sobre todo, el pensador que medita y responde, anticipando el diáfano poder de las palabras hechas poesía.

Dijiste, en referencia a la naturaleza de la relación lenguaje-sociedad-historia en la literatura hispanoamericana, que existía un desfasamiento entre los escritores y la realidad. ¿Cómo ves hoy tal separación?
 
—La literatura, en cuanto que fenómeno esencialmente producto de la articulación de una lengua-cultura, en un determinado momento, estará acicateada por las tensiones de articulación o desfase respecto de la pertinencia intrahistórica del hecho lingüístico y literario per se. Una determinada postura estética, concepción discursiva, empírica, translingüística o filosófica de la literatura, un poema, novela, cuento, drama o un ensayo, no pueden colocarse fuera de la historia, sin embargo, su misión será siempre la de trascender los límites gnoseológicos, políticos, ideológicos, individuales y sociales de la coyuntura que le ha visto nacer, pero siempre, a través del lenguaje, que es, como sugería Barthes, la problemática fundamental de la literatura.
 
Tras el derrumbamiento de los totalitarismos en los años 80, estos acontecimientos dieron lugar a un nuevo sujeto, a nuevos escenarios de la sociedad, a un nuevo lenguaje, y por tanto, a nuevas expresiones del arte, la literatura y la cultura que, bajo ningún pretexto, podían ser sometidos, porque no los resistirían, a los esquemas de análisis o facturación del texto creativo que tuvo lugar en décadas precedentes. El desfasamiento estribaba en que, a aquellos viejos moldes, las transformaciones se les fueron por delante. Hoy vemos la vitalidad de una literatura y arte latinoamericanos más a tono con el resto del mundo. La globalización del comercio y la planetarización de la cultura tienen un peso específico relevante en lo que se piensa, se escribe y se consume culturalmente. Lo importante, lo trascendente será, dejar una huella con acento propio en ese concierto universal.


—¿Qué es el mar?
 
—“El mar es una cosa que nunca tuvo nombre/ objeto que yo invento/ el mar son mis dos ojos” escribí en mi primer poemario, El ojo del arúspice. Martí lo redujo a unas palabras: “Muerto enorme”. Leopoldo Lugones lo retrata como algo “lleno de urgencias masculinas”. Octavio Paz, por su lado, además de descubrirle su “torso perezoso y lento”, lo encierra en un símbolo bellísimo: “el mar que muere y nace en un reflejo”. El dominicano Enrique Eusebio acertó una vez al dibujar sus olas con palabras como “ágiles palomas que nunca atinan al vuelo”, y así, tantas impresiones y definiciones desde Homero, Manuel Rueda y Paul Valéry, que convirtió esas aguas en insondable metáfora de un cementerio.
 
En mi condición de isleño, el mar adquiere una dimensión ontológica, y no sólo circunstancial o meramente cultural, que configura mi cosmología y cosmogonía particulares, órdenes que se instalan allí, en la palabra, en el poema. Además de poderosísima fuerza natural, inmenso espacio de biodiversidad, fuente de riqueza social y bellísimo paisaje, el mar es una inconmensurable metáfora de la vida y del mundo.

—Hace tres lustros dedicaste un volumen a la ética del poeta y la poética del pensar. ¿Cuál es su esencia hoy?
 
—A pesar de los avances del pensamiento y de la ciencia, que han dado lugar a la bioética y al descubrimiento del bosón de Higgs, que supone la explicación del Universo y, para otros, la anulación de Dios por efecto de una partícula, a mi modo de ver la ética del poeta sigue siendo la misma o exigiendo lo mismo: ética de la forma; es decir, del lenguaje como materia prima y razón de ser de la obra literaria. Forma que, al temprano y buen decir de Paz, es fondo. Se trata de la ética de la creación a partir del lenguaje como entidad simbólica, empresa que, sin estar fuera de la historia, sin dejar de lado los fenómenos ideológicos, políticos y sociales, no se reduce a ellos; sino que los trasciende como expresión de libertad del que enuncia una lengua. La forma, decía en Ética del poeta (1997), es la voz del pensamiento, y la ética es un estado de conciencia. Este dictado no desaparece, como la materia, sólo se transforma.

Javier Sicilia declaró la muerte de la poesía en su ser, Raúl Zurita, ese otro chileno sin par, tras publicar 800 páginas de poesía en Zurita (Ediciones UDP, 2011) afirmó que “gran parte de lo que entendemos por poesía refleja lo que llamamos experiencia interior, donde están solamente los ecos, pero no el sonido”. ¿Qué es poesía? ¿Qué hace a un poeta?
 
—La poesía es la más alta expresión estética de la lengua, en cuanto que significante mayor, en una cultura, en una sociedad y en un tiempo determinado. A partir de ahí podrías concebirla como el caracol nocturno en un rectángulo de agua, de Lezama Lima; la enfermedad contagiosa, peligrosa e incurable de Cervantes; o bien, un arma cargada de futuro, como la sintió Gabriel Celaya. Poesía es, en definitiva, poder simbólico del lenguaje. ¿Qué hace a un poeta? Reconocerse, ética y estilísticamente, como un animal simbólico; instrumento de la magia del lenguaje; un hacedor, en términos borgeanos, de pequeños mundos a través de la madeja rizomática en que se tejen el pensamiento y el sentimiento, en la materia del lenguaje. No muere la poesía. Fallecen, eso sí, o pierden vigencia ciertas concepciones, sobre todo las panfletarias y dogmáticas, de la poesía.

—En cuanto a la libertad de la creación literaria, territorio que en tu caso hace frontera con el ensayo, la prosa y el poema, ¿cómo logras batallar esos menesteres impuestos por la formalidad del canon?
 
—El pensamiento, las emociones y la palabra son una entidad granítica. Las ideas, las emociones no son suficientes para la facturación del poema, reclamaba Mallarmé con acierto. ¿Por qué? Porque el poema es, fundamentalmente, una entidad de palabras. Heráclito y Parménides expresaron la inmensidad de sus filosofías a través de dos poemas. Homero escribió en versos la gran proeza de la historia antigua. Mario Benedetti escribió El cumpleaños de Juan Ángel, una novela, en versos. Octavio Paz escribió un ensayo insuperable, El arco y la lira, que puede ser leído como un poema en prosa. Cito sólo algunos ejemplos en los que esa frontera a la que aludes se ha evaporado, se ha diluido; no existe. La retórica o la teoría del discurso fijan esas fronteras que algunos especialistas, Foucault o Barthes, por ejemplo, han llamado formaciones discursivas. Mi apuesta ha sido, más de una vez, la de trascender, en la práctica escritural, esas fronteras; superar esos obstáculos; lograr, simplemente, el sueño de Bataille: la superación verbal del mundo.

—¿Dónde anda el amor en estos días tristes de amor y guerra?
 
—El amor, como el odio, anda siempre por sus fueros. Están ahí, a un golpe de ojos; o bien, a un golpe de dados, del azar. Los tiempos de Brecht no han pasado, aquellos en los que “cantarle a un árbol es casi un crimen/ porque implica el silencio de tantas fechorías”. Están ahí, en las crónicas terrestres (y no marcianas) de los diarios que cuentan el dolor de las masacres en Siria o en Birmania; en el rostro perplejo de un niño hambriento, abandonado a su desdicha en África, Afganistán, la India, mi propio país o Haití; el odio y el amor están ahí, en el carácter de Matteo, el personaje solitario, central, de la novela de Susanna Tamaro, Para siempre; en la tierna muchacha Erzsébet, que por amor a su padre, le busca un refugio y venció el monstruo de la segunda gran guerra, en la novela Liberación de Sándor Márai; en el personaje de Javier Bardem, en Biutiful, donde el drama de la migración, mal del siglo XXI, se vive con ilusión y dolor; el amor y el odio están allí, en el sitio y la hora de la ira, como gritó acerca de la esperanza, en su Habanera, el poeta Ángel González; en el ontológico poema Paisaje con un merengue al fondo, del inmenso dominicano Franklin Mieses Burgos, porque “un hondo río de llanto tendrá que correr siempre/ para que no se extinga la sonrisa del mundo”. El amor, entonces, ese quebranto, el que habría de llegar aunque nunca se esperaba, ese, el que nos salva y nos hunde está ahí, en el sitio y el momento de la escritura y la vida.

—En aquél temprano poema Estación de invierno (1994) tu corazón latía al compás del pesar: Afuera, sin embargo, es noche honda y muerte, y mi estación no existe, y el tren no se detiene en su viaje al invierno. Casi veinte años después, en Lenguaje del mar apareces rendido frente al vuelo del mar: (…) el inmenso irrepetible, el mar alzado en vuelo lentitud del lastimado, alas que no pueden los azules levantar. ¿Cómo explicas que en ambos textos se revelen el dentro, los tormentos de nuestra interioridad, y la otredad, la paz que representa la entrega y el viaje de la vida?
 
