sábado, 29 de enero de 2022

Los hijos de Lamec

Mira que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros
al conocer lo bueno y lo malo...

                                    GÉNESIS 3:22


Qué difícil es recordar. Los recuerdos más profundos están en el mismo lugar donde se guardan las penas. Por eso cada recuerdo trae consigo su respectivo sentimiento. Por eso es raro recordar sin sentir, aunque a veces se sienta sin recordar.

    Un rostro conocido entonces suscita sentimientos. Cuando lo vimos entrar a La Posada, esa noche de abril, sentimos que sus pasos traían caminos recorridos. Cuando vimos su piel pálida y sus siempre amarillentas retinas, sentimos la misma pena que nos había colmado el día en que lo corrieron de la casa, por mal agradecido, por vago, por suicida. Después de las hincadas del veneno, después de los sermones, después que le dijeran tísico sinvergüenza, Arsenio se tiró al mar y metió su cara contra las piedras del viejo del malecón. Cuando salió sonriendo, empapado de agua y de sangre, no supimos qué hacer ni qué decir. Se había cortado la frente, las cejas, la nariz, los labios, los pómulos, y Arsenio sonreía, como si le pareciera gracia. Pero nosotros sabíamos que no había sido una gracia, como no había sido gracia tampoco el tirarse del carro aquel Jueves Santo.

    Por eso, en la noche de abril, cuando lo vimos entrar a La Posada, cuando se sentó enfrente y nos dijo que si nos acordábamos de él, y cuando le contestamos que no, por lo incómodo que era recordarlo, entonces, cuando ya comprendíamos mejor que todos sus accidentes habían sido en verdad intentos de suicidio y comprendíamos mejor que nunca había sido un mal agradecido, ni un vago, ni un sinvergüenza, sino que solamente un huérfano suicida, cuando por todo eso, en esa noche de abril, lo despreciamos de nuevo con las simples respuestas condescendientes que se le dan a alguien que sólo quiere probarnos, Arsenio se dio cuenta que las cosas no habían cambiado, y de la misma manera lenta que entró y se sentó, de la misma manera se levantó y se marchó, dejándonos un sabor tibio y amargo entre los dientes y la lengua. Pues fue más fácil despreciarlo de nuevo que haberle pedido perdón por algo que no entendíamos del todo. Aunque esa noche nos dimos cuenta que la culpa es parte de la misma ascendencia, como lo es la sepa, el orgullo y todo lo que se siente y se posee.

  Cuando lo vimos dar la vuelta a la esquina, esa noche de abril, no nos pudimos ver a los ojos, porque en ellos encontraríamos lo que no queríamos saber. Mi hermano Jabal y yo nos levantamos lentamente también, como siguiendo un camino, y salimos de La Posada en dirección opuesta, lejos de los caminos recorridos por Arsenio, de los intentos fallidos del bastardo, como le decíamos.

    A lo lejos, en la calle desolada, se escuchaban los pasos en las paredes de las casas. En el fondo de la conciencia, como la cabeza de un muerto, pesaba la pena contra el pecho. Mi hermano y yo, un solo de pasos idénticos, huíamos en silencio. La maldad se iba anidando muy adentro. Éramos jóvenes entonces y la maldad apenas comenzaba, como comienza todo, con algo de inocencia, mas sin dejar de ser bajeza.

Es abril y siento, cruel, que un solo sentimiento cunde mi alma. Abril repite el mismo viento de cuaresma. Desde esta soledad, sin la sombra que se acompañaba de mí, lo recuerdo todo, poco a poco todo: así llega la sentencia.

    Era el mismo lugar de siempre, todo alrededor una insinuación, la música lejana, las figuras inciertas, el acecho de temor en la garganta. Entonces estaba picando el hielo, mis manos, el aserrín y la mujer que lo había pedido dando una vuelta: mi mano izquierda se me durmió de frío, de dolor la derecha. Era abril y cruel soplaba el viento de cuaresma. Gracias dijo la mujer, dando más vueltas y, ya ni se te puede hablar, y entre dientes, fariseo de mierda.

    Sentado en la mesa, las hincadas del hielo todavía en la conciencia. De nuevo pensé en el dolor que todavía recordaba. Cómo aquella tarde de abril también, pero en mi infancia, lo vi abrir las persianas, abrir la valija, la boca en un bostezo, y mi envidia. Porque había traído a mi padre una mejor ofrenda, unas manos repletas de humildad: maldito seas guanaco, mirá cómo te ven los ojos del becerro con que hicieron esa valija de cuero, y salir corriendo vestido de marino, de birrete blanco.

    Jubal y Jabal, vengan para acá, mi padre a través de sus bifocales, pórtense bien con Arsenio, que ahora él es como de la familia.

    Desde entonces yo me porté bien, porque desde entonces intuía bien. Fue mi sombra, mi piel, el mayor, Jabal, el que se portó mal. O recuerdo mal. Si no recuerdo mal, Arsenio payulo no decía malas palabras, Arsenio el pecoso no desobedecía; pero a veces me quedaba viendo con ira que ni él mismo comprendía. Solamente no nos queríamos, solamente éramos enemigos, sin decirle a mi padre. Así fue como se empezaron a perder las cosas que Jabal le metía en la valija, la ropa usada que le habían regalado y que Jabal, aquí te manda Arsenio, al ciego de la esquina. Así fue como empezó a toser y a escupir sangre sin que nadie más que nosotros lo descubriéramos. Así fue como Arsenio se volvió sinvergüenza y mal agradecido. Y entonces llegó el día del paseo y sentados en la cabina trasera del carro, la puerta se abrió sin Arsenio que la detuviera, guanaco travieso, charlatán, mal portado. Pero Arsenio no entendía y seguía portándose mal, hasta el día que se tragó una bolsa de Malatión y qué dolor en la panza don Lamec, qué dolor en la panza Jubal, hasta que Jabal se reía porque yo le decía que Arsenio era invencible, miralo como se ríe después que le pasan las cosas, miralo cómo se ríe, como los tontos cuando les pegan, como si no le doliera el dolor. Jabal se moría de la risa, mi sombra, mi piel, mi pobre Jabal.

