jueves, 28 de abril de 2011

Malabarismos del tedio: nostalgia de lo no vivido

A veces, cuando no comprendemos las letras y menos las ideas, obedecemos a lo fácil y pensamos, procuramos pensar, que la literatura es un velero que no nos dirige a ningún lugar. Mas cuando percibimos los signos del llamado al viajero, adivinamos que el navío previamente disminuido es en realidad un buque de alto calado. Vemos su inmensa quilla desde el fondo, desde el relleno sólido que nos presta, provisionalmente, nuestra orilla. Luego proseguimos a abordarlo, llevados por el entusiasmo, a laborar como estibadores sin ficha, a zarpar vacilando entre sendas proa y popa, midiendo las hondonadas con cordeles de pescador de sirenas, allanando los precipicios ignotos con bancos de arena, contemplando los horizontes como si fuesen réplicas del finis terrae, los opúsculos de un hacedor de paraísos, purgatorios, infiernos y limbos “plagiados”. Porque el pretender recrear el mundo nos ocasiona la inquietante e incierta noción de que estamos persiguiendo estelas, ondas venidas de lejos, rutas previamente navegadas.

Por eso, el refugio del escritor maduro es el pasado, el que menos le recuerda la futilidad de pretender el futuro. Porque es por tales esos lados donde puede aún adentrarse al mare magnum; donde aún puede explorar y, como yo interpreto quiso decir Ciorán, aferrarse “al incontenible presente y al poco fiable pasado”. Preferible ha de ser entonces también para nosotros, a los que nos placen los diarios de viaje, conversar con un monje que dicta su propio epitafio, corresponder epístolas estoicas a un sevillano romano, vislumbrar junto a un pintor de ruinas las civilizaciones rendidas, descifrar los versos del más visionario de los lusitanos, el que conoció el mundo sin nunca haber zarpado de su orilla; en fin, donde podemos exaltarnos con el elogio a la locura humanista, para no sucumbir a la bipolaridad de la calistenia con antidepresivos del elogio a la normalidad posmoderna.

Marco Antonio Escalante parece no haber conocido la infancia, ni la juventud literaria. Su primer viaje es la de un marino que intuye los rumbos y, con antiguos instrumentos de marear, a medida que se guía a sí mismo, también a nosotros nos guía para que sigamos emulando a los clásicos. Nos presta Malabarismos del tedio, su libro de bitácora, la obra de un contumaz neoclásico.


Años de formación
 
En Malabarismos del tedio, obra inédita de Marco Antonio Escalante, no obstante temporalmente inmersa en la era transliteraria (1998–Presente) nos encontramos con el brumoso, adagio y gris oficio de un escritor que pareciera estar viviendo en una ermita de la era proto-literaria (Gilgamesh, circa 2000 a.c.–Utopía, 1516); un malabarista que sospecha, ojalá erróneamente, que su obra permanecerá oculta entre los anaqueles de sus pocos amigos; un malabarista que –como buen discípulo de Borges– parece no leer escritor que no haya cumplido por lo menos cincuenta años y hace homenaje a los escritores y artistas de antaño.

Además que el pasado ha sido también más justo con los escritores. Pensar que en la era literaria (Lazarillo de Tormes, 1554–Lolita, 1955), la condición sine qua non de toda obra era la mera circunstancia de haberse escrito con el consabido entendimiento, de parte del escritor y editor, de que sería leída por lo menos en un futuro muy próximo. Esta saludable esperanza de vida de la palabra escrita, sin duda, se debía a que la lectura era uno de los pocos entretenimientos y fuentes de información; después, también debido al surgimiento del periodismo; el cual aun incipiente, especialmente en la Inglaterra del siglo XVIII, contribuyó directamente a la popularidad de la lectura como buen hábito e indirectamente a la literatura (a saber, los periodistas Daniel Defoe y Jonathan Swift, luego escritores muy prolíferos). Esta muy efectiva condición le prestaba inmediatez, celeridad, vitalidad, prestancia y, por qué no, “democracia” a la palabra escrita. Los escritores eran mundanos oráculos de su tiempo.