—No sé si encuentre mejores palabras para contestar que las que has empleado para preguntar. En medio de tantos avatares, lo que nos mantiene vivos es, únicamente, ese aliento recobrado, ese suspiro que te ofrece la dimensión del poema, igual que al Sísifo del mítico Camus, que sólo se siente vivo cuando, castigado por Zeus, coloca la piedra en la cima y, al soltarla y empezar esta a descender de nuevo, para tener luego que volver a subirla, mira, desde la cúspide, hacia todo el entorno y se maravilla con el paisaje que contempla.
 
Somos, al fin y al cabo, esa combinación de tristeza y dulzura, que Vallejo encerró en una palabra mágica, Trilce, con la que cubrió los poemas más humanos que podamos leer en nuestra lengua. La otredad, ese destino, está en nuestro propio y único ser, el que padece y goza, el que vive y muere. Yo soy Sísifo, la montaña es la vida, la piedra el pensamiento y el mar, ese mar, es el paisaje que contemplo, que me habla y pone alas.

—Sin presagios, espera ni asomo, sin después ni quizás, ¿dónde está esa hermosa muchacha que cabalgaba tus latidos poniendo atardeceres en tu sangre?
 
—Esa muchacha es la poesía misma. Habita en el misterio del lenguaje. Ella monta, cristalina, la bestia de mis latidos y sigue, día tras día, asombrándome, haciéndome vibrar con imperecedera e innombrable hermosura.



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Jochy Herrera Escritor dominicano, autor de Extrasístoles: y otros accidentes (Vocesueltas, 2009), Seducir los sentidos (Mediaisla, 2010), y otras obras.  Miembro del consejo editorial y la mesa directiva de Revista Contratiempo (Chicago), una de las publicaciones culturales en español más importantes de los Estados Unidos.

jueves, 30 de agosto de 2012

Ivan Albright: Puertas con paisaje adentro


Puertas con paisaje adentro
                     León Leiva Gallardo
   Dorian Gray (de Ivan Albright)


Hace años, creo fue en la primavera de 1997, tuve oportunidad de apreciar una singular exhibición, una retrospectiva, de la obra de Ivan Albright en el Instituto de Arte de Chicago. Además de la más conocida de sus pinturas, “Dorian Gray”, la retrospectiva del centenario del nacimiento del pintor, oriundo de Chicago mismo, también incluía varios autoretratos, bodegones y lo que yo quiero llamar “umbrales”, sujeto-objeto pictóricos que nos indican —o advierten— el camino hacia lugares conocidos, desconocidos, temidos o preconizados.

Una de las obras que más me llamó la atención fue la rendición visionaria de una puerta en proceso de descomposición; por supuesto, la descomposición por la que se le conoce a este visionario, característica que reconoció de esta manera: “Importa poco si pinto una calabacita, un arenque rayado o un hombre… El espacio, la luz, el movimiento, la posición, tienen algo en común, y es la descomposición.”

La proclividad por lo descompuesto fue la signatura de la obra de Ivan Albright. No fue gratuito el hecho que, para la película del mismo título de la novela de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray (de Albert Lewin, 1945), le hayan comisionado el retrato más famoso de un personaje literario. Este cautivo carácter faustino del joven Dorian Gray no se pudo haber develado mejor que con el pincel de un agudo observador de la carne y la materia, objetos a los que Albright trataba o intervenía de la misma manera.

Aunque a Albright se le asociaba más con lo macabro, al conocer su obra podemos sacar otras conclusiones menos fáciles de explicar. La óptica propiamente mórbida, la necrosis y lo excremental no parece ser el resultado de una patología, sino de un proceso natural de decay, palabra que en inglés no es exclusivamente denotativa de la descomposición, sino connotativa del deterioro de lo inmaterial. El cuerpo de Dorian Gray se descompone porque su alma se deteriora. Lo que siempre observaba Albright en los objetos de arte era el deterioro, pero algo terriblemente carnal lo llevaba a pintarlo como un estado de descomposición: algo o alguien que se pudre, pero no muere. El deterioro de las superficies de los objetos parece tejido animal (o humano) en proceso de putrefacción. Algo que puede indicar que su visión es fetichista, un tipo de parafilia.


Poor Room–There Is No Time, No End,
No Today, No Yesterday, No Tomorrow,
Only the Forever, and Forever
and Forever without End
(The Window)

                                                                                           
Pobre Cuarto--No Hay Tiempo, Ni Final, Ni Hoy, Ni Ayer, Ni Mañana, Sólo el Para Siempre y el Para Siempre Sin Final (La Ventana)
1942-43, 1948-55, 1957-63
óleo sobre lienzo; 48 x 37 pulgadas
Instituto de Arte de Chicago


De ninguna manera pretendo denunciar a Ivan Albright de un fetichismo, o una patología, por los muertos o por los cadáveres. Esto se conoce como necrofilia, que no es deseo por lo descompuesto propiamente. Cuando ciertas proclividades o fetichismos se manifiestan en obras de arte, obviamente luego del proceso de sublimación, cobran otro valor y no deben tomarse “literalmente”, pese a que la duda nos mate.

La manera en que las artes se manifiestan admiten ciertas especulaciones. Con esto quiero decir que el pintor, para el caso particular de Albright, interioriza instrumentos ópticos de gusto personal, procedimientos de composición que reflejan (como espéculos, como analogías) nociones propias sobre el tema o el objeto de arte. Por ejemplo, el estilo conocido popularmente como preciosismo borra u omite toda referencia a la realidad que pueda ofender la belleza prefabricada del creador (y el destinatario). Sabido es que el impresionismo es una visión subjetiva del objeto de arte, mediante el cual la forma y el color son sometidos a “tonos” y “pincelazos” que enrarecen la realidad, haciéndola hasta cierto punto más visible y agradable, aunque a expensas de lo concebible, del contenido o del examen psicológico o social. El ojo clínico de Ivan Albright parece ser de un forense. No está solo en el universo de creadores de arte embebidos en temas como la muerte, la decadencia, la maldad, el crimen o la decepción:
“Aquello que debí haber hecho y no hice (La Puerta)”, como es titulada la pintura, me remitió a tantos umbrales. Aquí les dejo este para que pasen adelante.


That Which I Should Have Done I Did Not Do (The Door)
Aquello Que Debí Haber Hecho Y No Hice (La Puerta)


1931-41
óleo sobre lienzo; 97 x 36 pulgadas
The Art Institute of Chicago



miércoles, 29 de agosto de 2012

Rigoletto: humanidad deforme y bella

 
Durante la temporada 2005-2006 del Lyric Opera de Chicago tuve la oportunidad de ser el enviado especial de la Revista Contratiempo, para escribir reseñas o notas culturales sobre las óperas presentadas. Esta formidable aventura musical exigía otra manera de apreciar las artes que comprenden la ópera. Aunque no era un experto, tampoco me sentí un extraño ante el teatro más suntuoso de los teatros. Mi fascinación por la ópera comenzó en 1985, cuando presencié una de las obras más complejas y más posmodernas del repertorio operístico. (Desde 1983 frecuentaba el teatro de la Orquesta Sinfónica de Chicago y el de la Orquesta Cívica Chicago, pero la Lyric Opera, nunca antes.) Se trataba de Lulu de Alban Berg, el pupilo de Schoenberg y seguidor del dodecafonismo.
 
        Lulu de Alban Berg
Esa inolvidable noche, mi visión auditiva se expandió y se internó en un mundo poco conocido pero que es más accesible de lo que se supone. Esa noche también comprendí que hay compositores que dan más importancia a lo dramático, como es el caso de Alban Berg, compositor de la famosísima Wozzeck (basada en Woyzec, la obra teatral de Georg Buchner). Con Lulu de pronto me hallé inmerso en un ambiente bastante parecido al expresionismo alemán, donde la música y las voces eran sólo medios de difusión de una obra de teatro de vanguardia, una denuncia social inusitada, musicalizada. Nunca me imaginé que en el arte conocido como el más burgués y exclusivista, me habría de encontrar con argumentos que acudían al pópulo. Además que me inicié con uno de los compositores más difíciles de comprender. En fin, el resultado fue toda una dedicación de mis precarios recursos tanto musicales como económicos para poder seguir disfrutando de una de las artes más polifacéticas. La ópera es música, canto, literatura (libreto), teatro, danza, escenificación y espectáculo.

            De modo que estaba preparado para la temporada 2005-2006 del Lyric Opera de Chicago. De las reseñas que escribí para Contratiempo, la de Rigoletto no se publicó, creo porque era muy extensa. La reproduzco aquí sin retocarla, para mantener el carácter de nota cultural.

