domingo, 24 de mayo de 2020

En el vacío, poema con música de fondo




En el vacío



[Gnossienne para piano No. 3 | Erik Satie]

I
algunos seres permutables

sombras que se adelantan a sus pasos
desvaríos que sólo los perros oyen
amores que contorsionan a los gatos
crueldades que sólo los cuervos saben

silencios que delatan a los ángeles

II

(Donnie Darko|de Michael Andrews)

personas que obedecen y dan miedo
conejos que duermen en su armario

música que se descompone en su mente

sin cura
sin efectos

aviones que se desploman en su casa

III

(Glassworks – Opening|de Phillip Glass)


como en puntillismo
se acerca un tren a poca velocidad
y se aleja un hombre de sí mismo

todo es un remedo puntual

los puntos son estrellas muertas
los puntos son neutrinos vivos

es algo que solo llega a comprenderse
con la repetición de gotas de lluvia sobre un
espejo oscuro

se ha marchado el tren
no hay nadie en la estación
llueve

IV

[Spiegel Im Spiegel para Violín y Piano|Arvo Part]


Notas salobres —de una gotera—
salmodian solas en la vasija de barro

el lugar es un sótano helado
quizá un refugio de pánico
quizá el reposo de un pordiosero moribundo

la casa fue abandonada
—no mejor no—

la casa fue tomada

V

[Preludio Op. 28, N.º 4 en Mi menor-Largo|Federico Chopin]

moría siempre

una burbuja de sangre
cada nota
de su pulmón morado

en su falaz mediterráneo
una  marcha hacia abajo
una blanca
una negra
cada nota era un dado

desde un espíritu nocturno
el impromptu
incitaba más la muerte
para parar de morir
estudio—cesura—preludio

eterizado
andante
ensueño
adagio

piano…piano...piano

(León Leiva Gallardo, Tríptico: Tres lustros de poesía)

domingo, 17 de noviembre de 2019

Tadeusz Borowski: Del gulag al campo de concentración


El hecho que su padre estuviera confinado en un gulag, un dato que leí en una breve biografía de Tadeusz Borowski, se prestó para acabar de comprender el tremebundo pesimismo en su vida y en su obra. Las experiencias del gulag y el campo de concentración cierran el círculo infernal en el que el joven escritor polaco se formó durante su desdichada existencia. De ninguna manera es fortuito el tono sarcástico, mordaz y cáustico de sus cuentos en This Way for the Gas, Ladies and Gentleman, edición en inglés que reúne cuentos las obras (Adiós a María y Un mundo de piedra) que irónicamente lo inmortalizaron luego de haberse suicidado en 1951, a la temprana edad de 39 años. Polonia perdía uno de sus grandes escritores y la humanidad a un gran hombre. Como lo describe Jan Cott en el prólogo: “El suicidio de Borowski fue un impacto que sólo puede compararse al suicido de Vladimir Maiakovski. Borowski era la más grande esperanza de la literatura polaca en una generación de contemporáneos que fue diezmada por la guerra”.-

 Es difícil llegar a aceptar la premisa que dicta que el ser humano es perverso por naturaleza, conocemos tantas obras de suma humanidad que nos dicen lo contrario. Mas la Historia nos revela con todo un convincente argumento que los seres humanos podemos pasar de ser ángeles a demonios en una misma vida, llevado por ciegas convicciones políticas o religiosas o simplemente por la muy conocida avaricia. El bien de unos se vuelve el mal de otros en un cambio de poder a veces ni tan radical. Creo que no es necesario dar ejemplos, pero para el propósito de estos pensamientos sobre la vida de un hombre que pudo darnos tanto bien; creo que la vida de Borowski es un perfecto ejemplo de alguien que fue víctima de la consumación del mal, llevado a su máxima expresión tanto en el gulag como en el campo de concentración. 

Si Freud llamó el “malestar de la cultura”, una denominación bastante cautelosa, casi un eufemismo, a la cruel lucha entre los instintos constructivos y destructivos en el desarrollo psicológico del individuo, cómo habrá de llamárseles a los mismos cuando se manifiestan en la especie en general. La traducción al inglés del título de ese obligatorio ensayo de Freud es “civilization and its discontent”, y creo que revela mejor lo profundo y sagaz que fue su análisis con respecto a la naturaleza o la condición humana. 

