domingo, 8 de abril de 2018

La relativa gravedad del bien en «No les guardo rencor, papá» de René Rodríguez Soriano


LEÓN LEIVA GALLARDO  «No les guardo rencor, papá», breve relación a tres voces cuyo tema reitera la inmediatez de la historia, la fugacidad de la verdad, lo dócil y maleable que es el ser humano y, de fondo, como turbia marea, la relativa gravedad del bien ante las artimañas del poder.

René Rodríguez Soriano, oriundo de Constanza, República Dominicana, es escritor y editor. Publicaciones en todos los géneros destacan: Nave sorda (2015), El nombre olvidado (2015), Solo de flauta (2013), Rumor de pez (Premio UCE de Poesía, 2008), Apunte a lápiz (2007), El mal del tiempo (Premio UCE de Novela, 2007), La radio y otros boleros (Premio Nacional de Cuento José Ramón López, 1997), Su nombre, Julia (1991), Todos los juegos el juego (1986) y Raíces con dos comienzos y un final (1977). 

René Rodríguez Soriano, ya muy conocido por su magistral manejo del lenguaje a varias voces, nos sorprende esta vez con No les guardo rencor, papá (Editorial Santuario, 2017), breve relación a tres voces cuyo tema reitera la inmediatez de la historia, la fugacidad de la verdad, lo dócil y maleable que es el ser humano y, de fondo, como turbia marea, la relativa gravedad del bien ante las artimañas del Poder. Mucho se ha escrito sobre la musicalidad y el lirismo en la obra de Rodríguez Soriano. Su obra sin duda ha sido realizada con recursos poéticos de gran valor, mas lo que quizá no se advierta es que detrás de todo haya una sutil transvaloración de la realidad, a menudo mitificada y evocada a la distancia, que de otra forma pasaría desapercibida. A mi ver, en esta breve obra, René Rodríguez Soriano depura su narrativa de lirismo gratuito y afina el poder expresivo de la narrativa. En literatura, si la poesía es metáfora, la narrativa es metonimia.

Esta breve relación del drama familiar sufrido por una familia de provincia durante la expedición de junio del 59 en República Dominicana se distingue por la precisión y la concisión de los recursos del lenguaje, el cual se ajusta magistralmente a tres estilos narrativos: el monólogo interior (o el fluir de la conciencia), entradas de diario y las cartas. Las tres técnicas se prestan para que la elocución misma de cada persona desarrolle el personaje y relate una versión particular de la historia. A estas tres técnicas narrativas se le agregan documentos históricos que complementan y a la vez agregan otro valor, la contraparte, a todo lo que acontece. El resultado es una comprensiva composición literaria, que por su verosimilitud (y autenticidad) nos remite, sin serlo, a la novela testimonial.

Sabemos que estamos leyendo un gran opus breve cuando la verosimilitud del lenguaje, los personajes, el ambiente y la trama se desarrollan y se combinan a tal grado que provoca una experiencia total, una lectura vívida, que estéticamente se aproxima a las dimensiones de la novela. Estas narraciones son gemas literarias para los lectores y no digamos para las editoriales. Para explicármelo a mí mismo, mientras leía la otra noche, acudí a la música: una novela es como una sinfonía y un cuento largo o novela corta es un poema sinfónico. Esta breve obra de ficción de Rodríguez Soriano da mucho más que decir sobre la plasticidad de los géneros narrativos.

El drama familiar sucede en San José del Puerto. Deducimos que el año es 1959, durante la expedición de junio. Este eminente y fatal acontecimiento ocupa e invade las vidas de esta familia. Como se mencionó antes, varios son los estilos narrativos a los que acude Rodríguez Soriano para lograr concisión e inmediatez, y en cada uno de éstos se apodera de la voz del personaje o, mejor dicho, cada personaje se apodera de su voz, para transmitir, constatar, la historia que resulta ser para todos dividida y finalmente delatada. Los personajes principales de este drama son Jorgito, el menor de la casa, Arcadia la más joven de las hermanas y Manuel, el mayor de los hermanos, involucrado en la rebelión.

Todo comienza in media res con el monólogo interior de Jorgito, jovencito personaje cuya percepción y elocución con respecto a su entorno nos remite a dos grandes precedentes literarios como lo son Benjy, también un niño, uno de los personajes clave en El ruido y la furia de Faulkner; pero, quizá más cercano, el personaje homónimo, en este caso un discapacitado, del formidable Macario de Juan Rulfo. En ambos casos tenemos personajes de muy limitada comprensión del entorno. Aclaro, la limitación de Jorgito es solamente de edad, mas su percepción del mundo es crucial, como veremos después. Muy diestro en estas técnicas narrativas, Rodríguez Soriano opta por emplear un lenguaje muy simple, sin puntuación ni mayúsculas, ni siquiera en los nombres propios, con el fin de transcribir el mundo del niño de once años. No obstante las limitaciones del personaje, desde un principio deducimos lo que sucede en la familia y en el país, porque Jorgito logra, en el fluir de la conciencia, pensar en los elementos clave (es aquí donde interviene la metonimia): la escopeta, las conversaciones o discusiones en secreto entre su hermano Manuel y su padre, el avión, leitmotif en todo el relato (que representa tanto la fuerza aérea con la que fue derrotada la insurrección como la fuga final de Manuel) y el caos familiar, producido por lo que nadie parece comprender, excepto Manuel a quien tampoco nadie comprende. Posteriormente en otro capítulo, el fluir de la consciencia de este personaje cobra más formalidad, se vuelve más amplio y representa el transcurso del tiempo.