                                                                                  LLG

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Rigoletto: humanidad deforme y bella
                           León Leiva Gallardo
 
Io trovo [...] bellisimo rappresentare questo personaggio
esternamente deforme e ridicolo, ed internamente
appassionato e pieno d’amore. (1)
                                                        Giuseppe Verdi
 
Acaso no es certero decir que la vida, la llama imposible del alumbramiento, nace, crece y fenece en ciclos de ilusión y desilusión; y que de la misma manera la historia de la humanidad se escinde en siglos de entusiasmo y siglos de decepción: que el todo, como elemento incandescente, se extingue a prueba constante sobre la balanza del cosmos y el caos, mientras que la nada impone su eternidad sin percatarse de la risa y el llanto, la fealdad y la belleza,  y el bien y el mal del supremo ser que nos habita. Porque al fin y al cabo somos “cuerpo habitado”, habitado de luces y sombras, de hechos y desechos. Somos una figura deforme y bella, y nos sentimos lo uno o lo otro según nos dicte el péndulo que nos marca el amor o el dolor. Lo que queda es materia utilitaria o el abstracto “inútil”. Lo más cercano a ese ser que nos habita es el inútil e inasible remedo que llamamos arte. Por algo ha de cantar el cisne cuando muere y por ende sufre autismo cuando se le tuerce el cuello.
            Victor Hugo lo supo y lo expresó como nadie en su tiempo, la era de la decepción, el romanticismo. La Francia había quedado devastada moralmente por el fracaso de la revolución y Europa moría en el corazón de su inteligencia: la ilustración. Al siglo agónico de las luces lo espantaron las sombras (y otros fantasmas sociales), los poetas románticos de la desesperanza pronto se fueron avejentando y no tuvieron otra alternativa más que cederle la batuta a los derroteros del verismo. No es una exageración aseverar que los artistas europeos, entre la última década del siglo XVIII y las primeras del siglo XIX, presenciaron la guillotina de la ilustración, la decepción del romanticismo y el golpe de gracia del realismo todo en un solo soplo de vida. Basta con hacer una observación a simple vista de estos descaros históricos para llegar a la conclusión que el ser humano es un Rigoletto, pero al revés. Rigoletto es deforme por fuera y bello por dentro. El ser humano es bello por fuera y deforme por dentro. El ser humano es, como lo he dicho anteriormente: el monstruo de la ecuanimidad, el ángel del exterminio.
Giuseppe Verdi recordó o quizá aprendió de los franceses y su teoría del arte, que lo vero era más importante que lo bello. En 1850 adapta, con la colaboración del libretista Francesco Maria Piave, la obra teatral Le roi s’amuse de Victor Hugo. Pero no fue del todo fácil. Pronto se encuentra con las trampas de la realidad social de su tiempo: la censura. La obra que nosotros hoy en día conocemos como Rigoletto inicialmente llevaba de título La maledizione (La maldición) y, como en la obra original, los protagonistas eran un rey y su bufón. Los censores lo vieron como una afrenta descarada contra la autoridad, se aterraron de las costumbres licenciosas del rey mujeriego y se opusieron incluso al título, quizá para ellos un sacrilegio. Verdi no del todo dio su brazo a torcer, sino que le hizo cambios menores y hasta elaboró el libreto a manera de que el asunto central fuera el mismo y que los aspectos realistas, que los censores consideraban triviales, tomaran aún más relieve. El resultado fue una obra maestra del drama cantado y un comentario mordaz sobre la condición humana. El rey se convirtió en el Duque de Mantua, el contexto histórico se remontó al siglo XVI y el título sobrellevó el nombre del insignificante bufón. El deforme y vengativo Rigoletto es el antifaz del rey violador; pareciera, si con giros, una metáfora de la excrecencia de la clase alta y la descomposición de la clase baja en nuestros tiempos, la clase media luciendo por su ausencia.
Giuseppe Verdi no solo hizo historia con su música, al cotejar magistralmente sonido y palabra, pero también logra crear personajes de una complejidad psicológica sin precedentes en el medio operístico, presentar los sucesos que acaecen trágicamente en unidad de acción precipitosa, casi simultánea, además que también introduce el verismo. Rigoletto es la suma más clara de todos estos elementos, aunque estén también presentes en otras obras de su creación. Debo hacer esta mención: aunque la popularidad de Rigoletto quizá se deba más al asunto, de intriga de palacete y de bajezas insólitas de personajes bizarros, que a los temas y subtemas tenebrosamente humanaos, la convergencia de estos elementos de fácil comprensión con aquellos que exigen más conocimiento y dilucidación se insinúa de tal manera que tanto el pópulo y el fanático como el crítico y el estudioso se entregan a los efectos y afectos de la tragedia y la música. Se dice que el mismo Víctor Hugo, quien al principio reaccionó negativamente a la adaptación, cuando la presenció en París reconoció que Verdi lo había superado en algunas escenas. Rigoletto, aunque no un héroe noble de antaño, sí es el antihéroe de la modernidad, que nunca se había visto en los escenarios operísticos. Su comedia se eleva a la altura de tragedia.
 
Rigoletto
Rigoletto se vuelve víctima de su bufonería, mas él cree que es víctima de una maldición. Resumidamente, Rigoletto hace mofa de los acusantes, para encubrir las picardías de su amo, el Duque de Mantua; pero nunca se imagina que la próxima víctima es Gilda, su propia hija, a quien ha criado en secreto de los cortesanos. Cuando se da cuenta que el honor de Gilda ha sido burlado, jura vengarse; pero a él lo traicionan las circunstancias, su estado deplorable, la burla de los cortesanos, las burlas de su amo, la maldad, la amargura, su amor enfermizo y oprimente, la inocencia de su hija (casi enclaustrada), la vida y… hasta la muerte. Rigoletto presencia su peor desgracia. Cae el telón: no sin antes escucharse el grito angustioso del miserable bufón sin rey: “!ah, la maledizione!”.
Para dar un ejemplo de la complejidad psicológica de este personaje, cito el verso del aria “Pari siamo” (2), en el segundo acto, al acabar de hacer el trato con —la muerte— el asesino:
 
Pari siamo! Io la lingua, egli ha il pugnale;
l’uomo son io che ride, ei quel che spegne!   
 
(¡Somos iguales! ¡Yo con la lengua, él con el puñal;
el hombre soy que ríe, él aquel que desempeña!)
 
            Sin duda, al presenciar la obra, las referencias literarias se hacen obvias al verlas en escena con vestuario y en contexto musical. Personajes como Don Juan del Burlador de Sevilla (el Duque de Mantua), Mefistófeles del Fausto (Sparafucile), Quasimodo de El jorobado de Notre Dame, cobran nueva vida. Con la diferencia que los personajes mencionados (con la excepción de Quasimodo) son inmutables como eternos, mientras que los personajes de Verdi gozan o sufren de mutabilidad y duplicidad. La dialéctica está presente tanto en el Duque como en Rigoletto como individuos contrariados por fuerzas internas y entre sí como una antítesis. El Duque de Mantua es noble, joven, bello, entusiasmado… y bellaco; mientras que Rigoletto es miserable, viejo, deforme, amargado y avieso. Pero el Duque verdaderamente cree, y nos hace creer que ama cada vez que ama a otra: nos es simpático. Rigoletto, de caracterización más compleja, se retuerce interiormente entre la amargura-odio hacia la vida y la dulzura-amor por su hija, entre la abnegación y la opresión; por una parte se burla de los demás y por otra duele de su estado subhumano. En el aria “Pari siamo” del segundo acto, hace la queja:
  
O uomini! —O natura!—                               
vil escellerato mi facese voi!                           
O rabbia! !Esser diforme! !Esser buffone!     
Non dover, non poter altre que ridere!          
!l retaggio d’ogni uom m’é tolto, il pianto!    
(¡Ah, humanos! —¡Ah, Natura!—
¡Miserable y vil me volvisteis vos!
¡Ah, rabia! !Ser deforme y ser bufón!
¡No deber y no poder más que… reír!
¡El legado de todo hombre me falta: el llanto!)
 
Pero al final muestra la naturaleza misma a la que lo ha reducido nada menos que el amor por su hija. Le pudo la monstruosidad, pero también le pudo la atrofia moral de la clase noble. El único personaje que demuestra nobleza de espíritu en esta obra es justamente la que perece en manos de la muerte. De algún lugar nebuloso me viene la pesadumbre de imaginar al miserable Rigoletto —vestido de nuevo—, volver a su inexorable destino de bufón, en la corte del mismo Duque quien le robó su única llama de amor. Porque a veces pienso que los miserables ni siquiera son dueños de sus posturas morales.
 