Los últimos dos siglos nos han dado flagrantes ejemplos de perversidad humana, sin precedentes por lo sistemáticos que han sido, y un solo término lo comprende: el genocidio. La sistemática aniquilación de los indígenas en el continente americano, la sistemática esclavización, denigración y tortura prolongada de los africanos, el holodomor en la antigua Unión Soviética (especialmente la “hambruna ucraniana”, los aislamientos en gulags) y la más infame de toda perversidad, el holocausto. Conociendo este historial, términos atenuados por la sofisticación intelectual, como “malestar de la cultura” o “el descontento de la civilización”, son inclusive ofensivos a la dignidad de las víctimas. Lo que es más claro al hacer un análisis incluso somero de la condición humana es que, de hecho, padecemos de la perversidad de la civilización.

Dicho lo anterior, puedo también agregar que, inmersos en el vórtice de la historia, muchos camaradas entregados a los programas radicales de socialización no advirtieron que podían terminar siendo verdugos y hasta víctimas de un sistema que había sido viciado. Tadeusz Borowski fue un gran elemento del ideario comunista (sistema totalmente deshumanizado por el psicópata Stalin) y luego terminó siendo víctima del mismo. Mi lectura de la vida de la familia de Borowski en general está de pronto afectada por el sentimiento del que ve las cosas desde la comodidad del solipsismo en que vivo, y llego a la conclusión que tanto su padre, su madre, como él mismo, fueron “víctimas inocentes” que, fatídicamente, pasaron del gulag al campo de concentración. Pero, a manera de autocrítica, esto es algo que no debe de asombrarnos si conocemos la historia europea de comienzos a la mitad del siglo XX y bien sabemos cómo muchas generaciones sufrieron los forcejeos de las dos corrientes políticas que más sangre han derramado en la historia moderna. Mi propia contestación es que, siendo un comunista de cepa, Borowski sabría muy bien que no era un simple objeto de la historia, sino que él mismo la estaba forjando. Se dice que el joven Tadeusz siempre sufrió de cargos de conciencia por no haber previsto y haber reaccionado a tiempo ante todo lo que sucedía. Sus últimos meses fueron de gradual rendición. La vida de este hombre es más que digna de una novela, una novela que estudie, que analice la transformación del hombre ante las perversidades de la civilización. 

Impresionado por el estilo mordaz y cáustico, a menudo con humor negro, en la narrativa de Tadeusz Borowski, comencé a investigar más sobre su vida y me hallé un artículo en el blog del escritor español David Pérez Vega en el que hacía la observación de que su estilo narrativo era más literario que el de Primo Levi en Si ese es un hombre. Coincido con la observación y añado que Tadeusz Borowski es poeta y su visión de la realidad de pronto estuvo más influida por el lenguaje figurado y por instancias de lirismo, que eran, literalmente, como flores silvestres brotadas de las fosas comunes. Como la edición en inglés abarca todo un recorrido de la vida de Borowski, en este podemos ver cómo su tono va cambiando de sarcástico (“Por aquí se va al gas, damas y caballeros”), a condescendiente (“Nuestro hogar es Auschwitz”), hasta llegar al final pesimista ya cuando vive en Alemania liberada (“Un mundo de piedra”), del cual extraigo este fragmento que expresa su resignación: 

“Algunas veces me parece, incluso, que mis capacidades sensitivas se han coagulado, y cristalizado en mi interior hasta convertirse en resina. En el pasado observaba el mundo con los ojos bien abiertos y llenos de asombro, poniendo los cinco sentidos cuando transitaba por las calles, como un gato joven caminando sobre el antepecho de una ventana. Ahora, sin embargo, puedo dejarme llevar con total indiferencia por la multitud en movimiento y restregarme con cuerpos calientes femeninos sin sentir la más mínima emoción, inmune a la seducción de las muchachas, a la desnudez de sus rodillas y a sus cabellos aceitosos e intrincadamente rizados. A través de mis ojos medio abiertos imagino con satisfacción que una ráfaga del vendaval cósmico se lleva a la multitud por los aires, la eleva hasta la copa de los árboles, y succiona después los cuerpos humanos en el interior de un enorme remolino (…)”

Jan Cott a primera instancia resume el punto de vista de Borowski en estos cuentos que describen la deshumanización sin los dejes de la afectación o el sentimentalismo, y observa que en estos relatos la diferencia entre el verdugo y la víctima se desprende de toda grandiosidad. Los cuentos de Borowski no son simples testimonios y nos dejan prever que si hubiera vivido más años, habría sido uno de los grandes novelistas del siglo XX.