    Por eso me duelen las manos de frío de hielo y aserrín, mientras la concubina me mira de reojo desde el mostrador y yo recuerdo a solas las cosas que han pasado como si pasaran hoy día de abril cuando el viento sopla más feo y pendenciero. Miro mis manos vacías, sin frío de hielo y aserrín la izquierda, sin el recuerdo del dolor del punzón en la derecha. Sólo mis manos vacías, sin nada que dar a nadie, mas inseguras y voluntariosas, como si tuvieran vida propia.

Es abril de nuevo y cruel recuerdo todo. He quedado solo, sin mi sombra y mi piel, he quedado vagando y a la vez en el mismo sitio porque también sufro del don de la ubicuidad. Desde este encierro recuerdo y cruel abril se pega a los cuerpos como un manto, como un sudario que cubrirá los rostros para siempre.

    No es fácil recordarlo, para eso tengo que escarbar muy hondo. Ahora desde mi encierro, cuando no hay nada más que hacer y después de haber recorrido tantos caminos, lo recuerdo. Sus pasos a lo lejos, su manera de acompañarse a solas, su fiel complicidad en todo lo que yo hacía, su soledad aliviada por la mía. La mía, que se vio agobiada cuando apareció, por primera vez, el otro, el bastardo, un día de abril, cuando apenas entendíamos lo que insinuaba; pero aun así sentíamos el desprecio, por su cara pálida y sus pestañas amarillas. El día de abril cuando le dije tísico por primera vez y cuando me lo creyeron porque convencí a Jabal a que mintiera y dijera que tosía a solas y escupía sangre a escondidas. Lo recuerdo asustado a mi hermano Jabal, el que robaba cigarros y los ponía en la valija de Arsenio, el que mentía, diciendo que Arsenio regalaba la comida y la ropa a los pordioseros porque no quería sobras, el que me obedecía a todo y en todo. Lo recuerdo. Lo recuerdo el día del paseo cuando Arsenio se tiró del carro y yo lo convencí que dijera que él mismo lo había empujado por accidente. A mi hermano Jabal, el que obediente calló la verdad por mucho tiempo, lo recuerdo. Lo recuerdo afligido el día que Arsenio se tiró al mar contra las piedras del viejo malecón, porque yo le había jurado que en el malecón había un boquete por la parte más seca, pero que para entrar tenía que hacerlo de picada como lo había hecho Jabal, mas con la diferencia que mi hermano sabía en qué momento cambiar de dirección para no chocar con las piedras. Lo recuerdo a mi hermano, afligido, porque también tuvo que decir que Arsenio se había tirado por gusto, como también por gusto, había tenido que decir, se tomó el Malatión.

    Lo recuerdo tan obediente, al que caminaba siempre a mi lado como la sombra, lo recuerdo paso a paso, día a día y año en año. Hasta el día en que me traicionó. La primera y última vez que me traicionó, esa noche de abril, también cruel, cuando al dar la vuelta a la esquina comenzamos a escuchar unos pasos que no eran los míos ni los suyos, sino los de Arsenio que nos había emboscado detrás de la iglesia, navaja en mano. Lo recuerdo a mi hermano, cobarde, que al ver la navaja confesó lo que no tenía que confesar. Mi hermano Jabal, que llorando procuró su vida, mientras que yo tuve que hincarme y pretender pedir perdón al bastardo que, confiado como siempre, descuidó su costado y mientras vacilaba en meterme la navaja o no, yo le ensarté el punzón del hielo por las costillas. Y, mientras tanto, mi hermano Jabal corría. Lo recuerdo tan bien, a mi pobre hermano que creyó que con correr se salvaba. Porque lo vieron correr después del grito de Arsenio, yo me limpiaba las manos con la verdad y le explicaba al policía que yo lo había matado y no mi hermano; y le insistía al otro policía que yo y no mi hermano que, asustado, había salido corriendo, que sólo yo, y no él, había matado a Arsenio. Lo recuerdo, lo recuerdo tan bien, esa noche de abril, cuando me esposaron hasta que no apareciera Jabal y cuando —aunque les insistía que había sido yo y no él— ellos más se convencían de que yo mentía, que yo mentía para salvar a mi hermano, y me cuestionaban y ponían en duda mi palabra, hasta que yo les contesté que si acaso yo era el guarda de mi hermano, esa noche de abril, cruel, lo recuerdo tan bien, a mi hermano, que cayó por cobarde esa misma madrugada cuando le aplicaron la ley de fuga.

    Desde este encierro lo recuerdo todo, aunque no es fácil recordarlo porque todavía queda algo de pesadilla. Desde este encierro todos mis caminos recorridos, todos los caminos que tarde o temprano encuentran su medida. Desde aquí calculo mi fuga y voy a esperar más a que la noche se alargue. Tanto he pasado que esta noche no va a ser la última, porque, aunque lo diga a solas sin la sombra de mi hermano, sigo siendo el mismo, el mismo de siempre, nada más que siento que con el pasar de los años, aquí, en el lugar de los recuerdos, en vez de haber penas puras y más penas, ahora sólo quedan tiempo y heridas. Porque tengo el alma encallada de heridas. Porque mi encierro es la verdad dicha a tiempo, porque mi encierro es el silencio, porque mi encierro es libertad.

                                                                 (León Leiva Gallardo)





sábado, 15 de enero de 2022

Gyllenhaal, más allá de Ferrante

 Olivia Colman en el film La hija oscura

Sabido es que, generalmente, el cine simplifica y a veces hasta mutila la literatura. Y bien, este no es el caso de La hija oscura (The Lost Daughter, 2021) de la debutante directora Maggie Gyllenhaal. La adaptación de la novela de Elena Ferrante, La Figlia Oscura (La hija oscura, 2006), en manos de Gyllenhaal es fiel en cuanto a trama; aunque la directora, quien escribió el guion, hizo algunos cambios de ambiente geográfico y cultural; pero más importante aún, contribuye enormemente con la complejidad psicológica de la protagonista. Y qué manera de debutar tras las cámaras de esta veterana actriz estadounidense. 