Rigoletto en la Lyric Opera de Chicago

Rigoletto se presentó por primera vez el 11 de marzo de 1851 en el Teatro La Fenice di Venezia y, según el historiador George Martin, “La donna é mobile” paró la función; cuestión muy bien intencionada por parte de Verdi, quien supo aprovechar muy bien la melodía clara y sencilla para abrir trecho en el arte de la composición de arias que anteriormente estaba limitada por el recato clasicista (Gluck, Mozart) o explayada por la superflua ornamentación del bel canto (Bellini, Rossini, Donizetti). La obra fue un gran éxito entonces y sigue siendo una de las obras más representadas en todos los teatros del mundo. Pero, no obstante sus avances musicales y dramáticos, Verdi compuso una obra que todavía correspondía con las convenciones de su tiempo.
            La Lyric Opera de Chicago, con la colaboración de uno de los grandes restauradores de la música, Jesús López Cobo y los diseñadores y directores de escena, lograron llevar al lugar de origen a los personajes que han visto centenares de escenarios y vestuarios. Musicalmente porque creo que Jesús López Cobos, el conductor español, logra infundir recato a una obra que muchas veces se va de las manos, los aires y las voces, justamente para excitar a los fanáticos. Ambientalmente porque sube el telón y estamos en Mantua del siglo XVI, en la corte del Duque: desde los colores renacentistas hasta el más mínimo detalle del vestuario.
            Carlos Álvarez, el barítono español, quien hace el papel de Rigoletto, culmina con una caracterización impecable. Maneja magistralmente la voz tanto en los momentos líricos del segundo acto como en los dramáticos, exigencia muy verdiana. Las exigencias dramáticas de este personaje impide cualquier intención de ser divo; además que, conociendo bien a López Cobos, su Rigoletto no iba a pecar.
            En cambio a los tenores siempre se les permite ser compositores en escenario, especialmente en las notas altas de sus arias. Aunque ya lo sabía, por curiosidad me puse a revisar la partitura original (facsímil, en documento electrónico) de Rigoletto, y me convencí de lo que se quejan tantos musicólogos. Muchas de las acrobacias, o “acrovoces”, que esputan la mayoría de los tenores, nunca fueron compuestas por Verdi, sino que son improvisaciones que se les permiten para que la audiencia se vaya embriagada de Si bemoles y de los vociferados Dos de pecho. Atención: Frank Lopardo (tenor, Duque de Mantua)  tiene muy buena voz, lírica, recatada, y no padece de ninguna pretensión durante la función; pero al principio, y creo que en parte porque la orquesta era casi inaudible, al menos para mí, a Lopardo se le escucharon demasiado las inhalaciones, casi sorbos, de aire cuando cantaba “Questa o quella”. Esto para cualquier audiencia, incluso para alguien que desconoce de técnicas de vocalización, esto es un mero: no, no. De pronto tuvo un lapsus durante “La donna e mobile”, pero el resto fue bastante deleitable, porque su voz es cálida y de buen volumen.
            La soprano Dina Kuznetsova, en el papel de Gilda, la hija de Rigoletto, sufrió de demasiada delicadeza y hubo partes, siempre en las notas altas, en que perdió la voz. La coloratura que suele hacerse en sus duetos resultaron grises, sin mucho aliento. Atención, los expertos muchas veces atribuyen estos “percances” a que las orquestas de varios teatros del mundo afinan diferente, de modo que un tenor o soprano que canta en París puede verse en apuros en Chicago.
            Entre los demás aciertos de esta magnífica producción del Lyric, no hay que ceder a los impromptus de una noche, están el terrible y grandioso bajo, Andrea Silvestrelli (el asesino, Sparafucile), quien impresiona con su voz brillante y expresiva; y el coro que manejó magistralmente la onomatopeya del viento que genialmente supo remedar Verdi con las voces.
      Esta nueva y a la vez curada producción es un deleite a todos los sentidos, un manjar a la vista con la colaboración de Robert Innes Hopkins del London’s Royal Shakespeare Company.
 
Notas

1. Cita de Emilio Sala en “Rigoletto: L’opera in breve” (del programa de la sala del Teatro alla Scala, Milán; Stagione d’opera e balletto 2005 ~ 2006). Fuente: Internet: http://www.operaclick.com/comunicati/20060124sc01.php

2. Famous Italian Operas: A Dual Language Book, de Hellen H. Bleiler. Dover Publications, Inc. Mineola, New York. 1996. Las traducciones del italiano original al español son de Douglas L. Leiva.
 
 
 

domingo, 26 de agosto de 2012

Algunos apuntes sobre la muerte



La muerte: el ininterrumpido sueño

 

(). Platón estaría de acuerdo, tan sólo con respecto al vacío —la nada— de lo que sigue a la muerte; como él mismo lo explicaba: “…hay buenas razones para tener la esperanza de que la muerte sea algo bueno; por una de dos cosas: o la muerte es aquel estado de la nada y de suma inconciencia o, como dirían los hombres, algo cambia y resulta la migración del alma de este mundo a otro. Ahora, si suponemos que el estado consciente no existe, sino que es un estado parecido al sueño de alguien que duerme sin ser siquiera interrumpido por los sueños; entonces indiscutiblemente la muerte sería de mucho provecho.”

 

(). Lo último que aprenden los sacerdotes y los médicos antes de comenzar a practicar su ministerio es a guardar silencio, a ocultar en su incólume materia gris los secretos por los cuales se les atribuye tanto respeto y prestigio. Han convivido y sobrevivido durante siglos de sospecha, inquisición, persecución, encarcelación, tortura y muerte; y en comparación con los científicos y los poetas, han salido prácticamente ilesos. Ambos conocen los límites de la existencia (el ascender y el descender), el alumbramiento y la oscuridad, y han sabido guardar silencio ante las necedades e ilusiones de los particulares que velan por sus recién nacidos y sus muertos. Saben muy bien que antes de la primera nalgada y después del último pulso, no hay absolutamente nada. Lo único que queda de las almas de los desparecidos son las aureolas que alucinan ver los creyentes en las coronillas de los vicarios que por milenios han pactado con el Poder. Entiéndase, no es que haya distintivamente vicarios de Dios y vicarios del Poder, sino que en todos los quehaceres humanos resulta de mucho provecho la división del trabajo.
 
                                                             León Leiva Gallardo

La mujer en la historia de Honduras: Ma. Josefa Lastiri, a la sombra de Morazán

 
María Josefa Lastiri Lozano
                         Anarella Vélez
 
Apenas ha habido una sola guerra que no haya contado con participación femenina
                                                                                                                       STIEG LARSSON
 
Al estudiar la vida de Josefa Lastiri nos encontramos con   el típico  ocultamiento político e historiográfico del papel de la mujer. Sin embargo,  la problemática  femenina  exige que se  la visibilice y hoy en día encontramos un cambio en el discurso historiográfico.
 
 
Sin duda Josefa forma parte de un grupo de mujeres que fueron indispensables para el éxito de las gestas emancipadoras pero fueron invisibilizadas, minimizadas,  olvidadas, a pesar de que sacudieron los cimientos del sistema colonial.
 
                                             Ma. Josefa Lastiri

 
Ellas participaron en todo el proceso de independencia, de integración regional, en las guerras, agregadas a los ejércitos, en la retaguardia, en la logística (las soldaderas) y hasta como combatientes, sin embargo han sido olvidadas.
 
 
Debo remarcar que las historiadoras feministas creemos  que al considerar  la dinámica histórica  se debe reconocer la importancia de todos los actores sociales en el acontecer histórico. Entendemos que es urgente revalorizar historiográficamente el papel femenino en el escenario de la vida cotidiana y  tener presente la cotidianeidad está en el centro del acontecer histórico. Es necesario señalar que el conocimiento del proceso de emancipación y de integración latinoamericana no debe partir exclusivamente del análisis de los casos excepcionales, de las heroínas.
 
 
Josefa Lastiri, esta desconocida mujer hondureña, nació en la Villa San Miguel de Tegucigalpa de Heredia, hoy capital de la República de Honduras, el 20 de octubre de 1792. Fue hija de Juan Miguel Lastiri, comerciante español y Margarita Lozano y Borjas, natural de la entonces Intendencia de Comayagua.
 
 
Fue bautizada con el nombre de María Josefa Ursula Francisca de la Santísima Trinidad, en la iglesia parroquial de San Miguel de Tegucigalpa, el 22 del mismo mes, por el Cura Vicario Juez Eclesiástico de ese beneficio, Juan Francisco Márquez[1].
 
Su nombre nos recuerda a las magnas mujeres españolas de ese tiempo: Doña Josefa Amar y Borbón, pedagoga y escritora de la ilustración española, a Doña Josefa Zúniga y Castro, fundadora de la Academia del Buen Gusto durante el reinado de Fernando VI. También a Santa Ursula, hija mártir de un rey de Bretaña insular, enviada al continente para casar con un príncipe pagano.
 
Para entonces, la villa de Tegucigalpa  era el lugar más poblado y floreciente de la provincia de Comayagua. La ciudad de origen minero se convirtió en una populosa urbe con ayuntamiento, parroquia, dos conventos, dos ermitas y era la cabecera del partido de su nombre. Competía abiertamente con la ciudad de Nueva Valladolid de Comayagua,  capital de la provincia y residencia del Intendente y sede episcopal.
 
A Josefa le tocó crecer   en esos años en los que en la región centroamericana arraigaba la noción de la emancipación, cuyos antecedentes inmediatos los encontramos en el levantamiento de 1811  en la ciudad de San Salvador. El 13 de diciembre de 1811 el pueblo de León, Nicaragua,  encabezado por el fraile guatemalteco  Benito Miguelena se levantó contra las autoridades españolas.  El 22 de diciembre, en Granada se reunieron en Cabildo Abierto, y se levantaron contra el orden colonial.
 
El primero de enero de 1812, cuando Josefa  contaba con  20 años de edad,  los pobladores de Tegucigalpa se opusieron a la decisión de los residentes españoles  y autoridades de Tegucigalpa dispusieron que las alcaldías sólo fueran desempeñadas por peninsulares. Los sublevados consiguieron que en el Ayuntamiento  quedara conformado exclusivamente  por criollos.
 