De un capítulo inicial de cuestionable “credibilidad”, irónicamente, pasamos a un recurso metaliterario que aparentemente nos asegura lo fáctico, o por lo menos así lo tramaron los fiscales del Poder. Ahora lo advierto así, la ingenua figura de Jorgito diciendo su verdad ante la nociva y táctica verdad de los documentos del dictador, contrapuestos como dos mejillas espetadas con nocivas palabras y bofetadas. Historia de la infamia y la infamia de la historia. De pronto una novedad en la narrativa de Rodríguez Soriano, las fichas policiales (con fotos) y las reproducciones de cartas oficiales de la fiscalía de la Dictadura, en las cuales se delatan a varios implicados en la rebelión armada, agregan no sólo valor histórico a esta relación político-familiar sino también valor dramático y de intriga. Los documentos son auténticos y también los son los nombres de los implicados. (Me fue muy emotivo encontrarme con el nombre, en una de las fichas policiales, de una de las grandes voces de la poesía social de República Dominicana, el poeta René Del Risco Bermúdez.) Las reproducciones de documentos históricos, como recurso, son muy efectivas en la composición total del entramado. En ninguno de los documentos aparece el nombre de Manuel, algo que de pronto fue intencional, para hacer participar más al lector (teoría de la recepción). Porque todos nos volvemos Manuel al leer. No hay duda que a muchos lectores dominicanos la inclusión de estas fichas y documentos les será tétrico o impactante. Han de ser muchas las víctimas de Trujillo que aún estén con vida. Estos documentos se intercalan entre varios capítulos, como dicterios del poder que también persiguen a los inocentes.

Arcadia, la hermana menor, representa una perspectiva más madura, pero de ninguna manera cercana a la realidad. Ella misma, a través de entradas de diario, expresa su confusión. Este personaje está mucho más implicado directamente en el grave conflicto social, su hermano Manuel es un revolucionario y su enamorado es un militar. Meritorio el manejo del lenguaje amoroso y convincentemente “femenino” en estos capítulos de entradas de diario. Como mencioné anteriormente, la verosimilitud es esencial en la ficción, y René Rodríguez Soriano logra crear personajes psicológicamente complejos. Con Arcadia comprendemos, por ejemplo, el amor que puede alguien tenerle a un militar que seguramente es instrumento opresivo de la dictadura y, fatídicamente, el mal que le puede causar una muchacha ingenua a su propio hermano revolucionario.

Los capítulos del personaje protagonista están escritos en un lenguaje formal y propio de un universitario comprometido. Rodríguez Soriano emplea el estilo narrativo epistolar (las cartas de Manuel) para darle cabalidad a todo lo que sucede. No empleó diálogos y en ningún momento vemos a Manuel frente a frente con los demás familiares. Este distanciamiento es representativo de la fragmentación familiar. Los hechos se relatan, se escriben, se delatan, se oficializan, pero casi nunca vemos la acción directamente. La distancia más abismal es entre Manuel y su padre. El conflicto no sólo es generacional, sino ideológico. El rompimiento es paulatino. Me imagino lo mucho que revisó René estas cartas, para que no cayeran en el panfleto y a la vez expresaran acertadamente el discurso revolucionario de un joven entregado a la causa justa de liberar su país. Las cartas son efusivas y de pronto expresan los forcejeos emocionales que vive un intelectual ante la incomprensión, y hasta la deslealtad, de sus seres queridos. Por mucho que he leído sobre casos de rompimientos familiares, nunca acaba de impactarme el hecho que padres y madres se vean forzados a negar a sus hijos, ya sea voluntaria o involuntariamente. En la última carta de Manuel se lo menciona a su padre: “…supongo que te habrán pedido que hagas confesión de fe con lo establecido y que le niegues la paternidad a tu mal hijo ¿verdad, viejo?”.

Sólo al llegar al final y al leer la última carta de Manuel nos damos cuenta de lo instrumental que llegan a ser las versiones de la realidad tanto de Jorgito como de Arcadia, ambos manipulados por una monja, para lograr obtener la información que condenaría al protagonista de esta tragedia familiar.