De antemano confieso que tuve que ver la película en dos sesiones, porque me sentí incomodado por el personaje de Leda y la tremenda actuación de Colman. No hay duda que esta es la intención de la directora, cimbrar conciencia de algo que pasa desapercibido por tenerse como natural: la crianza de los hijos e hijas como deber exclusivo de la mujer. Pero mi incomodidad no se debe a la idea de la liberación, sino a las desbordantes, insensatas y hasta agresivas reacciones del personaje principal al ser invadida por sus recuerdos y complejos (su cleptomanía). Como lo mencioné, Gyllenhaal lleva a este personaje mucho más allá de la inconformidad. Leda sufre un desdoblamiento que en la novela no se describe tal como se manifiesta en la película. El cine, incluso, más que el teatro, tiene la gran ventaja de la cámara ubicua para centrarse, sin mucha dificultad, en las mínimas fluctuaciones del rostro, las gesticulaciones. No que la narrativa carezca de esta facultad de describir hasta el más diminuto gesto, sino que, como lo dije, Ferrante no se detiene en ese tipo de puntillismo psicológico.

Elena Ferrante es una nata contadora de historias, no es escritora de literatura difícil, pero sí maneja las ambivalencias y las connotaciones con suprema economía del lenguaje. El abandono de las hijas en la novela es descrito como un acontecer planificado, por una mujer culta en busca no sólo de independencia profesional, sino también de liberación como mujer, punto; sin entrar en muchos detalles emocionales o intimistas. Quien lea la novela buscando a la Leda de la película, se va a llevar la sorpresa de encontrarse con una persona descomplicada quien toma decisiones pese a las consecuencias. Para ilustrar el ingenio narrativo de Ferrante, en una parte crucial, la narradora (en primera persona, o sea Leda), luego de explicar cómo se fue desesperando por el constante neciar de su hija Bianca, comienza a describir el juego de la muñeca embarazada, a sacarle el agua negra del estómago y descubre que estaba preñada de un gusano de arena. En cuanto a metonimia, mejor imposible. El abandono de sus hijas se debió a su desilusión, como lo explica, al descubrimiento libertador de que no había nada sublime en el acto de dar a luz y menos en el deber de criar a sus hijas.

Gyllenhaal retoma estos efectos “prosaicos” y los lleva a la pantalla grande, no como los describe Ferrante, sino como los describiría Virginia Woolf o Clarice Lispector (maestras de la narrativa poética). He ahí el gran aporte al desarrollo del personaje de Leda de Gyllenhaal. También, debo mencionar, y esto es importante. La novela se centra más en la dinámica familiar entre Leda y sus hijas y de cómo poco a poco anegan sus objetivos como profesional y como mujer cual ser íntegro, más allá de las asignaciones maternas que le impone la sociedad. En la película, como es obvio, la cámara persigue a Leda, la ausculta, la analiza, hasta verla desbordarse ya sea en lágrimas de frustración o en arrebatos que sacan el agua negra que lleva por dentro. En la novela vemos más a Leda joven y liberada tomando decisiones; en la película tenemos a Leda en la madurez y acosada por instancias de arrepentimiento. Porque la cuestión de la mujer madre ante la mujer totalmente libre no se resuelve (como no se resuelve en la vida).

Siguiendo por la misma veta, la que nos aproxima a la factura del personaje por medio de efectos poéticos, es imprescindible en la película (en la novela no se alude) la referencia directa al mito de Leda y el cisne, a través del poema de Yeats del mismo nombre. Aquí se evidencia el magisterio de la composición, cuando Gyllenhaal añade la escena en que Harding y Leda hablan de su nombre, y Harding le recita parte del soneto en italiano (Leda es profesora y traductora de literatura). La analogía es inevitable Harding es, en ese momento de rendición para Leda, un dios vestido de profesor y no tarda mucho en “violar” a Leda. Magnífica la disposición de lecturas. En el soneto de Yeats, Leda más que violada, es seducida. Asimismo, en la trama de la película, Leda prácticamente se le entrega, apasionada tanto por el arte como por la personalidad. Un análisis más invasivo nos lleva al mito y nos recuerda que Leda tuvo dos vástagos, Pólux y Helena (nótese que la hija de Nina de llama Elena). De manera que Leda mítica fue madre por la violación de Zeus, léase una imposición del patriarca mayor. Es interesante, de pronto hasta oportunista de mi parte, traer a colación las reclamaciones de las feministas radicales que consideran toda intervención autoritaria como violación (“El violador eres tú”, reza el himno). No me parece una hipérbole o un estado de histeria (mala palabra), de ninguna manera, el hecho que una mujer se sienta violada tanto por los hombres como por las instituciones, comenzando con el sagrado matrimonio (cuya etimología remite a la matriz). 

Acaso Leda no rechaza, tanto en la novela como en la película, su condición de matriz de por vida. Acaso no queda más que insinuado el hecho que la crianza de los hijos e hijas debe ser de ambos progenitores o de la pareja. Leda no abandonó a sus hijas, las dejó con su padre y luego él las llevó con los parientes de Leda. Bien sabemos que al patriarca no se le ve atormentado sólo por el abandono o la separación de las hijas, sino porque Leda lo deja. Nótese que la figura del hombre tanto en Ferrante como en Gyllenhaal es lastimera. En la novela, Leda lo dice abiertamente, que siente lástima por lo infantil que son los hombres al demostrar su hombría.

Reitero lo de la anatomía, el origen de la palabra matrimonio: matriz. Ese vínculo anatómico es lo que punza en el vientre de Leda al final de la película. Sus hijas sobrevivieron y de pronto hasta superaron dicho abandono, mas Leda quedó herida y penitente, aunque sonría y pretenda estar bien, su vida fue partida en dos —madre o mujer—, y en esta interpretación del mito no existe reconciliación.