Otro hecho histórico que signaría la vida de los pobladores de la Tegucigalpa  fue la jura de la nueva Constitución el 24 de septiembre de 1812. En ella  se establecía la equidad entre criollos y peninsulares. También el nuevo texto constitucional proclamaba la representación nacional en forma colectiva.  Creaba los municipios, electos en comicios populares; implantaba la Diputación Provincial para inspección de la Administración económica; disponía la apertura de escuelas en todas las poblaciones y en ellas debía darse a conocer la nueva  Constitución.
 
El nuevo texto constitucional consagraba la libertad de pensamiento. Para entonces José Bonaparte reinaba en España, nombrado por Napoleón Bonaparte. Durante todo el año de 1813 en la Villa se vivieron acontecimientos que conmovieron los valores establecidos por el imperio colonial, particularmente la ruptura entre el ayuntamiento con las autoridades civiles y eclesiásticas.
 
Los separatistas de Tegucigalpa decidieron seguir  el modelo de la sublevación  salvadoreña, es decir,  derrocar a las autoridades constituidas, apoderarse de las armas y dinero guardado en la Plaza de Armas y en la Caja Real. Alcanzados estos objetivos pasar a liberar a los prisioneros, proclamar la independencia y devolver a España a los altos administradores peninsulares. Un nuevo levantamiento ocurrió en San Salvador, el 24 de enero de 1814, el cual estuvo encabezado por el Sacerdote Dr. Matías Delgado.  Esta experiencia caló las conciencias de las/os jóvenes y preparó la independencia de 1821.
 
La información sobre estos hechos circulaba gracias a La Gaceta de Guatemala, periódico que divulgaba los problemas nacionales y entre líneas se leía que el bálsamo para curar males generados por el sistema colonial era la emancipación de la región.
 
La vida cotidiana durante el período  colonial era de tal naturaleza que un espíritu sensible como el de Josefa  no podría dejar de cuestionarlo.
 
Su nacimiento  en el seno de una familia de considerables recursos económicos, los Lastiri-Lozano, explica la esmerada educación recibida por Josefita y sus hermanas: Petrona, Lucía y Dolores. De ellas se dice que heredaron la belleza criolla de Doña Margarita. Ellas también contrajeron matrimonio con figuras célebres de la historia centroamericana. Petrona se casó con el coronel Don Remigio Díaz, héroe de la batalla de la Trinidad; Lucía con Don José Santos del Valle, quien ejerció interinamente la Jefatura del Estado de Honduras; y Dolores con Don Diego Vigil y Cocaña, último Vicepresidente de la República Federal.
 
Cuando señalamos la especificidad de la enseñanza femenina es importante establecer la diferencia entre  lo que entendemos hoy día como lo que debe ser una enseñanza “completa“  o integradora y compararla con aquella concepción propia de finales del siglo XVIII e inicios del  XIX : los distintos planes de instrucción, la sociedad en general y la mayor parte del profesorado, femenino o no, admitían sin mayores problemas que la instrucción dirigida a la mujer debería incidir sobre todo en aquellos aspectos considerados “propios” de ellas, reduciendo éstos a la Religión –compuesta de varias asignaturas- y a las actividades relacionados con el hogar, como costura, labores o semejantes. Se trataba, por tanto, de una enseñanza limitada, distinta a la masculina y con enormes carencias.
 
La formación recibida en el seno del hogar modeló su carácter y la convirtió en una distinguida joven,  en una mujer de carácter que frecuentaba los salones de la ciudad de Tegucigalpa. En 1818, Josefita  contrajo  matrimonio con un acaudalado joven de su misma edad, Don Esteban Travieso y Rivera, nacido el 2 de septiembre de 1792. Tras la boda, los Travieso Lastiri establecieron su residencia en la ciudad de Comayagua.
 
De ese matrimonio nacieron cuatro hijos: Ramona, Tomasa, Paulina y Esteban Travieso y Lastiri. Don Esteban falleció en Tegucigalpa el 27 de febrero de 1825, Josefa contaba con 27 años de edad. Heredó a su familia un considerable patrimonio,  en el que figuraba la hacienda de Jupuara o Rancho Chiquito.
 
Convertida en una acaudalada hacendada de la jurisdicción de Lamaní, al sureste de Comayagua, la joven viuda, hermosa y rica, no tardó en cautivar a muchos comayagüenses. Un anónimo admirador le dedicó el siguiente acróstico:
“A otros días más claros que el presente,
Jamás precedió Febo luminoso
Ostentando mejor su brillo hermoso
Sobre la rubia niebla del Oriente
En el cenit suspenso y reverente,
Fija su carro y queda silencioso,
Admirando en tu rostro candoroso,
Las gracias y virtud más inocente.
Así, yo quedo absorto al contemplarte,
Sin que pueda mi labio confundido
Tanto afecto explicar al saludarte,
I, únicamente (al alma cielo pido),
Repita en ti la dicha con que al crearte,
Infinito brindaba complacido.”[2]
 
Transcurridos varios años después de la muerte de Don Esteban Travieso,  Doña María Josefa empezó a relacionarse con Don José Francisco Morazán Quesada, primogénito de Eusebio Morazán y Alemán  y de Guadalupe Quesada y Borjas, nacido el 3 de octubre de 1792,  cuyas características físicas e intelectuales están bien descritas por Mejía Nieto:
 
“…era de natural bondadoso, su inteligencia… despejada a; su catadura física en general, de fino porte. Estaba, pues dotado de buenos rasgos por la naturaleza. Ayudaba a sus padres en el cuidado de sus hermanitos menores. El jefe de  la familia se  en dedicaba en general a proporcionar la subsistencia y en particular ideas morales a sus hijos. Esta cualidad industrial fue inherente y orgánica en la familia de los Morazán. Se retiraban a dormir temprano como cuadra a géneros de vida impuestos por los españoles de poca licencia y mucho rigor de costumbres. En esta hosca monotonía colonial, como flor sin sol, despunta la vivacidad de Francisco. Su energía echa raíces hacia adentro y lo que pudo ser ímpetu exteriorizado se convierte en sosiego de madurez interior. Así se explica que en este país (mondo de saberes como hueso sin pelleja) apareciera Francisco, con doctrina y decisión. Poco había aprendido de sus compañeros de juego, menos del mundillo de Morocelí, algo de D León, bastante de los libros y documentos de éste, más de las pocas obras extranjeras caídas en sus manos y mucho de su propio juicio y reflexión. Al propio tiempo había escapado  de la influencia de un mundo ignorante, supersticioso y fanático: producto de una iglesia adinerada y feudal.[3]”
 
El ambiente descrito por Mejía Nieto  fue el mismo en el que creció Josefita, una sociedad en la que imperaba la ignorancia, la superstición y el fanatismo religioso. Las mismas causas por las que en América Central anidó la idea emancipadora.
 
Hasta Tegucigalpa llegaron las noticias de los movimientos sociales liderados por Francisco de Miranda en Venezuela, Mariano Moreno en Argentina, el cura Hidalgo en México, contextualizados  en la ocupación del territorio español por el ejército  napoleónico, el abandono de la Corona por Carlos IV, la detención del príncipe heredero Fernando VII.
 
En ese escenario histórico,  hacia 1819,  Morazán  fue escribano de Mallol, Alcalde de Tegucigalpa, en donde leía todo los que caía en sus manos. Más tarde se empeñó en hacer  carrera militar, en la que conoce y   se identifica con las ideas Bonapartistas.
 
Años más tarde, en  1824,  Morazán Quesada se convierte en  el Secretario General del Despacho y brazo derecho del Jefe de Estado Don Dionisio de Herrera. José Francisco era calificado como  un joven guapo, atractivo, varonil, recibía los halagos de las mejores familias de Comayagua, quienes lo consideraban  el mejor prospecto matrimonial para sus hijas. Pero la amistad con Josefa se había vuelto apasionada. Mejía Nieto la describe así:
 
“… Morazán había adquirido casi tanta popularidad en la buena sociedad de Comayagua como en la de Tegucigalpa; esto le favorecía, pues en Comayagua cimentaba más arraigadamente la tradición de las severas costumbres sociales de la colonia española. En Tegucigalpa la explotación de las minas había hecho posible el surgimiento de nuevos ricos, sin apellido ni nombre. Por otro lado creyeron los aristócratas de Comayagua sin excluir al clero que atrayéndose a Morazán, lograrían influir y salvaguardar sus intereses y privilegios de la amenaza liberal del Gobierno. Cuando se supo que de la ilusión platónica entre Morazán y la viuda de Travieso se adelantaba en visitas y hasta ausencias de Morazán al deporte favorito que era aventurarse errando  caballo por las tardes, la sociedad armó cuchicheos. Es verdad que se censuró la imprudencia de la viudita y los avances del funcionario, que además del poder político y social tendría el solio que le fraguaba el dinero de su bella esposa. No era un amor platónico, sino que era una corriente de erótica atracción como luego se descubrió y hasta con suma sorpresa y no cierta envidia, porque jovencitas de Comayagua que no eran viudas ni tenían niños, pensaron en atraer a Morazán a sus redes. Esto sin embargo no ocurrió. El casamiento de Josefita Lastiri (como se la llamaba) con Morazán se juzgó como un hecho cierto e inevitable. El propio presidente D. Dionisio de Herrera fue el padrino de bodas.”[4]
 
El modo en que se desarrolló el vínculo amoroso entre Francisco y Josefita  dejan constancia  de sus ideas liberales, éstas  les permitieron asumir su situación con bastante libertad y naturalidad.  Sin embargo,  tras la presión social propia de una sociedad conservadora como la Comayagua,  celebraron su matrimonio en esa  ciudad el 30 de diciembre de 1825, cuando ambos tenían treinta tres años. Fueron testigos de su boda el Coronel Don Remigio Díaz, esposo de Doña Petrona Lastiri, y Don Coronado Chávez, años después Presidente de Honduras.
 