                                                                        (León Leiva Gallardo)


domingo, 22 de septiembre de 2019

Amapala: Son las luces, aquéllas, desde el puerto (soneto)






Una de mis fascinaciones cuando joven era explorar con el soneto y a la vez mantener los elementos tradicionales. Este es mi primer soneto. Lo escribí cuando tenía 17 o 18 años. Curiosa o consecuentemente, mis ejercicios con formas tradicionales, con métrica y rima, luego le dieron gran soltura y balance al verso libre. Cómo la academia misma da riendas para torcerle el cuello al cisne!



domingo, 18 de agosto de 2019

Juan Ramón Molina en Amapala


Probablemente el último poema de Molina en su país. “Adios a Honduras” describe la decepción y tristeza de haber sido desterrado de su patria entonces en manos de "tiranuelos". Estas serían las últimas imágenes del puerto de Amapala, cuando viajaba hacia el exilio en El Salvador, donde viviría sus días postreros.


Adiós a Honduras
  (en el vapor "Costa Rica")

Voy a partir: Adiós! La frágil nave,
deslizándose suave,
lanza a los cielos su estridente grito;
y el humo ennegrecido que respira
en colosal espira
asciende a la región de lo infinito.

Las alas de oro, lánguida y cobarde,
pliega la mustia tarde
en la insondable cuenca del vacío,
como águila cansada que al fin toca
su nido en la alta roca,
y se recoge trémula de frío.

Quebrándose en el vidrio de los mares
los destellos solares
las espumas blanquísimas inflaman;
y como hambrientas e irritadas fieras
-mordiendo las riberas-
las bravas olas estallando braman.

El viejo sol, que en su esplender difunde
desde el ocaso se hunde
con un nimbo de vivas aureolas:
El alción fatigado el ala cierra
y se aduerme la tierra
al sollozar de las hinchadas olas.

¿Por qué, por qué con la mirada incierta
sigo, desde cubierta,
la dirección del puerto de Amapala,
si el vapor, con seguro movimiento
sobre el blanco elemento
en busca de otras playas resbala?

¡Oh, tarde melancólica! ¡Oh, astro
que luminoso rastro
dejando sobre el mar, en él te hundiste!
¡Oh vagabundas nubes! ¡Oh, rumores:
afanes punzadores
llevo en el alma, dolorida y triste!

No es el amor el que a sufrir me obliga
y el corazón me hostiga
al despedirme de mi tierra ruda;
Ni la ciega ambición desenfrenada
que a la mente exaltada
cual venenosa víbora se anuda.

Es un oculto y hondo sufrimiento,
algo como un lamento,
el recuerdo de lúgubres escenas
el horrible chocar de los cuchillos,
el roce de los grillos
y el siniestro rumor de las cadenas.

¡Qué triste es ver que en el cóndor de la cumbre
al foco de la lumbre
vivífica del sol el ala tienda,
y de repente, al mutilarlo un rayo,
en tremendo desmayo
en espantosa rotación descienda!

Como ese cóndor del crestón bravío
el noble pueblo mío
movió a la libertad las grandes alas,
y al remontarse a coronar su anhelo
un audaz tiranuelo
se las ha cercenado con las balas.

Así como la flor, rica en esencia,
manchan con su excrecencia
el purísimo cáliz los insectos,
han deshonrado el hondureño solio
-con torpe monopolio-
mandatarios estúpidos y abyectos.

¡Oh, pobre patria! El que de veras te ame,
en indolencia infame
no mirará el ridículo sainete,
sin que encamine, trágico y austero,
el paso al extranjero,
o a los histriones con las armas rete.