                                                                        (León Leiva Gallardo) 


martes, 7 de diciembre de 2021

Rafael Cuevas Molina / Polen en el viento: Los otros migrantes



Rafael Cuevas Molina (Guatemala, 1954) Destacado historiador, escritor y artista plástico. Licenciado en filosofía y magíster en historia cuyos estudios ha llevado a cabo en Rumanía y Costa Rica. Doctor en Historia por la Universidad de La Habana, Cuba. Connotado investigador y especialista en problemáticas y temas referentes a la construcción de identidades culturales y nacionales en América Latina y, especialmente, de Centroamérica, ha publicado numerosos artículos, libros, ensayos, novelas, poemarios y ha realizado exposiciones de sus obras plásticas en Costa Rica, Guatemala y Cuba. Ha publicado siete novelas: Vibrante corazón arrebolado (EUNED, 1998), Al otro lado de la lluvia (EUNA, 1998), Pequeño libro de viajes (EUCR, 2000), Los rastros de mi deseo (Editorial Cultura del Ministerio de Cultura de Guatemala, 2001), Recuerdos del mar (EUNED, 2002), Una familia honorable (F&G Editores y EUNED, 2005), Visita al poeta (EUNED, 2007).







Trasfondo histórico

Por muy delicado y poético que suene el título de la novela de Rafael Cuevas Molina, una vez dilucidamos sus partes, de inmediato advertimos las implicaciones: los riesgos del hacer suerte en otro país, porque no todos los suelos son un lecho de flores; y, lo más impactante, porque no han sido vientos sino vendavales los que han venido arrastrando a los miles de Centroamericanos que han tenido que huir de la violencia y sus consecuencias a causa de las guerras civiles durante las décadas de los 80 y 90. Mortíferas décadas que además de la devastación de poblaciones enteras, también comprenden uno de los éxodos masivos en la historia de Latinoamérica. La mayoría de nosotros está muy bien informada de la migración norte de guatemaltecos, salvadoreños y últimamente hondureños (en otras circunstancias), pero pocas veces reflexionamos sobre la otra migración, la migración sur de los nicaragüenses que han buscado refugio tanto económico como político en Costa Rica desde los inicios de la revolución sandinista hasta nuestros tiempos. Y he ahí el tema de la más reciente novela de Rafael Cuevas Molina, un conocedor de la historia de nuestras golpeadas hermanas repúblicas.

Primaria ha sido la experiencia de quien ha vivido en Costa Rica por 37 años. Quién mejor que el autor para comprender de discriminación y sufrimiento (aunque no sea personalmente) como también amparo, tolerancia y hermandad de parte de los anfitriones. Esa misma experiencia, que podemos llamar íntima, de pronto lo motivó a escribir el drama particular de una familia nicaragüense que, ante las circunstancias de pobreza, decide migrar a Costa Rica. Así es, los nicaragüenses, los otros migrantes, conocen bien de ese otro peregrinaje al país hermano que durante la revolución y luego la guerra de los Contras les tendió la mano, en los momentos más críticos de los conflictos armados, cuando los nicaragüenses, víctimas del sabotaje más vil, se veían acorralados por la indigna y servil colaboración de las Fuerzas Armadas de Honduras con los Contras, ambos bandos financiados y armados por Estados Unidos.

Luego de ser urgencia, la migración sur se volvió tendencia. Cerca de 300,000 nicaragüenses residen en Costa Rica en la actualidad. Según informes del Instituto Nacional de Estadística y Censo (CINEC), la migración de nicaragüenses a Costa Rica siempre se dio, pero se aceleró vertiginosamente entre los 90 y el 2000. La última ola migratoria se aceleró en el 2018 con la crisis política y la violencia a causa de la dictadura de Ortega-Murillo. No obstante estos datos que los reproduzco para presentar un trasfondo histórico-demográfico, debo mencionar que la novela no trata de cuestiones migratorias propiamente, sino del efecto emocional y psico-social que este fenómeno ha tenido en las vidas de personajes —de una familia en particular—, que sin duda son reflejo de la realidad.

 

La novela como revelación de tragedias personales

Bien sabido es que el arte de novelar nuestra realidad ha sido un oficio obligatorio para muchos escritores centroamericanos. Los informes y las estadísticas deshumanizan y hasta trivializan el sufrimiento humano. En el caso particular del tema migratorio, en ningún momento concebimos la complejidad emocional y psicológica de la experiencia migratoria al leer ensayos o artículos periodísticos y menos a través de informes estadísticos. Razón por la cual de primeras advertí el valor de esta obra que resulta ser un perfecto ejemplo de la intrahistoria. Rafael Cuevas Molina nos describe, con detalles confesionarios de parte de los personajes, el efecto inmediato que tiene la historia contemporánea en el individuo, en la familia, en la identidad tanto personal como nacional. Debo mencionar que, siendo el autor un reconocido historiador, ensayista, novelista y estudioso de la cultura centroamericana, no me sorprenden los conocimientos que fundamentan esta obra, pero sí me asombró la minuciosidad afectiva (que uno no espera de un intelectual) con la que describe los aspectos psíquicos y emocionales de estos personajes. La novela tiene el valor agregado del lirismo y el alma que buscamos, el pathos que procuramos interiorizar al leer todo trabajo literario.

La novela está estructurada en siete partes, cada una de cuales relata en primera persona y en tercera persona las experiencias de cada miembro de la familia, tanto en Nicaragua como en Costa Rica. De manera que tenemos breves capítulos a modo de relaciones personales que en la mayoría de los casos es desconocida por el resto de la familia, conformando toda una trama de complejidad psicológica.

La historia de la familia comienza con la relación de Rebeca, la hija mayor, quien desde un inicio nos presenta al que considero el personaje implícitamente principal (aunque en ausencia). Jorge Maradiaga Salvatierra, el primero de la familia en migrar a Costa Rica, no sin antes cavilar y vacilar ante todos los riesgos, es el centro de convergencia no por ser un arquetipo del patriarca (porque no lo es), sino porque yace en su lecho de muerte y su condición ocupa y preocupa sobremanera la vida de su esposa y sus hijos. Debo mencionar que, no obstante la formidable posibilidad de haber escrito una novela centrada en el “patriarca” en su lecho de muerte, Cuevas Molina optó por una exposición democrática del núcleo familiar no sin perder de vista el objetivo de representar la insignificancia del individuo ante los obstáculos de la sociedad. La obra cumbre sobre un patriarca en su lecho de muerte que se me vino en mente, sólo al leer la segunda parte correspondiente a Maradiaga, fue La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, novela que trata, entre otros temas, de la participación del protagonista moribundo en la revolución mexicana. De similar manera, utilizando varias técnicas narrativas, en una de las primeras representaciones, casi delirando, el personaje Maradiaga relata en monólogo interior:

Aparecen junto a mi cama de hospital los muertos de entonces, eternamente jóvenes y entusiastas, irreverentes, creyendo fervientemente que por fin habíamos llegado al cielo prometido, a la tierra de leche y miel a la que cantábamos en los himnos.