Las circunstancias históricas por las que atravesaba  la región centroamericana imposibilitaron que el  hogar de los Morazán Lastiri tuviese una vida sosegada. Las discrepancias ideológicas, reflejo de los diferentes intereses económicos se resolvieron con la guerra.  El Gobierno de Don Dionisio de Herrera, en el que Morazán se desempeñaba como Secretario General y Presidente del Consejo Representativo, se enfrentó con las autoridades federales, quienes enviaron sus tropas a Honduras y en abril de 1827 sitiaron la ciudad de Comayagua, la que fue decididamente defendida por sus pobladores.
 
El 10 de mayo  de 1827, a las once de la mañana, entraron triunfantes Comayagua las tropas federales, comandadas por el Coronel José Justo Milla. Dionisio de Herrera, el Jefe de Estado legítimo de Honduras, fue capturado por los invasores y enviado para Guatemala.  Lo sustituyó Cleto Bendaña, impuesto por el mismo Milla.
 
Josefa,  recién casada con Morazán, sufrió la captura de la ciudad. Francisco participó activamente en la defensa de Comayagua, arriesgándose consiguió víveres y atacó a las tropas federales.  Estratégicamente, se retiró a Tegucigalpa donde logró reunir trescientos hombres. Al regresar a Comayagua se enfrentó nuevamente a las tropas de Milla en la hacienda La Maradiaga,  y aunque salió victorioso, sus hombres quedaron sin municiones.  Se vieron obligados  a  retirarse hacia Tegucigalpa.
 
En Comayagua se quedó Doña Josefita y sus hijos Travieso, la ciudad fue tomada por las fuerzas federales y fue víctima de un terrible saqueo.  Entretanto Morazán  se incorporó a la columna,  al mando de Cleto Ordóñez,  que el gobierno salvadoreño envió tardíamente en auxilio de Herrera. Cuando pasaron por la hacienda El Hato Grande  las gentes de Ordóñez asesinaron a su propietario, Miguel Madueño, sólo para apropiarse de sus bienes. Ante este hecho Morazán, indignado, se separó de la columna y solicitó garantías a José Justo Milla, quien mandó pasaportes para Morazán, Díaz, Márquez y Gutiérrez. Morazán creyó en la palabra del invasor, no así sus compañeros, quienes partieron para Nicaragua. Morazán se trasladó a Ojojona y ahí fue apresado y trasladado a Tegucigalpa, con irrespeto absoluto de la garantía concedida, caía víctima de la traición.
 
Sin embargo, logró huir hacia El Salvador, de ahí hacia la ciudad de León en donde se reunió Remigio Díaz, José Antonio Márquez y José María Gutiérrez, consiguió ayuda del Gobierno de Nicaragua, formó una pequeña pero aguerrida columna con la que se dirigió hacia Choluteca en donde se unieron otros hondureños que se habían levantado en contra de Milla, anhelantes de batir a los invasores y  de instaurar en el país un gobierno legítimo.
 
El 11 de noviembre de 1827 derrotó al ejército federal en la famosa batalla de La Trinidad. Al día siguiente entró a Tegucigalpa y el 26 de ese mismo mes llegó victorioso a Comayagua. Josefita pudo presenciar el júbilo popular con que fue recibido  Francisco. Por falta del Jefe de Estado, el Consejo Representativo lo llamó a ejercer la primera magistratura, Diego Vigil fue nombrado Vice-Jefe .
 
Josefita y Francisco se reunieron tras largos y angustiosos tiempos. No pudieron disfrutar por un largo período de su nueva posición en la sociedad hondureña. Nuevas fuerzas federales volvieron a marchar sobre el Estado, y Francisco hubo de blandir de nuevo el sable. El 30 de junio 1828 se apartó de la Jefatura para dirigir del ejército estatal, a cuyo mando derrotó a los federales el 6 de julio en la batalla de Gualcho. Luego marchó hacia El Salvador, con el objetivo de auxiliar al Gobierno estatal, también enfrentado con las autoridades de la República.
 
Doña María Josefa  recibía información de los triunfos de su esposo. Vencedor en el Combate de San Antonio, fue eufóricamente recibido en San Salvador  el 23 de octubre. Prontamente partió hacia Guatemala en donde puso sitio a la ciudad para derrocar al Gobierno de la República. El 13 de abril de 1829 entró en la ciudad y  depuso a las autoridades federales,  asumió el mando supremo de la nación centroamericana. Días antes había sido elegido Jefe del Estado de Honduras por sus conciudadanos.
 
Para esas fechas Josefita había alcanzado la edad de 37 años y se convertía en Primera Dama de Centroamérica por primera vez, estatuto que no ostentó por mucho tiempo pues en junio de 1829 Morazán entregó el poder a un gobierno provisional presidido por Don José Francisco Barrundia. Regresó a Honduras para tomar posesión de la Jefatura Suprema el 4 de diciembre de 1829.
 
En esta ocasión tampoco sería Primera Dama de Honduras por mucho tiempo pues en junio de 1830 Morazán fue elegido como Presidente de la República Federal para el período 1830-1834. En septiembre (16) del año de 1830 Francisco tomó posesión de ese cargo y Josefita se convirtió de nuevo en la Primera Dama de la gran nación centroamericana.
 
La convulsiva situación social de la región explota nuevamente en los primeros meses de 1832 y Morazán vuelve a comandar el ejército federal, esta vez contra el Gobierno de El Salvador. Retorna triunfal a Guatemala en abril de 1833 y entonces solicita un permiso al Congreso de la Federación para retornar a Comayagua con Doña Josefita. Sin embargo este merecido descanso duró pocos meses pues debió combatir de nuevo contra las autoridades salvadoreñas, ocasión en la que Morazán, Presidente de la Federación, salió herido. El jefe de Estado salvadoreño, Joaquín de San Martín y Ulloa fue derrotado.
 
El 16 de septiembre de 1834 finalizó su período de Gobierno en la Presidencia de la Federación, para entonces el candidato ganador de las elecciones, Don José Cecilio del Valle había muerto el 2 de marzo de ese año. Fue necesario efectuar nuevos comicios y el voto popular designó nuevamente a Morazán como Presidente de la Republica.
 
El 4 de junio de 1835 Francisco tomó posesión de ese cargo en la ciudad de San Salvador, designada desde el año anterior como la nueva sede de la jefatura. Hacia esa ciudad se trasladó Josefita con su familia para apoyar decididamente a Morazán en el desempeño de su nuevo cargo,  al frente del proyecto social de la Federación Centroamericana.
 
Transcurridos poco más de 10 años después de la emancipación centroamericana y de la constitución de la Federación se creía que Centroamérica había logrado consolidar el proyecto social de los demócratas de la región, sin embargo esta ilusión se desvaneció rápidamente. En el Estado de Guatemala estalló la guerra civil, provocada por el levantamiento del conservador Rafael Carrera y Turcios.
 
Para estas fechas Josefita se encontraba en estado de embarazo, a pesar de ello, Morazán tuvo que salir de San Salvador para hacer frente a los rebeldes. En 1838, mientras el Presidente de la Federación combatía a los conservadores liderados por Carrera, nació en San Salvador la única hija del matrimonio, bautizada con el nombre de Adela.
 
 
Francisco Morazán Quesada procreó   cinco  hijas e hijos fuera del matrimonio:
 
 1. Con Rita Zelayandía de Ruiz, salvadoreña, tuvo a José Antonio Ruiz, nacido en Tegucigalpa en mayo de 1826 ( probablemente procreado en agosto de 1825, meses antes de su matrimonio con Josefita)
 
 2. Con la señora Francisca Moncada, hondureña, tuvo a Francisco Morazán Moncada, nacido en octubre de 1827 (probablemente procreado en enero de 1827), casado ya con Josefita
 
 3. Con una señora Fuentes, en Guatemala tuvo otros dos hijos, Nicolás y Josefa
 
 4. Con la Señora Teresa Escalante de  Freer, salvadoreña,  tuvo a Dolores Freer, nacida el 2 de junio de 1843 (probablemente concebida días antes del asesinato de Francisco Morazán)
 
Josefa asumió con generosidad el cuidado de los dos vástagos mayores de Morazán  y crecieron junto a los hijastros Travieso.  En la biografía de Francisco Morazán Quesada escrita por Enrique Guier nos relata:
 
"…toleró a su lado dos hijos naturales del segundo marido, cuyos devaneos amorosos no desmentían sus vigorosas facciones masculinas..."[5]
 
La última de las hijas de Josefita llegó al mundo  en medio de las peores circunstancias vividas por la Federación.  Guatemala, El Salvador y el sexto, nuevo y efímero Estado de los Altos ( país creado durante la República federal en los años 30, cuya capital fue Quetzaltenango y ocupaba lo que actualmente es el oeste de Guatemala y parte de Chiapas, el cual se creó como respuesta a las diferencias políticias entre la Ciudad de Guatemala y Quetzaltenango, que era realista y no se independizó sino hasta el 2 de febrero de 1838, siendo reconocida por la Federación el 5 de junio de ese mismo año) se encontraban en plena guerra civil, mientras Nicaragua, Honduras y Costa Rica se separaban sucesivamente de la República.
 