Manuel, el joven universitario, termina torturado por los militares después de haber sido delatado por su propia hermana Arcadia, quien ingenuamente le confiere información a la monja. Manuel logra salir del país y entre sus últimas palabras escribe: “Pobres y engañados Arcadia y Jorgito. Ellos pusieron la carne de cañón; dieron la fragmentada, confusa y torpe información […] no les guardo rencor.” Así reza la última carta de Manuel a su padre, a quien culpa de los actos de Arcadia y Jorgito. No queda muy claro, pero entre la información en el diario de Arcadia, que su padre apropió, y la información que les sacaron, fueron suficientes para condenar a Manuel.

En términos narrativos, no es preciso llegar a detalles menores, esa es la premisa de la teoría de la recepción. Nosotros los lectores complementamos las omisiones intencionales. Nosotros terminamos la relación, la crónica, de esta desventurada familia. Es preciso mencionar que por muy manipulada que haya sido la información que prestaron Arcadia, Jorgito y el padre de Manuel, lo trágico en este drama es que ellos no dijeron ninguna mentira, simplemente revelaron la verdad a alguien que estaba de parte de la dictadura. Manuel estaba involucrado en la insurrección, era un revolucionario. Más amargo aún que la intervención voluntaria del padre de Manuel contra su propio hijo, sea el grave ejercicio del bien según la visión de mundo de un hombre alienado y enajenado por las artimañas del poder.

No les guardo rencor, papá, esta breve constatación de hechos históricos, revela el malestar de la conciencia del hombre y la mujer que por siglos ha vivido delatando su propia condena.

(Artículo originalmente publicado en la revista MediaIsla en octubre del 2017.)

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LEÓN LEIVA GALLARDO (Amapala, Honduras, 1962) Poeta y narrador. Autor de las novelas Guadalajara de noche (2006), La casa del cementerio (2008); de los poemarios Tríptico: tres lustros de poesía (2015) y Breviario (2015); y El pordiosero y el dios (2017), narrativa breve.

sábado, 20 de enero de 2018

Damián en concilio de León Leiva Gallardo


 ~Primera parte del poemario Damián, publicado en Tríptico: tres lustros de poesía (MediasIsla Editores, 2015)~

 

Hombre a la deriva

Qué es un hombre a la deriva 
un equilibrista 
un personaje sin trama 
sin conclusión—sin peripecia

acaso este hombre espere su destino 
como si fuera un viaje mal sorteado 
como una de esas fugas que acaso fueran de amnesia 
tal vez espere una magnífica guerra mundial 
o el impuntual esparcimiento de un meteoro 
dirigido exactamente al solar baldío de su alma

este pobre hombre espera y espera suspendido
quizá un milagro o un nuevo acontecer 
de esos que ya no se hallan en los templos
ni en las cátedras ni en los alzamientos
espera y espera el equilibrista el impacto quizá
de un instinto dormido
el brote de una desaparecida manera de ser

pero sépanlo ustedes que este ser a la deriva 
no aspira a un simple cambio de piel 
ya ha vivido varias metamorfosis fallidas 
ya fue ingenuo como un insecto huésped
ya fue sabihondo como un cuervo 
tenaz como un lobo estepario 
y también perro de la incertidumbre

¿qué espera entonces este hombre en suspenso?
¿ser inconsciente como una célula madre?

(espérense)

como todo ser demasiado humano 
el tipo ha surgido de la ignorancia a la sabiduría 
de la sabiduría a la incertidumbre 
de la incertidumbre hasta este punto…
hasta caducar agotado como un breviario
como un augur cínico y dudoso
que ahora padece de no poder concebir su fin 
el pobre hombre a la deriva

 

Al principio: solar baldío

I

No recuerdo el alma
imagino el cuerpo inhabitable
            que pena por ella

no voy a llamarlo cadáver
            y menos desalmado:

            he pensado en
indolente
            maldito
                        cínico
pero nada de esto lo comprende

me rindo
a él mismo cedo la palabra
            era un imperfecto.

II

Solía llamarse el Imperfecto
             hijo de mar enfermo
falto de numen en la zozobra de la tierra

en las noches de lluvia
se aliviaba con el agua dulce
que hacía que su casa oliera
            a teja mojada

su casa era una bóveda burda
el cielo raso en la oscuridad
se le volvía todo un firmamento:
en sueños logró domar deseos
            y en las pesadillas
su propio bestiario de constelaciones

bastaba tener miedo para ser dios
            y crear dioses

fue así como el cielo raso
llegó a ser el solar de la discordia
donde sus avatares murieron en cruenta lid
y la sangre se derramó en la aurora

hasta que al fin llegó la luz mayor
a cegar todos los rescoldos
ese día salió al patio de su casa
—a ver los remanentes de la noche—
y se dio cuenta de que no era un jardín
            y tampoco un panteón
            sino un solar baldío