Oigo con tanta claridad los bombazos y los gritos que casi se me zafa el tubo que tengo incrustado cuando vuelvo la cabeza. ¿Por qué no pienso en Victoria y en mis hijos que son lo más importante del mundo? No lo sé, no tengo capacidad para comprender lo que me pasa […].

La tremenda ironía de haber sobrevivido la guerra de los Contras para luego perecer ante el virus del Covid, en patético anonimato, es un efecto que se va desarrollando en silencio por los demás familiares para no exponerse a más discriminación. En cuestionas de trama, no pudo haber aspecto mejor logrado por Cuevas Molina que crear un personaje en circunstancias de ser víctima del virus de nuestros tiempos y a la vez no convertirlo en protagonista. He ahí lo que para mí es la variante bien lograda de la composición de esta novela. Porque un novelista es un compositor que orquesta ya sea un poema sinfónico de un solo tema y tono o una obra polifónica. Polen en el viento es una novela polifónica, sin caer en excesos del lenguaje o de los puntos de vista narrativos. La segunda parte, como ya mencioné, describe la peripecia de Maradiaga y revela la agonía no sólo personal sino también de una noción de patria. Desde su lecho de muerte, Maradiaga delira y se cree aún en trincheras. Compuesto por varios capítulos, esta parte también describe (en tercera persona) tanto su participación en las milicias sandinistas y su desilusión al verse inmerso en contradicciones, conflictos internos de los sandinistas y hasta planes de sedición a las que nunca cedió. Esta parte es crucial y comprende la causa histórica que lleva, primero a la fragmentación de la familia y luego a la reunión de la misma, pero ya en otra tierra, en lo que podríamos llamar el exilio económico.

No quiero elucubrar sobre las posibilidades narrativas en el caso que Cuevas Molina hubiese decidido que Maradiaga fuera el narrador central, pero el hecho que no cedió a ello supone una visión más abarcadora de la experiencia emocional y psicológica de los miembros de la familia, centrando el asunto en el duro encuentro de los mismos con la realidad de ser personas no gratas en la sociedad costarricense. Todos los miembros de la familia reflexionan sobre la difícil situación económica, social y emocional en un país que los tolera, pero donde mucha gente los desprecia. La condición de clase pobre de esta familia los expone a las bien conocidas relaciones de poder. Todos se ven en apuros por realizar sus objetivos, los padres por brindarles una mejor vida a los hijos y los hijos por realizar sus metas personales y académicas.

Como ya se mencionó, todo acontece alrededor del padre quien, como agravante de la situación precaria en la que vive la familia, yace agónico a causa del virus en una cama de hospital, razón por la cual nadie lo puede visitar. Su esposa Victoria está al borde de perder la cordura y los hijos se desdoblan emocionalmente con el temor de perder a la persona que se sacrificó por darles una mejor vida. Me pareció un acierto de parte de Cuevas Molina introducir el efecto dramático que tiene la pandemia en la trama familiar, sin hacerla del todo el tema central. Dado que el hecho de ser nicaragüense y encima estar infectado del virus, pone en peligro a toda la familia. He ahí el momento peripecia, lo que hace de esta novela una tragedia familiar, una tragedia que se va desencadenando a través de los años, gradual y penosamente, narrado todo en retrospecciones y en actualizaciones. A medida que leemos sentimos la abrumadora situación que va creciendo y acosando a los que ya sienten que han perdido el amparo buscado en su imaginada tierra prometida: por una parte, la angustia de la madre y por otro el trastorno de los jóvenes quienes son los que más tratan con los costarricenses (el antagonista colectivo en la novela), se abisman hacia un final anticipadamente temido.

Los menores de la familia, reflejan más el desdoblamiento psicológico. Tanto Rebeca como Darío, el hermano menor, sufren de problemas de identidad. Por haberse criado más en Costa Rica pasan por ticos (perdieron el acento nica), pero en el fondo sufren el estigma social. Rebeca parece superar estos conflictos internos, se siente de ambos países, pero aun así oculta mencionar que es nicaragüense. Como se manifiesta en el caso de Darío, quien teme perder a su novia costarricense, encima de ser nicaragüense, siente que el tener a un familiar infectado del virus, lo destruiría por completo, que esto sumaría a las otras razones de ser el menoscabado chivo expiatorio. Con la pandemia la familia entera vive atemorizada de ser descubierta y ser agredida. Todos se sienten observados y vigilados.

La cuarta parte de la novela se ocupa de los orígenes de la familia. Victoria, la esposa de Maradiaga, llena el espacio maternal y emotivo del núcleo familiar. Su personaje, en un estado de angustia por la posible muerte de Maradiaga, encarna el dolor que todos los demás encubren. Siempre sufrió por la ausencia de Maradiaga durante la guerra, pero ahora en el presente sufre su angustia mayor al saber que él puede morir sin siquiera poder verlo. Victoria no es un personaje sin sus propios méritos heroicos. Ella también participó en la fundación de la nueva sociedad nicaragüense. Siendo maestra participó en las campañas de alfabetización y fue durante estas expediciones a la frontera con Honduras donde conoció a Maradiaga. Es notable, como sucede en muchas familias latinoamericanas, cómo todo tiende a gravitar alrededor de la mujer en casos de aflicción emocional. Victoria es el nervio familiar y su condición no le permite figurar o emprender. En Victoria recae el peso de todo lo que sufre la familia, las necesidades básicas, la agonía de Maradiaga y los complejos de sus hijos (ella sabe pero calla todo). Es en ella también se advierte más el sentimiento de impotencia. De ninguna manera el personaje de Victoria es llano o pasivo. Victoria demuestra más complejidad psicológica y capacidad de superar adversidades. Pasa de ser maestra en Nicaragua a ser empleada doméstica, y contiene sus padecimientos y pesares para no afectar a sus hijos. Victoria sobresale entre todos como la persona con más entereza, pese a que a veces se desmorona emocionalmente. Y es este el aspecto que permanece en suspenso, porque todo parece dirigirse a un final inevitable. La gran interrogativa es: ¿En qué terminará esta desafortunada familia?