En 1839, 1º de Febrero, Morazán finalizó su período presidencial y entregó el poder a su concuñado Don Diego Vijil  y Cocaña, quien fungió como Vicepresidente de la Federación. Vijil, por su parte,  nombró a Francisco como jefe del ejército Federal y en abril de ese año venció a las fuerzas combinadas de Honduras y Nicaragua en el combate del Espíritu Santo, donde sufrió una herida de consideración. Poco después fue elegido como Jefe de Estado de El Salvador, cargo del que tomó posesión el 11 de julio de 1839.
 
Josefita, en su calidad de  esposa del Jefe de Estado de El Salvador, sufrió el escarnio producto de los animadversiones políticas de los conservadores centroamericanos. En septiembre de 1839, en ausencia de Francisco  detonó una revuelta en San Salvador. Los rebeldes tomaron como rehenes a Josefa y a su familia para exigir al Jefe de Estado que abandonase su cargo.
 
Francisco respondió así:
 
"Los rehenes que mis enemigos tienen en su poder son para mí sagrados y hablan vehementemente a mi corazón; pero soy el Jefe de Estado y mi deber es atacar; pasaré sobre los cadáveres de mis hijos; haré escarmentar a mis enemigos y no sobreviviré un instante más a tan escandaloso atentado."
 
El Jefe de Estado atacó furiosamente a los amotinados que fueron definitivamente derrotados.  En su huida abandonaron a Josefita y sus hijos sin causarles daño. Penosamente para Josefa y los unionistas centroamericanos los combates continuaron  y Morazán dispuso que su esposa y su familia abandonasen El Salvador y se trasladasen a Costa Rica.
 
En Costa Rica,  Estado Centroamericano en el que reinaba una aparente  paz debido al terror impuesto por Braulio Carrillo. A principios de 1840 Doña María Josefa partió hacia ese país, embarcada en la goleta Melanie, una vez más se veía obligada por la historia, a separarse de su amado Francisco.
 
Una vez llegada a Caldera, la Primera Dama de El Salvador escribió al Jefe de Estado Braulio Carrillo[6]:
 
"El temor a la Revolución de los Estados de Honduras y El Salvador, me han obligado a abandonar mi país, y mucha parte de mi desgraciada familia, para buscar en cualquier punto un lugar donde vivir pacíficamente con el resto de mi familia que he podido traer conmigo; y atendiendo a la paz que goza este Estado, a las buenas circunstancias que lo caracterizan y a los consejos de muchos de mis amigos, me he resuelto a venir a pedir un asilo, segura de que su Gobierno protegerá la inocencia y permitirá internarme al punto que parezca más conveniente a mis circunstancias."
 
Carrillo le respondió a Doña María Josefa que ellas y los suyos podían asilarse en Costa Rica si aceptaban instalarse en la ciudad de Esparza, población aislada e insignificante por lo que Josefita rechazó la oferta. Carrillo mantenía el poder a costa de la persecución de la oposición, sin duda tenía sus temores políticos respecto de la presencia de Josefita en San José. Zarpó en la Melanie hacia Nueva Granada y  se estableció en Chiriquí.
 
Derrotado Morazán en El Salvador, abandonó ese país en compañía de su hijo José Antonio y de un grupo importante de partidarios. Se reúne con Josefita y su familia  en mayo de 1840 en el poblado David, en donde escribió su célebre manifiesto.
 
Francisco partió hacia Perú en agosto de 1841 acompañado de varios de sus colaboradores, mientras Josefa permanecía en David junto a su numerosa familia.  Morazán buscaba formar una nueva expedición hacia Centroamérica. A inicios de 1842 lograba regresar haciendo escala en Chiriquí para reencontrarse con los suyos. Continuó su viaje hacia El Salvador, pero su gesta no tuvo eco en esa nación y retornó a Costa Rica, desde donde había recibido numerosas y urgentes peticiones de ayuda, llegando a ese país el 7 de abril de 1842.
 
Tras el pacto del Jocote, acuerdo efectuado el 11 de abril de 1842 a la sombra de un árbol de jocote, en Alajuela, Costa Rica, acordado entre Francisco Morazán y Vicente Villaseñor, a quien el Jefe de Estado Braulio  Carrillo Colina había enviado con 700 hombres a rechazar la invasión. De conformidad con el pacto el ejército de Villaseñor  se unió – sin combatir-  con el de Morazán y éste fue proclamado como nuevo jefe de Estado de Costa Rica. Morazán entro triunfalmente a San José y el 12  de abril[7] asumió la Jefatura de Estado.
 
Al poco tiempo Josefita, que se encontraba en David, se informó sobre el nuevo estatuto de Morazán como nuevo gobernante de Costa Rica, se convertía así en la nueva Primera Dama de ese país a los 49 años de edad. Un barco fletado para retornarla a Costa Rica hizo posible que la familia Morazán Lastiri se reuniera nuevamente.
 
La popularidad de Morazán fue socavada eficazmente por los conservadores.  Josefita encaró la nueva relación amorosa entre Francisco  y la salvadoreña Teresa Escalante y Ocampo, casada con el británico William Freer Risk. De esa relación  con quien tuvo una hija, María Ester de los Dolores Freer Escalante.
 
No habían transcurrido  ni cinco meses cuando, el 11 de septiembre de 1842, se sublevaron los pueblos de San José y Alajuela, dizque para  de evitar la guerra con Nicaragua. En la capital la lucha fue sangrienta. Se calcula que Morazán hizo durante el combate 16,000 tiros  de los cuales cien fueron cañonazos, y que en la plaza que él defendía se dirigieron 200,000 tiros, de los cuales 300 fueron de cañón. Se cree que los muertos excedieron a los cien y los heridos a doscientos.
 
Josefita y su hija Adela, de cuatro años, se encontraba al lado de su esposo y padre, en el cuartel josefino. Salieron de allí para tratar de refugiarse en la casa de la familia Escalante en medio de una tormenta de proyectiles. Cayeron en poder de los sublevados y fueron conducidas a la casa de Antonio Pinto Soares, uno de los caudillos de la insurrección. Entonces estuvieron a punto de ser fusiladas.
 
Más tarde, madre e hija fueron depositadas en custodia del Presbítero Don José Julián  Blanco y Zamora, y por último el acaudalado cafetalero y comerciante Rafael Moya Murillo les ofreció hospitalidad.
 
Morazán, en una acción de extrema audacia, con Cabañas y Villaseñor rompieron la línea de los sitiadores logrando al fin salir de la población. Se dirigieron hacia Cartago, a casa de quien consideraban un amigo: Pedro Mayorga. Lejos  estaban de sospechar que aquel traidor lo entregaría a sus opositores y al día siguiente fue conducido de regreso a la capital, donde fue fusilado a las seis de la tarde entre la expectación popular y el doloroso silencio de sus seguidores[8].
 
Los sublevados  carrillistas querían asesinar a Josefita y sus hijos. A Morazán solo pudo acompañarle su primogénito Francisco Morazán Moncada.
 
Fueron heridos y detenidos Cabañas, Barrios, Rascon, Orellana, González Zepeda (Manuel),  García del Río, dos señores Pintos de San Salvador, Francisco Morazán, hijo del ex Presidente, Angulo, doctor Mendez, Vigil, Cruz Lozano, Estéban Travieso y otros muchos. [9]
 
Josefita se informó del fusilamiento de su esposo[10] una semana después de los hechos, quien al conocer la noticia sufrió dolorosas convulsiones y llanto sin tregua.
 
Su vida  con Morazán  la coloca a la par de otras grandes mujeres de su tiempo: Juana Azurduy[11], Manuela Sáenz[12], Bartolina Sisa[13], Gertrudis Bocanegra[14], Luisa Cáceres[15], Policarpa Salavarrieta[16],  Micaela Bastidas[17], Dolores Bedoya de Molina, que son claro ejemplo de la participación femenina en el proceso de la independencia de América Latina.
 