Por eso en tus fronteras montañosas
sobre olvidadas fosas
que baña el sol con sus ardientes luces
contempla el caminante, entre zarzales
y abruptos peñascales,
alzarse al cielo solitarias cruces.

Yacen allí, tras las batallas cruentas,
las torvas osamentas
de tus hijos más dignos y valientes,
y que rodaron, en su rabia loca,
de una roca a otra roca
el cartucho mordiendo entre los dientes.

¡Ay! A pesar del largo despotismo
que te empuja al abismo,
a la nostalgia sin hallas remedio,
mares cruzando y anchos horizontes,
tornamos a tus montes
porque nos mata un incurable tedio.

Vi humillada en el polvo la bandera,
extinguida la hoguera
del patriotismo, alzados los protervos,
Hundido el pueblo en vergonzosas cuitas,
las águilas proscritas
por una banda de voraces cuervos.

Vi… ¿Mas pudiera el pensamiento mío
describir el sombrío
lúgubre cuadro de baldón y mengua
que me llenara de indecible espanto?
¡Vigor falta a mi canto
y siniestro vocablo a mi lengua!

Cuando enaltece el déspota triunfante
la poesía vibrante
es triste objeto de irrisión y mofa.
¡Para el infame que a su pueblo abruma
con terror, la pluma
puñal se vuelva, y bofetón la estrofa!

Los que sufrís en el ocio envilecido
sin lanzar un rugido
el látigo ominosos del verdugo,
¿Porqué lloraís? ¡Bien merecéis, menguados,
ser vosotros atados
como los bueyes al innoble yugo!

Pero ¡qué exclamo! Perdonadme, amigos,
que impasible testigos
no fuisteis nunca de la patria ruina,
porque habéis muerto con valor sereno,
coméis un pan ajeno
o sufrís en hedionda bartolina.

Perdonadme también los que entre crueles
burlas, en los cuarteles,
atados de los pies y de los brazos,
con fieros palos y con golpes rudos
de los cuerpos desnudos
la carne os arrancaron a pedazos.

Y tu también perdóname, ¡oh robusta
juventud, que a la justa
ira cediendo, entre el común asombro,
llevaste a cabo insólitas hazañas
luchando en las montañas
muerta de hambre y el fusil al hombro!

De la ciudad al triste caserío
despertó al fin el brío,
a tu voz, de los hijos de mi tierra;
y en sus bases graníticas sentados
los montes enriscados
tu ronco grito repitieron: ¡Guerra!

¿Por qué fue en balde el temerario arrojo
con el que sublime enojo
el pecho diste a la mortal metralla?
¡Ahora que triste la mirada giro
en derredor, te miro
sin sepulcro en los campos de batalla!

¿Qué fue de aquellos que estreché las manos,
que quise como hermanos
en otros tiempos y mejores días?
¿Dónde están? ¿Cuántos son? ¿Por qué se vedan?
¡Ay! ¡De ellos sólo quedan
ilustres sombras y osamentas frías.

¡Todos murieron en la lucha fiera
al pie de su trinchera,
víctimas nobles de un brutal encono;
y hoy Honduras, cometiendo excesos,
alza, sobre sus huesos,
en despotismo asolador su trono!

A los malvados que a su pueblo oprimen
con el crimen, el crimen
ha de poner a sus infamias coto,
o volarán, odiando y vencidos,
del solio, conmovidos
por un social y breve terremoto.

Vendrá la redención… Me voy en tanto.
la noche tendió el manto
por la callada inmensidad del cielo,
y cual del sol enamorada viuda
melancólica y muda
vierte la luna un resplandor de duelo.

La fresca brisa con su beso alivia
mi frente que arde, y tibia
aspiro una ola lánguida de aromas,
¡Efluvio de mis rústicos alcores!
¡Hálito de mis flores!
¡Emanaciones de mis verdes lomas!

Queda la Isla del Tigre tras la quilla
del vapor: el mar brilla
salpicado de espumas luminosas,
que se encadenan y que se forman luego
mil culebras de fuego
sobre las negras aguas temblorosas.





El pordiosero y el dios (cuento de León Leiva Gallardo)

  ¿Qué buscan los viajeros del mundo? Acaso son dioses venidos a menos, convertidos, disfrazados de príncipes o de pordioseros? Se dice que,...