Antes del final, se presenta un personaje terciario, Melania, la novia de Darío. Es notable que, a diferencia de las representaciones de los miembros de la familia propiamente, la caracterización de Melania se siente forzada, casi una intromisión. El tono de la narración incluso carece de la emotividad y del efecto catártico con que están esbozados los otros personajes. El estilo narrativo es más expositivo que novelesco y esto a mi ver opaca las virtudes narrativas del autor, aunque no afecta la intención de exponer la situación de conflicto reprimido. En esta sexta parte, se describe la familia disfuncional de Melania y el desprecio que su madre Andrea tiene para con los nicaragüenses. En una ocasión, Melania le comenta a Darío, que su madre “ve nicas contagiados por todo lado…”. Es notable que la función de esta parte es, además, presentar lo superficial que es Melania (de pronto estereotipo de la tica bella), pero más que todo sacar a superficie la actitud que tienen muchos costarricenses para con los nicaragüenses.

Grave también el hecho que Darío ha ocultado su verdadera identidad y a menudo tiene que escuchar los comentarios discriminatorios y ofensivos de su suegra, los cuales siempre acusan a los nicaragüenses de ser los culpables de traer el virus a Costa Rica. En el último capítulo Darío decide revelar parte de su secreto a Melania, que su padre está infectado del virus. Aquí entonces culmina todo con un decaimiento del estado de ánimo tanto de Darío como de Melania. Darío se distancia. Todavía guarda el secreto mayor, que es nicaragüense.

En la séptima y última parte confluye todo en la gravedad de Maradiaga y la angustia de Victoria. Nada parece haberse resuelto en la familia, todo lo contrario, se ha complicado. Vale mencionar que debido a la experiencia que tiene Cuevas Molina en el arte de novelar, esta historia de familia nunca cede a lo melodramático. Polen en el viento exterioriza un tema que debe ser penoso secreto de familia para muchos, tanto para nicaragüenses como para costarricenses. Debo agregar que en ningún momento el narrador en tercera persona (el médium del autor) ataca con represalias personales a los costarricenses. El autor se distancia debidamente, como todo buen escritor, del objeto de la denuncia; porque la novela por ser ficción no deja de denunciar el injusto trato que reciben muchos nicaragüenses migrantes. No hay duda que Polen en el viento es una novela esencial para comprender, desde la intimidad, la experiencia de ser nicaragüense pobre y migrante en Costa Rica. Y la novela cumple a cabalidad con aquel precepto del arte poético de Horacio, de ser una obra dulce et utile.

                                                    León Leiva Gallardo

 

sábado, 6 de noviembre de 2021

PATERSON / DE POETAS REMISOS

 

La mayoría de las películas de Jim Jarmusch describen la vida de personajes solitarios que pasan por un momento o un periodo absurdo de su vida. Paterson (2016) es un ejemplo exacto, como también fue Broken Flowers/Flores rotas, 2005. Como sabrán, Jarmusch se dio a conocer con el público en general con sus dos grandes producciones: Deadman y Ghost Dog: The Way fo the Samurai. Paterson, que es una producción menor y de limitado presupuesto, afirma el ingenio de hacer buen cine con pocos recursos, gracias al excelente reparto: el magnífico actor Adam Driver (Paterson) y la versátil actriz iraní Golshifteh Farahani (como Laura, su esposa).

Desde Strangers in Paradise (Extraños en el paraíso), con el que obtuvo el Caméra d'Or en 1984, este adusto director del estado de Ohio, se ha convertido en el productor de cine independiente por excelencia. Jarmusch es un sigiloso y recatado narrador de ambientes y tramas absurdos, a menudo intervenidos con humor seco y con cierto desafecto.

Este es el caso de Paterson, anecdotario sobre un personaje marginal, un poeta insulso y de poco talento, quien lucha diariamente con su estancada existencia en un pueblito de su mismo nombre (Paterson, New Jersey). Vale mencionar que estos elementos de coincidencias intencionadas de Jarmusch (como los encuentros con gemelas durante los siete días de la semana) conforman lo absurdo, ya que el poeta favorito de Paterson es William Carlos Williams, autor del extenso poema “Paterson”. El ensimismamiento, el solipsisimo, de Paterson no podría llegar a más extremo en un mundo rodiado de Patersons.

Todo se va agravando a medida que pasa cada día de la semana. El primer indicio fue su encuentro con una niña de unos 12 años quien le lee su hermoso poema que a él, con su limitado talento, nunca se le habría ocurrido. Paterson queda pasmado y de pronto (me parece) se da cuenta de su mediocridad. Paterson lo memoriza y se lo recita a su esposa, quien, con típico politeness, el amable consentimiento de los estadounidenses, le dice amorosamente que él también es un gran poeta. Laura es tan amorosa como diligente como ama de casa y con ciertos talentos (cuestionables). Laura (léase la de Petrarca) es en el fondo la culpable del continuo desaliento de su querido esposo. Y Paterson le sigue escribiendo poemitas en su atesorado cuadernillo de apuntes.

Jarmusch es despiadado y en cada día de la semana reanuda la rutina de Paterson con escenas dulzonas de parte de Laura, quien le insiste que él es un “gran” poeta y que debe, por lo menos, hacer fotocopias de sus poemas (los que escribe en un cuadernillo que lleva a todas partes). Paterson le promete que lo hará, pero no antes que, en un momento de humor patético, su perro le destroza por completo el cuaderno. Ese día Paterson pierde su obra completa. Aunque Jarmusch practica el recato, la templanza, cauterizando toda herida antes de que se derrame el sentimentalismo, la vida interior de Paterson ha sido destrozada.