El perfecto imperfecto

Sabe que la razón miente más que la poesía
por eso no me permite pensar

en las noches de insomnio
desventurado poeta que soy yo
le envío a su cova mi discordia

la mentira de un ángel
la verdad de un demonio
el mutismo de un orador
la ceguera de un escriba

pero él —mi único enemigo—
me descompone todo soliloquio

insiste en un todo misterioso
un tercer ojo en el cenit
un logos perfectamente
imperfecto

una palabra —me insiste—
fiel bella franca y fulgurante
que también desmienta la poesía



La belleza es nostalgia

A veces contempla el cielo y el mar
y lo único que percibe es agua y oxígeno
¡cielo y mar!
según él ni lo uno o lo otro es azul
nada es azul en su mundo
ni la sangre del noble
ni el sudor del obrero

en las tardes de lluvia
cuando el cielo y el mar son un todo gris
se asoma en él la nostalgia
como una gota salina a la deriva que
cae y fluye en el cristal de la ventana
para luego brotar amarga en su mirada
a reinventar todo de nuevo

Damián  cree que la belleza es nostalgia:
una luminaria en la oquedad del cielo
una caracola en el fondo del mar
una canción de amor en el remedo del alma

sacia un poco la sed
aspira un sorbo más

pero el sentimiento se le vuelve plomo
y la sangre se le torna espesa y morada

de verdad cree que la belleza es nostalgia
            nostalgia del convivir



El grito en el cielo

Dio el grito en el cielo
una frase común en su casa
quizá una frase común en su país

hasta que dio el grito en el cielo

pegó la lengua ardida en el paladar
pegó la voz quebrada en el silencio

dio el grito en el cielo

y quedó mudo
como una de esas cuerdas reventadas
la guitarra sorda

ahora
desde el fondo de su litera
ve el cielo de su casa
el cielo de su país
y da un suspiro
como un trámite de aire
vuelto mal aliento

nada
solar donde nace y muere cada día



Entre la alegría y la maldad

Dice que entre la alegría y la maldad
finge y supura la tristeza
como tejido maligno y a la vez divino
como aceite que unta a un dios
pero purga al lazarillo
la tristeza es un derrelicto sin ultramar ni orilla
un pirata sin botín ni carabela

la tristeza es
río que surca camino hacia el dolor
sin duda una invasión
que hace lecho tanto de tugurio
            como mansión

arco iris del idiota
            tridentina del feligrés
mocedad del senil
            cordura del autista

siempre apunta al lugar prohibido
como las tijeras de la niña enardecida
como el punzón del crío despojado
el hábito de mujer ultrajada
la fosa común del desaparecido

tristeza la que se tibia entre el bien y el mal
mientras que la alegría
—me dice Damián—
esa ninfa libertina
la que vivimos y no vemos
se nos duerme en el laurel

en tanto
cuando se enferma verde el mar
el monstruo a fondo
el bien se coagula en el esputo

la ingenuidad se desprecia a sí misma
de comisura afligida
la boca hecha un rictus
que no distingue entre reír y llorar

cree que entre el bien y el mal
hay un alma entristecida
entre el día y la noche
un eclipse de ojo que da mal
un mal de ojo
el pulso del nervio sin piel
un cesto lleno de pan nacido
un verbo desprolijo
risa que no abastece al llanto

Damián cree que hay que mascar saliva
 —vis  a vis—
con la dama sabia de la vida
la maldad



Presidiario

Sus días son
como los del perpetuo presidiario:
el día es un día completo
la noche es otro día más

por eso se libera en dípticos
por eso se envejece en coplas

he ahí su pecho de par en par
porque no conoce la noche
y mientras discurre su eternidad
ejecuta al poeta
este otro preso diario que lo habita
día y noche



Su cárcel

Su cárcel es el incesante deseo de querer esclavizar
la forma al contenido:
donde se encuentra todo y se halla nada
donde apenas se adivina el sí mismo

su cárcel es la recurrente ilusión de ser libre:
cuando aparece perece y desaparece
y sólo queda el otro en el sí mismo.
 