Las circunstancias cambian en la era intraliteraria (1957–1998). La era cuando las letras compiten con la radio, el cine y la televisión, también coincide con el surgimiento del imperio angloamericano y con las postreras y postradas revoluciones. Por otra veta, incluso destella y concluye la edad de plata de las letras latinoamericanas, la época de los escritores sufridos, los sortilegios de hambre, de experimentaciones, imprecaciones y confabulaciones metaliterarias. En fin, esta es la era en que se forma Marco Antonio Escalante en su Perú natal como ser propio y a la vez ajeno; como ser pensante y rampante, como ser que responde a los llamados de su constitución y circunstancia. La era y la hora de la anunciación. Mas luego desiste y trajina por los derroteros de su breve entrega, por los arriesgados vínculos políticos, hasta que, al término de su juventud, finalmente “muere virtualmente” en el exilio, asediado el pensamiento, el espíritu y el corazón (el de carne como el de alma): la hora de la renunciación. Renuncia al compromiso con el materialismo y reinicia el noviazgo con el idealismo.


Contenido y forma
 A primera vista, “malabarismos del tedio” es, como lo leería un lector desapercibido, solamente otro título ingenioso. Mas al hacer pausa y pensarlo detenidamente, se daría cuenta que la frase es un bien equilibrado y muy útil oxímoron: malabarismo (juego) ante el tedio (aburrimiento).


El tedio Los temas recurrentes en los escritos de Escalante (lo cotidiano/trascendental, el goce, la belleza, el devenir y erosión del tiempo, los paraísos perdidos, la ilusión/desilusión de lo vivido y percibido, el desamor, la resignación, el hastío), cuestionan la existencia, el propósito mismo de vivir. Ante este legado de pesimismo que aturde a todo ser pensante, sólo la contemplación estética le procura una experiencia sumamente humana, una metafísica personal e íntima. Sin embargo, el acto mismo de ser contemplativo le produce vértigo, estado de ánimo que se manifiesta con un tono nocturno y melancólico. ¿De por qué el vértigo? Porque el quehacer mismo del escritor es el velamen de la acedia, pecado capital, memento mori en que el silencio le permite auscultar su débil y deplorable corazón. Porque el hombre es débil y deplorable. Porque el hombre es un peón, una pieza con la cual Dios juega un solitario y tedioso partido de ajedrez.

Los malabarismos Vale recordar que el malabarismo es un arte en sí. Las habilidades del malabarista son admirables justamente porque exigen mucha práctica, concentración y el ambidextro manejo de objetos que muchas veces no son aptos para el juego. De nuevo, sólo cuando nos internamos en los significados ocultos en la facilidad de lo común o popular advertimos de que no se trata de algo pueril. Lo lúdico, como se le llama en el argot literario, es el juego con que se entretiene el ingenio humano. Pero al tildarlo de malabarismo, Escalante introduce un elemento aparentemente impredecible, accidental, improvisado, compulsivo, intransigente; introduce curiosamente la fórmula con que un escritor, un poeta, puede facturar no sólo su obra sino también su vida. El malabarismo es tanto la forma (no obstante la organización, los temas se nos presentan como en rayuela cortaziana) en que Escalante estructura sus ideas, nociones y hasta su libro, como también la manera en que confronta el tedio. Esto último, que suena obvio porque toda persona cabal se pone a jugar para entretenerse, una vez nos internamos en los breves textos que discurren de estética, literatura, pintura, religión, vidas paralelas y otros temas de la experiencia humana, nos damos cuenta de la objetividad de estos malabarismos, de la necesidad del juego (se me antoja decir del juglar). Y apunto a la objetividad porque procuro explicarme algo que no suele advertirse en muchos escritos que son de carácter lírico, subjetivo, sino es por medio de la abstracción. Para ello tengo que acudir a otros saberes.