Al final de la película, Paterson se va a caminar a solas y se encuentra con un turista japonés: un seguidor de William Carlos Williams en busca de anécdotas sobre el poeta. Paterson le pregunta al turista si es poeta y el turista le afirma que sí y que por eso ha viajado a esa ciudad. El turista, luego de conversar mucho sobre la poesía y al darse cuenta de que Paterson sabe mucho de los grandes poetas, le pregunta a Paterson: ¿Y tú? ¿Eres poeta también? Y, en un momento de resignación, Paterson le responde algo dubitativo: No. No, no soy poeta. Soy conductor de autobús.

A propósito de los poemas que se usaron en el rodaje, son del poeta estadounidense Ron Padgett. Debo mencionar que no soy, para nada, aficionado de la poesía fácil ni del estilo conversacional o los textos de pequeñas y banales experiencias. Me quedo con las metáforas, los símiles y toda la simbología universal. Los poemas de Padgett que se usaron eran de una banalidad indescriptible, insulsos, absurdos. En cambio, sí me fascinó el poema de la niña (Water Fall, que resulta ser la lluvia) y que fue escrito por el mismo Jarmusch. No puedo afirmar que todo el film sea un juicio literario de Jarmusch, pero definitivamente tiene todos los elementos para serlo.



sábado, 3 de julio de 2021

Amapala: De Puerto Libre a ZEDE

 

                                                                                                Puerto de Amapala (circa 1905)

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En la calle de la Santa Cruz en el barrio El Centro de Amapala, donde jugaba cuando niño, siempre vi dos vehículos estacionados: el Jeep de mi padre, Armando Leiva Streber, y el Kübelwagen de Don José María Thomé. Ambos "viejos" eran respectivamente descendientes de familias alemana y suizo-francesa, que llegaron a Amapala a finales del siglo XIX. En esos años, a finales de los 60, ni me imaginaba los derroteros de la historia y la razón por la cual dos pertrechos vehículos de la Segunda Guerra Mundial estaban estacionados en la calle donde vivía. Poco advertía que la decadencia de Amapala había comenzado con la Segunda Guerra Mundial. 

Sucedía que los hábitos de consumo de la clase media de Amapala estaban dictados por fuerzas económicas foráneas que también incidían en la cultura y hasta en la idiosincrasia. Las familias que vivían o tenían propiedades en la pequeña calle de La Santa Cruz, los suizos-franceses del último vestigio del antiguo emporio portuario (la Casa Uhler), los Lavergne, los Leiva-Barbieri, los Agasse, los Thomé, los Abarca, los Streber, todas estas familias estuvieron vinculadas a las grandes casas comerciales que dominaron la economía del sur de Honduras: la Casa Rossner, la Casa Kohncke y la Casa Sierke (en Choluteca). Estas casas comerciales en una suerte de oligopolio alemán manejaban el comercio (importación-exportación), transporte, industria maderera, minería, agricultura y ganadería en el sur de Honduras.

Mi primer encontrón con la historia como fuerza viva fue cuando soldados del ejército llegaron a pedirle, a exigirle, el Jeep a mi padre, para patrullar la isla durante la Guerra de las Cien Horas con El Salvador, en un Julio de 1969. Curiosamente, nunca más vi el Jeep de mi padre y tampoco el Kübelwagen de don Chema Thomé. Y todo pasó a la fugacidad de la memoria porque luego apareció una Willis nueva estacionada frente a mi casa. La Willis (Chevrolet) era símbolo palpable del nuevo orden económico impuesto por Estados Unidos a sus neo-colonias. Por otra parte, la "desaparición" del Jeep debió haber sido un indicio o una advertencia de los abusos del Estado. En aquellos tiempos de dictaduras militares, los civiles eran, de hecho, silenciados. 


                                        La Casa Uhler ubicada entre calles La Marina y La Santa Cruz)



Amapala es uno de los municipios más jóvenes del sur de Honduras, apenas fundado en 1833, y cuyos pobladores en su mayoría llegaron de otras partes de la región (Honduras, El Salvador y Nicaragua) y del extranjero: Italia, Alemania, Francia, Suiza, España. El fundador del municipio fue el Italiano Carlos Dardano (por concesión del presidente Ferrera). En un informe de 1838 expedido por los ingleses que pretendían apoderarse no sólo del Sur sino de todo Honduras, la isla no estaba muy poblada y los pocos habitantes eran indígenas asimilados a la cultura mestiza, quienes se dedicaban a la pesca más que a la agricultura. De manera que no existía Amapala y no había infraestructura alguna, más que las chocitas de los pocos pescadores y campesinos. Se tiene por explicación que los pobladores lencas abandonaron la isla, huyendo de los piratas (entre ellos Drake) y que por eso la isla quedó despoblada. Otra razón pudo haber sido la erupción del volcán Cosigüina, considerada una de las más grandes del mundo, y que impactó toda la zona del golfo. Se puede aducir entonces, que el crecimiento demográfico en la isla se debió a los migrantes nacionales, regionales y extranjeros que llegaron con el auge del puerto, cual ya para 1875 comenzaba a ser el más importante del sur de Honduras. 

     Cónsules europeos en Amapala (circa 1910)

Con los años, Amapala se fue convirtiendo en uno de los puertos más importantes del sur. Como todo puerto, fue lugar de influjo de cientos de campesinos, pescadores, obreros, artesanos y, lo más importante para la economía portuaria: estibadores y lancheros. Sin los lancheros y "mecapaleros" como se les llamaba comúnmente a los trabajadores que a diario cargaban y descargaban los barcos, el puerto no habría funcionado porque la mercadería se transporta en lanchas o lanchones. 