El viajero y sus paisajes

Cuando niño
solía viajar con su madre por los pueblos del Sur
su mirada apenas alcanzaba los bordes de los autos
(sus ojos ebrios de paisajes nauseabundos)
a él le importaba poco el mar
el valle o la montaña
sólo quería llegar

todo viaje en su infancia fue tortuoso
si su madre lo dejaba lloraba
si lo llevaba vomitaba

ahora que ella ha cambiado de estatura y de piel
los viajes se le han ido a un interior sin fin
los humores no han cambiado
solamente han convergido

cuando la mujer que ama lo abandona
gime como un cisne (que no muere)
y cuando lo lleva de la mano
ladra como ladran los perros
desde el lobo de sus dos órbitas negras

pues se le ha quedado el hábito
de no ver el paisaje y sus encantos
siempre sigue queriendo llegar
y nada más que llegar
y aunque su mirada ahora esté
            por encima de todo
ya no quiere ver nada
los ojos ya dejaron de ser sus sentidos

dice que hay viajeros que sólo son paisaje
pretenden ir o venir y nunca llegan
se quedan inciertos en el horizonte

donde él quiere llegar
están todos los paisajes del mundo
una sola instancia
—en un segundo digamos—
que dura toda una vida



Las palabras y el mito

Una vez creyó en sí mismo…

Estimado señor Kappus:

Estoy a punto de cumplir medio siglo de vida. Lo sé muy bien, es tan solo un suspiro ante la sagacidad de la especie humana, un fósforo ante las luminarias del universo. Pero es toda una existencia para el cansancio del campesino, para la ansiedad de un padre que vela por su hijo, para la soledad del escritor en el exilio: y yo aún no vivo, no he nacido. Llevo una barba malsana y descuidada, propia del que apuesta el cuerpo con la baraja de la mente. Así como se atrofian los músculos de mis piernas, así como se envenenan mis órganos —mi riñón e hígado de vicios, mi corazón y cerebro de olvido—, también se embalsaman con fealdades mi alma y mi espíritu. No he de sembrar un hijo, no engendraré un buen libro y, en mi solar, ni siquiera he de procurar la sombra de un árbol de alivio. Y sépalo, señor Kappus, que tampoco creo en el ángel del exterminio.

Con usted siempre,

Damián 


Una gota negra del infinito

Sabe que hay poetas que creen haber derramado lágrimas mismas del universo. Aquéllos que pretenden haber procurado entre sus manos una gota esencial de la noche —como diría Zbigniew Herbert, una gota negra del infinito—, en la cual habrían de descubrir el numen de la imaginación humana, la conmoción del ser. Pero, me pregunto, ¿hasta qué punto puede llegar la pretensión y la afectación del hombre? A propósito de lo cual incluso este, vuestro servidor, modesto versista, confiesa haber fingido tardes de lluvia en las que se ha aliado a dicho panteón de ilusos prosistas de lo inefable, escribas de lo que no se puede explicar con signos ni cifras. Sepámoslo, a veces Damián tiene razón, hay mucho de nada en casi todo lo que pretende el hombre en los momentos ocurrentes de su llanto.



La herida
  
Esta mañana despertó con una leve herida en el costado. Una herida delicada y fina, hecha quizá con la precisión del bisturí de un forense que lo creyó muerto o con la uña de una furia decidida a no llevarlo. Al comienzo le preocupó mucho, pero luego se dio cuenta de que no le dolía y que no sangraba. Era más bien una ranura por la cual comenzaron a salir pequeños y maravillosos seres del reino animal. Primero salió, muy atemorizada, una hermosa lagartija color esmeralda. Luego salió un caballito de mar que, fosforescente, cabalgó por la oscuridad de su cuarto. Después salió un colibrí en busca de algún néctar entre el vino olvidado. Por último, salió trasnochada una luciérnaga, encendiendo lejanos recados de luz, acaso las ascuas de un lucero que habría dado su último estertor en el universo finito. Estos mensajeros de los cuatro elementos, todos, fueron de vida efímera; duraron apenas unos segundos de vida o de sueño. Pero antes de desaparecer, los cuatro se esmeraron por cerrar la pequeña herida que había quedado abierta. La misteriosa morada que estos reycillos magos habitaban en él apenas dejaron vacío o daño alguno en su rejuvenecido cuerpo. Ahora, al andar, Damián sólo siente la liviandad que conviven los que han comulgado con lo eterno.





jueves, 23 de junio de 2016

Viaje esencial a Centroamérica

                                                 (convento de San Francisco, Granada, Nicaragua)