Permaneció un tiempo en Heredia, protegida por el anti carrillista Moya.   Meses más tarde se trasladó a El Salvador en la goleta Coquimbo, el 12 de diciembre desembarcaba en el puerto de La Unión para establecerse en Cojutepeque, en la pobreza. Los bienes heredados de sus padres y de los Travieso se prodigaron en las campañas de  Morazán. Murió en San Salvador en 1846, a los 52 años de edad. [18]
 
 
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*Anarella Vélez (Tegucigalpa, Honduras, 1956) Historiadora, ensayista y promotora cultural)
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Notas
[1] Castañeda, Elvia La batalla del amor, María Josefa Lastiri, Tegucigalpa, 1992
 
[2] Las Primeras Damas de Costa Rica
 
 
[3] Mejía Nieto, Aturo Morazán Presidente de la desaparecida República Centroamericana, Editorial Nova, Buenos Aires, 1ª ed., 1947
 
[4] Ibidem, pp 88
 
[5] Guier, Enrique. El General Francisco Morazán, San José, Editorial Stvdivm, 1ª.  Ed. 1982, pp 13
 
[6]  Cáliz Suazo, Miguel. La posteridad nos hará justicia. Ediciones Guardabarranco, 2002. Vol IV. En el que recopila documentación acerca de dictador Braulio Carrillo.
 
[7] http://www.tiquicia.org/pds/pd/13-XIII.htm
 
[8] Wilson, Baronesa de América de fin de siglo. Ed Soler y Llach, Barcelona 1897
 
[9] Montúfar, Lorenzo Centro América.
 
 
[11] Juana Azurduy de Padilla, Chuquisaca, 1780-Jujuy1860, heroína de la independencia del Alto Perú, actual Bolivia. En 1802 contrajo matrimonio con Manuel Ascencio Padilla, con quien tendría cinco hijos. Tras el estallido de la revolución independentista el 25 de mayo de 1809, Juana y su marido se unieron a los ejércitos populares, creados tras la destitución del virrey y al producirse el nombramiento de Juan Antonio Álvarez como gobernador del territorio. El caso de Juana no fue una excepción; muchas mujeres se incorporaban a la lucha en estos años.
 
Juana colaboró activamente con su marido para organizar el escuadrón que sería conocido como Los Leales, el cual debía unirse a las tropas enviadas desde Buenos Aires para liberar el Alto Perú. Durante el primer año de lucha, Juana se vio obligada a abandonar a sus hijos y entró en combate en numerosas ocasiones, ya que la reacción realista desde Perú no se hizo esperar. La Audiencia de Charcas quedó dividida en dos zonas, una controlada por la guerrilla y otra por los ejércitos leales al rey de España.
 
[12] Manuela Sáenz y Aizpuru o Sáenz de Thorne, también llamada Manuelita Sáenz; Quito, 1793 – Paita, Perú, 1859. Patriota ecuatoriana. Esposa del doctor J. Thorne (1817), se convirtió en la amante de Bolívar (1822), al que acompañó en todas sus campañas y al que, en una ocasión, salvó la vida (1828), lo que le valió el apelativo de Libertadora del libertador.
 
[13] Bartolina Sisa, guerrera aymara y ancestral boliviana, nació en 1753 en Sullkawi (hay otra versión que dice que nació en 1750 en Qara Qhatu, cerca de la ciudad de La Paz). Pudo ver los atropellos que se cometían con las poblaciones indígenas. Dedicó su vida a luchar contra la opresión de los colonizadores, buscando la libertad y una vida digna para sus hermanos indígenas. Se casó con Tupak Katari, un joven aymara que compartía la misma convicción ante la contingencia que vivían. Se unen a Túpac Amaru y a su esposa Micaela Bastidas , dos guerreros incansables, en busca del mismo propósito de libertad para sus pueblos y que lideraban el grupo de los quechuas. Estalla la insurgencia aymara-quechua y en 1781 Túpak Amaru es proclamado Virrey del Inca y Bartolina Sisa es elegida Virreina.
 
[14] Gertrudis Bocanegra Nació el 11 de abril de 1765 en la ciudad de Pátzcuaro Michoacán en la sociedad colonial de la Nueva España. Hija de los españoles Pedro Javier Bocanegra y Felicia Mendoza, se casó con Pedro Advíncula de la Vega, soldado del regimiento provincial. En su matrimonio procreó cuatro hijos. Organizó una red de comunicaciones mientras su hijo y su esposo se incorporaron al ejercito insurgente en las filas de Manuel Muñiz, que a su vez, se incorporó con su tropa al ejército comandado por Miguel Hidalgo a su paso para Guadalajara, tomando parte en la batalla de Puente de Calderón. Su esposo y su hijo, sucumbieron en batalla. Fue enviada a su natal Pátzcuaro para organizar las fuerzas insurgentes y facilitar la entrada a su ciudad. Fue apresada y sufrió interrogatorios para que delatara a sus compañeros. Sujeta a proceso fue sentenciada y fusilada al pie de un fresno de la plaza mayor, hoy Vasco de Quiroga, el 11 de octubre de 1817.
 
[15] Luisa Cáceres de Arismendi Heroína de la Guerra de Independencia de Venezuela (Caracas, 1779 – 1866). Su padre, Domingo Cáceres, y su hermano Félix fueron asesinados por los realistas en la población de Ocumare en 1814, por lo que tuvo que emigrar con el resto de su familia a Isla Margarita, donde contrajo matrimonio con el general Juan Bautista Arismendi. Al año siguiente, fue detenida por las autoridades españolas con el propósito de presionar a su esposo Arismendi, quien desarrollaba una feroz campaña contra las fuerzas españolas. Sin embargo, el gobernador de Isla Margarita, el español Joaquín Urreiztieta, no consiguió nada ni de ella ni de su marido por lo que Luisa permaneció en la prisión de la fortaleza de Santa Rosa -donde tuvo a una niña que murió en el parto- hasta que fue trasladada a la fortaleza de Pampatar, de allí a La Guaira y finalmente a España (1816), donde también fue víctima de presiones para que renegara de sus ideas republicanas. Sin embargo, nunca abandonó sus ideales independentistas. Una vez en libertad, regresó a Venezuela en 1818 y continuó apoyando las ideas de libertad y soberanía del pueblo americano. Vivió en Caracas hasta su muerte. En reconocimiento a su lucha por la independencia de Venezuela, sus restos fueron sepultados en el Panteón Nacional en 1876.
 
[16] Policarpa Salavarrieta, ¿Santafé, Guaduas, Mariquita?, ¿1793-1795?-Santafé, 14 de noviembre de 1817 Esta heroína colombiana, patriota, amante de la libertad usó nombres, salvoconductos y pasaportes falsos, se empleó como doméstica para espìar y facilitar emboscadas de la guerrilla, conspiró contra los realistas, ayudó a organizar destacamentos militares de apoyo a Simón Bolívar…
 
Fue arrestada junto a   Alejo Sabaraín, cuando intentaba fugarse con otros compañeros al Casanare, fue el hecho  que permitió la captura de la Pola, pues éste tenía una lista de nombres de realistas y  de partriotas que la Pola le había entregado. Hasta ese momento, Policarpa había podido  pasar desapercibida y moverse con gran libertad por la ciudad. El sargento Iglesias, principal agente español en la ciudad, fue comisionado para encontrarla y arrestarla. La  Pola fue detenida con su hermano en la casa de Andrea Ricaurte y Lozano. Inmediatamente  fue reducida a calabozo en el Colegio Mayor del Rosario. Un consejo de guerra la condenó  a muerte el 10 de noviembre de 1817, junto con Sabaraín y otros patriotas.
 
[17] Micaela Bastidas (1745-1781), esposa de Túpac Amaru II (José Gabriel Condorcanqui, 1738-1781) y su compañera en la rebelión que encabezó en Perú. Fueron ejecutados el mismo día, con la menos conocida Tomasa Condemayta, capitana de un batallón de mujeres que ganó batallas a las fuerzas españolas
 
 
[18] Otras Fuentes webliográficas consultadas:
 1.http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Josefa_Lastiri_Lozano
 2.http://en.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Josefa_Lastiri
 3.http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Moraz%C3%A1n
 4.http://es.rodovid.org/wk/Persona:111366
 5.http://www.angelfire.com/ca5/mas/mor/mor010.html
 6.http://www.historiadehonduras.hn/heroesyproceres/morazan.htm
 7.http://www.sellosmundo.com/America/Honduras/sello_54478.htm
 8.http://www.ihah.hn/FILES/PlanInterpretativoMuseo_CasadeMorazan..pdf
 9.http://www.datuopinion.com/maria-josefa-lastiri-lozano
 10.http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=morazan-francisco
 11.http://www.latribuna.hn/2009/10/06/el-excelso-hijo-de-la-villa/
 12.http://www.historiadehonduras.hn/presidentes/franciscomorazan.htm
 13.http://es.scribd.com/doc/56588268/Documentos
 14.http://www.angelfire.com/ca5/mas/mor/mor019.html
 15.http://www.hechoshistoricos.es/html/eventos1792.html
 16.http://translate.googleusercontent.com/translate_c?hl=es&prev=/search%3Fq%3D1792%26hl%3Des%26biw%3D969%26bih%3D138%26prmd%3Dimvns&rurl=translate.google.hn&sl=en&twu=1&u=http://www.brainyhistory.com/years/1792.html&usg=ALkJrhiDW-AlXP6sBC0WdlLS3hkVyEsCKA
 17.http://www.ecured.cu/index.php/Francisco_Moraz%C3%A1n
 18.http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Moraz%C3%A1n
 19.http://www.angelfire.com/ca5/mas/mor/mor014.html