La objetividad subjetiva

Por incongruente que parezca ante la realidad, la obra de arte es objetiva en el sentido que manifiesta una visión o concepción que es muy real al artista y también por su valor intrínseco como la representación de la belleza. (Con respecto a lo intrínseco, como lo expuso Jorge Santayana, las obras de arte son bellas porque lo bello es una cualidad en sí, de la misma manera que en un acto de bondad, lo bueno es una cualidad en sí.) La validez de lo subjetivo, que es premisa de la fenomenología y la psicología existencialista, pasa desapercibida si sólo nos atenemos a las observaciones científicas o estrictamente objetivas. Pero a nuestro escritor, por ejemplo, le es tan o más real la emoción evocada por el recuerdo recurrente de una catedral (“La antigua catedral de Illanlla”) que el deseo que le pudo haber tenido a una mujer. Esto que puede parecer irrisorio a la persona consuetudinaria, ha sido tema de persistente correspondencia a través de los tiempos. El idealismo heleno, con la teoría de los arquetipos, quizá la más abundante fuente del saber occidental, establece las pautas para consolidar lo que ahora conocemos como estética. Pero es con el romano Plotino (205-70 d.c.), en la escuela neoplatónica que fundó en Alejandría, que el arte se eleva a la altura de la filosofía. Según Plotino, el arte revela la esencia oculta de los objetos. La experiencia estética es un momento místico en el cual el yo se interna en el objeto de contemplación y se amalgama con el mundo de las formas, alcanzando así la unión con el Uno: lo divino. (Este es un sinopsis temático de Muerte en Venecia de Thomas Mann). A las personas que han sido adiestradas solamente por el empirismo, la impresión estética es un sorteo, un sortilegio, una entelequia; pero a los que damos cabida a lo metafísico se nos presenta como la objetividad de lo subjetivo.

Cortázar es el maestro de la objetividad de lo subjetivo. Basta con recordar en el cuento Final del juego (escojo este cuento para también procurar lo lúdico) la instancia desoladora que las niñas viven cuando al final no ven al niño a quien siempre le posaban como estatuas, vestidas con sus vistosos atuendos, cada vez que el tren pasaba. El pesar de las niñas, momento en que la vivencia rebasa el juego, la desilusión final, es viva emoción de Cortázar el escritor, la cual luego se interna y hace nido en el lector. Ahora el lector, siempre que recuerda esa imagen literaria, siente pesar, pero pesar por las niñas; porque Cortázar les ha dado vida a los personajes y el lector las ha “visto” vivir y ha presenciado el sufrir de una desilusión. La imagen del asiento vacío del tren y las niñas que ya no posan como estatuas se convierten en una instancia real y viva de la experiencia humana: la muerte del amor.

Si las obras de arte son más objetivas en auscultar y comprender los aspectos inmensurables del ser humano, dichas impresiones delatan nostalgia (arquetipos). De manera que cavando más a fondo en los Malabarismos del tedio, lo que se asoma es nostalgia por lo no vivido. Cuestión que me lleva inevitablemente a generalizar el hecho de que los malabarismos en la vida real del poeta son también objetivos. La vacilación, la duplicidad, intransigencia y la ensimismada vida del poeta son tan reales y tienen tanta razón de ser como la rectitud y exactitud de un arquitecto o un urbanista. El carácter de ambos les facilita respectivamente la realización de sus obras.

Otras observaciones Como se había mencionado, en Malabarismos del tedio nos encontramos con la concatenación de vida y obra. Reitero, la vida a que me refiero es la vida interior, que además de tediosa también es laboriosa, prolija y también desprolija; una vida desértica que, a veces, peca y se nutre de contracorrientes: los enunciados entreverados con necias frases parentéticas, metáforas demasiado abstractas y alusiones oscuras, todas, pretenden domar el caos con las habilidosas manos de un mago sumerio. Pero una vida-obra, en fin, que logra por una parte lidiar con la catástrofe*, ese acervo de sucesos naturales descontinuos; y, por otra parte, que procura esquivar la tragedia. Porque las vertientes que nutren esta tabula rasa son presocráticas por su tendencia a saber (el logos de Heráclito) mediante la poesía; cínicas porque son iconoclastas; platónicas porque se suman al idealismo estético; estoicas por la abstinencia o moderación emotiva, aunque no siempre en la forma (a veces nos somete al virtuosismo). ¿Habrá contrariedad en todo esto?