Creo que a nosotros los centroamericanos desplazados por la geopolítica ya se nos ha hecho vox populi repetir las palabras de Roque Dalton al afirmar que uno puede salir del país, pero el país no sale de uno. Los desplazados por razones económicas o políticas nunca dejamos de retornar, porque es algo esencial al espíritu. Si alguien me preguntara si tal vez exagero la nostalgia, pues les diría que cada quien lleva su propia Ítaca en el corazón.
Mi viaje más reciente ha sido a Nicaragua, y me place decir que me sentí muy en casa, de pronto algo encantado por la delicadeza con que los invitados fuimos recibidos en Managua, donde se realizó Centroamérica Cuenta 2016. Reitero lo de sentirme en casa, porque retornar a Centroamérica es volver a la casa grande, la que un día fuere casa solariega de hermanos que estuvieron a punto de volverla una gran república. Uno de los propósitos centrales de nuestra visita fue explorar la memoria que nos une, lema que se dividió en temas relevantes a la historia, al presente, al futuro, a la guerra y a la paz,  vistas todas a través de disciplinas varias como las artes plásticas, la narrativa, la fotografía, el ensayo, el cine, el periodismo y la historiografía.
            Pues sí, no dejo de sentir nostalgia. Varias veces ya, en otros escritos, he insistido en afirmar, casi con reclamo ontológico, que la belleza es nostalgia. Bien. Este viaje ha despertado en mí la nostalgia por la Centroamérica que alguna vez soñaron e idearon nuestros próceres revolucionarios, liberales y algunos conservadores. No es algo que procuro por primera vez. Centroamérica nunca ha dejado de ser parte de mi propio ideario, aunque quizá ya haya dejado de ser un sueño realizable. Este ideario ahora lo relego a lo único que me puede dar verdadero aliento, la nostalgia expresada y apreciada por medio del arte, la música y la literatura; y porque, apropiándome de las palabras de nuestro poeta Cardona Bulnes, porque ya “...no quiero nada, este infierno es mi paraíso”.

 Por muy extremo que suene dicho predicamento, nuestra gran casa solariega no es más que un imaginario para los enamorados y, si me permiten esta gran abstracción, éste a la vez me lo figuro convertido en forma física, como una construcción de piedras angulares, como los inuksuk que construían los inuit de Norteamérica, para no perderse en el camino, para memorar, para reencontrar los pasos perdidos. Sólo así, como aquel excéntrico musicólogo de Carpentier que se internó en la selva a buscar los pasos perdidos, puedo yo rastrear ese pedregoso camino hacia mi casa grande.


 Dichosamente en este viaje, en una fabulosa y calorosa noche de Managua, me encontré con el poeta Humberto Ak'abal para que me ayudara a no sucumbir ante la demasía de la realidad. (Así somos los poetas, seres tangenciales, aunque no elusivos.) Magnífica tertulia que comenzó temprano junto con Marta Susana Prieto y Mario Gallardo, para luego ser acompañados por Carlos Pardo, Carlos Zanón y aún más tarde por Gonzalo Celorio.
            Ak'abal y yo nos quedamos solos hasta deshoras de la noche, tratando de actualizarnos y de hilvanar una amistad en un encuentro efímero. Haberlo conocido en persona, estoy más que seguro, fue de mucho más provecho para mí. Su poesía y su existencia en sí es un viaje indispensable, un viaje hacia un mundo que nosotros los sujetos de la hipertrofia desconocemos. Luego de compartir pareceres, me obsequió una diminuta edición del poemario Kamoyoyik/Oscureciendo del cual reproduzco este texto que creo nos recuerda de algo anteriormente insinuado:

La misma piedra

Salí a dar una vuelta
con la intención de borrar
esta imagen que me atormentaba.

Y cuando me di cuenta
estaba otra vez
frente a la misma piedra.


            Las interpretaciones varían según el caminante, pero a mí el texto me lleva a pensar sobre la futilidad de todo viaje de búsqueda que no sea a uno mismo y mejor todavía al sí mismo. Como un inuksuk (que significa "a la imagen del hombre") de los inuit, que puede ser tanto figura humana, señal o puerta, la piedra donde vuelve a tropezarse el caminante del poema es una suerte de piedra angular. Todo apunta a los eternos retornos, a las indagaciones personales o culturales, al reencuentro con la memoria colectiva.
            Teniendo en mente el propósito de nuestro viaje a Centroamérica, puedo agregar la analogía que las “piedras” fundacionales de nuestros antepasados eran herramientas de supervivencia física, así como las actuales manifestaciones culturales son medios de supervivencia espiritual. ¿Qué nos queda ante la disolución del Estado, la omnipotencia de las corporaciones transnacionales y la indiferencia de Dios? No nos queda más que recontar nuestra historia, personal e íntima, de la creación, destrucción y regeneración del mundo. No nos queda más que relatar una versión íntima de la nostalgia.
            No hay duda que muchos a leer estas aseveraciones dirán que no hay que darse por vencidos. Algunos hasta pronunciarían la palabra praxis. Han sido más de doscientos años de praxis fallido. Veamos.


La república centroamericana

El porqué insistir tanto en Centroamérica, el porqué necear con la región que para muchos sólo ha sido un istmo entre las dos grandes Américas; el porqué hurgar nuestro pasado cundido de revoluciones fallidas y guerras civiles. Este cuestionamiento seguirá siendo tema de discusión para muchos. Para mí, en lo personal, siempre ha sido un constante ideario que también se nutre del imaginario ancestral mesoamericano.
            A mediados de los 80 cuando estaba realizando estudios de posgrado en la Universidad de Roosevelt en Chicago, tuve la fortuna de conocer latinoamericanos de todas partes del continente. Las perspectivas políticas eran las mismas y los mismos también eran los sospechosos de siempre: liberales o izquierdistas y conservadores o derechistas. El tema diario en esos años eran las guerras civiles en Nicaragua, El Salvador, Guatemala y, por supuesto, la infame incursión bélica del imperio y el esbirro (EE.UU. y Honduras), que libraban el sabotaje más vil jamás visto en la región, la guerra de los Contras en la frontera de Nicaragua sandinista.
En esos tiempos cuando las fronteras estaban convertidas en verdaderos frentes de batalla, era difícil no hablar del tema y era difícil para un chapín (guatemalteco), un pipil (salvadoreño), un catracho (hondureño), un nica (nicaragüense) o un tico (costarricense) no sentirse anómala parte de lo que en el siglo XIX, antes de la escisión de las cinco provincias, se conocía oficialmente como República Federal de Centroamérica (1823-1840). Por eso hasta la fecha el topónimo y el respectivo gentilicio tiene un significado más que geográfico. Esto a veces puede generar confusiones. Recuerdo que en una de tantas pláticas de universitarios sobre temas afines, una muchacha cubana (nacida en EE.UU.) me preguntó con mucha curiosidad: Oye Leiva sabes que ayer estuve conversando con un salvadoreño y un guatemalteco y me pareció raro que al yo preguntarles de dónde eran, antes de mencionar sus países, me contestaran, yo soy centroamericano. Cómo que centroamericano, les dije, si Centroamérica no es un país. De inmediato le respondí, no lo es ahora, pero lo fue a comienzos del siglo XIX, y los que te contestan que son centroamericanos también te están insinuando que, por lo menos, son unionistas y que, además, pueda que sean izquierdistas. Luego de eso, seguimos hablando de Francisco Morazán y del americanismo de José Cecilio del Valle, los dos próceres hondureños que habían iniciado campañas, bélicas el primero y políticas el segundo, para mantener la unión centroamericana. 






José Cecilio del Valle (1780-1834), pensador de la ilustración por excelencia, y quien escribió sobre la unión americana antes que Bolivar o Miranda, también alguna vez contestó, soy centroamericano, cuando siendo ministro de relaciones exteriores de México, durante el imperio de Iturbide, aboga por disolver la anexión de Centroamérica a México. Del Valle era un acérrimo republicano y logra su fin. Luego pide la renuncia al emperador Iturbide y regresa a Centroamérica.










Centroamérica no deja de contar

La última vez que los centroamericanos intentan la unión fue en 1895 cuando en mi ciudad natal se declara el Pacto de Amapala, firmado por Nicaragua, El Salvador y Honduras. La unión se disuelve en 1898 tras un golpe de Estado en El Salvador. Los intereses latifundistas siempre han cultivado la manzana de la discordia, hasta la fecha.
            ¿Qué hacemos las personas pensantes luego de todo ese legado de oprobio y ante la intervención de corporaciones, feudos e imperios que no nos permiten ser dignamente? Lo que hacemos es recordar. Lo que hacemos es luchar asiduamente contra el olvido, la amnesia institucionalizada. Ahora la lucha es por medio de las letras y las artes. Tanto historiadores, intelectuales, periodistas comprometidos, así como escritores, artistas y cineastas se unen formal e informalmente para darle seguimiento a una trama que tuvo sus inicios mucho antes de la conquista. El papel de la persona pensante es recontar su propia historia, reinterpretar sus orígenes, su propia creación. Por lo tanto, mucho se ha discutido sobre la literatura del desencanto, queriendo tildarla de ser escapista y hasta reaccionaria. Sucede que el realismo social hizo tanto nido en Centroamérica que todavía quedan secuelas ideológicas que rechazan las visiones de mundo que no incorporen asuntos socio-económicos. Lo cierto es que las manifestaciones socio-culturales no dejan de aparecer en todas sus modalidades. El discurso ha cambiado y ahora los escritores tienden a expresar sus inquietudes, preocupaciones y estéticas personales, sin dejar de ser, y vuelve a aparecer el término, centroamericanos.

            Esto fue uno de los temas de Centroamérica Cuenta 2016, realizada en Managua, donde nos reunimos escritores, historiadores, periodistas, artistas y cineastas centroamericanos junto con invitados de otros países latinoamericanos y europeos. Debo mencionar que esta iniciativa es de Sergio Ramírez y que se celebra todos los años en diferentes ciudades de Nicaragua.