Sabemos que el estoicismo cristiano sólo permite una pasión y esa es la pasión de Cristo. En esto no hallo contrariedad, pues la única pasión de Marco Antonio Escalante es su persistente gólgota y resurrección personal. Por lo tanto, la conflagración con lo cristiano la resuelve con el estoicismo clásico. La contrariedad la encuentro en el hecho que procure impresiones de los estoicos como Zenón, Marco Aurelio, Séneca y por otra parte sucumba al ars moriendi de Ciorán. (En la República platónica tampoco tendría cabida Ciorán). Los estoicos se conocen por su signatura filosófica: no cuestionan ni decaen afectivamente ante las vicisitudes de la vida. Para explicármelo tengo que suponer que Marco Antonio me respondería que estas dos corrientes chocan y convergen, para confluir y permitirle navegar y no zozobrar en las hondas aguas del mare magnum.
 
Mar y humus

En nuestros tiempos, el mar que concibió Jorge Manrique en sus Coplas a la muerte de su padre ya no significa la muerte, sino la misma vida. Sin duda, para los pocos, el arte es el antídoto para contrarrestar la vida. En su “Diccionario personal”, casi al final del libro, Marco Antonio Escalante lo define así:

De barro fuimos hechos, es decir, de agua y tierra. Será por eso que estamos condenados a la fertilidad. Nuestro instinto la busca, la desea, la logra. Pero el espíritu tiene sed de sequía. De allí el amor a la angustia, al tedio, a la miseria humana. De allí la desesperación y el arte que surge de ella. Algo tiene que erosionar la perfecta sincronía con que la naturaleza trama las semillas. Algo tiene que acabar con el misterio incomprensible de la planta que crece, del niño que nace. Algo tiene que volvernos a la oscuridad después de la saturación de luz que llamamos vida. De lo contrario, no hay poesía.

Son en nuestro tiempo, para prestar una noción de Fernando Savater y luego glosarla, los filósofos y los poetas (y no los muchos) los que están en su respectiva caverna platónica, adivinando el devenir y presagiando sus efectos. El filósofo con su estuche de entes, esencias, sustancias y el poeta con sus amuletos de ilusiones, sentimientos y prevaricaciones. Los dos cohabitan con el humus, la palabra; a ambos los arrastran los ríos de la imaginación y los transportan al inexorable mar, donde comparten compás, cuadrante y astrolabio. A veces sus locuciones tramitan entre sí, muchas veces convergen y se complementan en una suerte de saber-sentir combinatorio.

También como dos herejes monjes medievales, condenados a vivir en celdas contiguas, el poeta y el filósofo remiendan como pueden sus vestimentas y continúan haciendo lo único que saben hacer: soñar, descubrir, encontrar y, por supuesto, inventar paraísos, purgatorios, infiernos y limbos perdidos.

Marco Antonio Escalante, poeta, nos ha legado los legajos de una obra escrita en el encierro, en su caverna, y como buen asceta –tal vez un esenio– ha sabido hacer no sortilegios sino aciertos de las sombras.

 
León Leiva Gallardo
Chicago, 1 de abril del 2010



* Teoría de la catástrofe del francés René Thom, que se llegó a generalizar y a aplicar a la biología y a las ciencias sociales.
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Marco Antonio Escalante Escritor peruano, residente en Chicago. Autor de toda una obra de ensayos breves y viñetas publicados en revistas y antologías. Malabarismos del tedio está en vías de publicación. Escalante es colaborador de Revista Contratiempo.
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