El lema de esta IV edición fue Memoria que nos une, y una de mis asignaciones (la que tuvo lugar en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica-Universidad Centroamericana) fue tratar como subtema Artes y políticas de la memoria en Centroamérica: recordar el pasado para imaginar otro futuro, simposio que fue organizado por la cátedra Wilhem y Alexander Von Humboldt en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica. Como asunto agregado: Escribir contra el olvido: ¿un nuevo compromiso en la posguerra?. En esta mesa participaron: Marta Susana Prieto de Honduras, Erick Aguirre de Nicaragua, Rafael Cuevas de Costa Rica, Carol Zardetto de Guatemala,  Carlos Cortés de Costa Rica y León Leiva Gallardo de Honduras. Con perspectivas varias pero en general afines, en esta mesa expresamos el desafío que se nos presenta al escribir como individuos con visiones personales y como ciudadanos de una antigua república cercenada y tomada. Todos de alguna manera, anuente o renuente, llegamos a la conclusión de que lo único que nos queda es la república de las letras y las artes. En este sentido, no sucumbimos a una suerte de república platónica, para deshacernos del poeta y sólo dedicarnos a componerles himnos a los dioses (léase a las ideologías).
            Por supuesto que salió a relucir el hecho de que la literatura social es de suma importancia. Sin embargo lo que quizá debió también abordarse más a fondo fue que gran parte de dicha literatura sobrevive más por su valor histórico que por su valor estético. Sigue existiendo la misma y antiquísima querella entre el arte puro y la doctrina. Brevemente, para hallarle salida, toqué este tema mencionando el dictum dulce et utile de Horacio. Como es de esperarse estos simposios son introductorios, de ninguna manera exhaustivos.





 Mi segunda asignación, la cual se dio a cabo en la librería Literato de Managua,  fue el conversatorio La ficción contemporánea y la deconstrucción del olvido (¿Es la ficción una herramiente confiable para conservar la Historia?). Aquí tuvimos la oportunidad de darle seguimiento a un tema que, dada su complejidad, necesita abordarse desde varias perspectivas. Junto con el escritor y periodista mexicano Emiliano Monge, el escritor nicaragüense Mario Martz y el narrador salvadoreño Elmer Menjívar, dialogamos sobre la lucha constante contra el olvido (la manipulación de la historia por las instituciones) por una parte y por otra sobre cómo la literatura siempre ha sido un medio alternativo para contar nuestra historia.
            En este conversatorio donde se facilitó más el hablar de literatura propiamente, hice hincapié en el hecho que el acto de escribir es un ejercicio tanto mimético como mnemónico. La literatura, la comprendo yo, es la transcripción del mundo que percibo, y cuyos mecanismos son básicamente representativos y memorativos. El acto de escribir es en sí un mecanismo evolucionado para conservar la memoria personal, social-histórica y ancestral-colectiva. Estas nociones que son tratadas por Freud y Carl Jung (en El malestar de la cultura de Freud y la teoría sobre el inconsciente colectivo de Jung), nos advierten cómo la sociedad (la civilización) utiliza las instituciones para reprimir nuestros instintos animales, y por ende también reprime nuestras memorias ancestrales. Este tipo de olvido institucionalizado se torna aun más maquiavélico en las sociedades totalitarias.
            La literatura, las artes y el juego son las herramientas con las que luchamos contra el olvido y con las que transcribimos nuestra historia.
            Volviendo al porqué de procurar una Centroamérica: pues porque todo pueblo tiene ideales de nación grande. Este afán por ser nación grande ahora se nos torna, en el sentido antes mencionado,  la cuestión de la cultura. Probemos el principio realidad. Los países que antes conformaban la gran república tienen que unirse culturalmente para no sucumbir ante el olvido. Como pequeñas repúblicas en vías de consolidar una voz propia, atamos cabos culturales, ya que las fuerzas políticas y económicas están en manos ajenas.
            El legado cultural y literario en Centroamérica es innegable. La civilización Maya, con el aporte de dos de las obras coloniales más importantes de la literatura mesoamericana como lo son El popol vuh y la obra de teatro Rabinal Achí, es el imprescindible trasfondo fundacional. Luego la reanimación del genio de la lengua castellana, con la obra de Rubén Darío, se da inicio categórico a la literatura hispanoamericana moderna, a una voz americana, que da precedente al genio centroamericano. El precedente Darío es una realidad viva y hubo de incitar a otras generaciones. Para finales de los 60 Miguel Ángel Asturias se convertía en el primer novelista latinoamericano laureado doblemente con el Nobel y el Lenin de literatura, poniendo así otra piedra en nuestra construcción de la memoria. En la actualidad las voces centroamericanas comienzan a tener más resonancia.
Con estas observaciones, impresas en el cuaderno de bitácora de un viajero que se dirige a sí mismo, hago memoria de un viaje esencial y celebro el hecho que Centroamérica cuenta, en voz propia, su realidad y su ficción.

                                                                                  
                                                           Los participantes en la Universidad Centroamericana                                (Fotografía de Daniel Mordzinski)
                                                              


                                                                                              

El pordiosero y el dios (cuento de León Leiva Gallardo)

  ¿Qué buscan los viajeros del mundo? Acaso son dioses venidos a menos, convertidos, disfrazados de príncipes o de pordioseros? Se dice que,...