El influjo de extranjeros de clase media y clase empresarial tanto de Europa como de la región centroamericana, fue sin duda "la maquinaria" para que el puerto funcionara internacionalmente. Profesionales de todas partes prestaban sus servicios en la distintas casas aduaneras y casas comerciales. El dominio económico de los alemanes, italianos y suizo-franceses, a principios de siglo, resultó en una clase exclusiva de apoderados, asistidos por una clase media compuesta por profesionales de todas las disciplinas y una clase obrera y artesanal. Las diferencias de clase eran tajantes. Las condiciones de poder de los empresarios (sin mucha ostentación) era exclusivista. Por más trabajo que hubiera para la mayoría de los obreros y artesanos, los salarios eran patéticos y las condiciones de vida eran de pobreza absoluta. Esto era inconcebible en un país desarrollado como Alemania o Suiza; pero un país en vías de desarrollo, apenas salido del quasi feudalismo de los hacendados, se presentaba como la norma. Aunque había educación gratuita, la mayoría no continuaba después del sexto grado de primaria. En cambio, los jóvenes de la clase empresarial viajaban a estudiar a Europa y los de la clase media, en Tegucigalpa, San Salvador, o León (Nicaragua).

                 Casas comerciales y aduana                        

Para finales de los años 60 cuando yo jugaba futbol en la calle de la Santa Cruz, el gran auge había desvanecido como una era romántica de ilusos enamorados. Muchos de los "viejos" se quedaron con las costumbres de poder, pero en forma de  nostalgia. Ahora que recuerdo el Jeep de mi padre y el Kübelwagen de Don Chema Tomé, me pongo a pensar lo bella que fue mi niñez, pero porque viví los últimos buenos aires del puerto. Como niño de la clase media tenía de todo y no merodeaba en mí preocupación alguna.



Mas cuando regresé a Honduras en 1978, luego de estar estudiando en Chicago, me encontré con un puerto fantasma. En las instalaciones portuarias vueltas barracas entonces nos acosaban los navales. La clase empresarial y la clase media había desaparecido. Los navales se habían tomado el puerto. Establecieron su propia policía e intimidaban a la población con simulacros de toques de queda y ejercicios de guerra. No hay duda. Clausurar el puerto de Amapala fue la idiotez más grande cometida por un gobierno: era como reducir las fronteras marítimas del país y mucho más impactante, privarles de sustento a cientos de trabajadores. 

La decisión no fue basada en previsiones económicas, sino en intereses particulares. El ingeniado puerto de Henecán se convertiría en un drenaje de lodo que sangraría el erario del pueblo para mantenerlo a flote. Políticos apátridas de móviles personales favorecieron las ambiciones de empresarios nacionales cegados por la avaricia y de esa manera descartaron el potencial de una bahía natural, idónea para un puerto moderno, cuyas características eran similares a la bahía de San Francisco, según lo observó William V. Wells en su libro Exploraciones y aventuras en Honduras (1857). 

Desde el establecimiento del puerto libre en 1846 hasta la fatídica clausura del mismo en 1978, los gobiernos de Honduras no vieron por los intereses ni siquiera nacionales, y mucho menos por las nacesidades de la población amapalina. La iniciativa capitalista de modernización, a mediados del siglo XIX fue desaprovechada y la mentalidad concesionaria continuó hasta que la Segunda Guerra Mundial y la prevaricada "infiltración nazi", sirviera de pretexto para que el dictador Carías Andino confiscara los bienes de los alemanes. Dichos bienes fueron aprovechados por particulares o subastados a otros empresarios apátridas, entre cuales figuran ciertos nombres árabes. 

De manera que las empresas de inversión extranjera del país siempre han sido saqueadas por la clase más abyecta de la población: la clase política. De ninguna manera pretendo volver exentos de culpa a los empresarios nacionales; sabemos que son tan depredadores como los extranjeros y que hacen pactos de sangre con los políticos más corruptos. La premisa es que detrás de toda inversión, ya sea nacional o extranjera, siempre está la mano latrocina del político. Sé que peco de obviedad, mas se debe reiterar que nuestro subdesarrollo no es del todo culpa de políticas colonizadoras del Imperio; también es el resultado de la  avaricia y la bajeza de empresarios y políticos nacionales. Sépase que donde se maquina desmedido desarrollo capitalista, siempre perece el desarrollo humano. Ni el liberalismo del siglo XIX ni el neoliberalismo del siglo XXI han tenido como objetivo el bienestar de la población más necesitada.

En el año 2033 Amapala cumple 200 años de existencia como entidad municipal y las condiciones de pobreza absoluta en la isla ahora se ocultan tras fachadas repelladas y pintadas para dar el aspecto de bienestar. Las carencias de adecuada alimentación, vivienda, servicios de salud, servicios públicos (agua potable y electricidad), y educación son alarmantes. Las calamitosas condiciones de subsistencia y la total negligencia para con los niños, niñas, y jóvenes pobres en particular, abisman a una población ya al borde de la descomposición social. 

      Invasión en los escombros del Casino
Lo irónico es, y aunque sea obvio lo reitero, lo doloroso es que todo aquel aparente bienestar general de Amapala fue una suerte de incursión de apoderamiento por fuerzas económicas extranjeras que en ningún momento se les cruzó por la mente ver por el bien de los pobres de antaño tampoco. Y ¿por qué lo habrían de hacer?, si eso nunca ha sido el fin de los inversionistas. Se vendió antes y se volverá a vender el territorio nacional a cambio de una "promesa" de desarrollo capitalista. Patético es también que lo que en antaño fue auge y una esperanza de vida, ahora es una fatua nostalgia que sólo perdura en las generaciones que vimos las últimas luces del puerto. No nos dejemos llevar de nuevo por una ilusión.

Fatídica, la historia es un torbellino que sacude siempre a los más débiles. De nuevo deviene otra ola de promesas inversionistas extranjeras, denominadas ZEDE (zonas de empleo y desarrollo económico). Como historia de la infamia o infamia de la historia, Amapala, aquel idóneo puerto libre, cual podría considerarse el primer experimento de ciudad modelo: resultó ser un fracaso nacional, pero debido la injerencia misma de los políticos en cuestiones de desarrollo económico (léase latrocinio). Se debe tener en cuenta que los inversionistas europeos del siglo pasado, aunque sí recibieron concesiones, no recibieron completa libertad y mucho menos en cuestiones de gobernabilidad. A finales del XIX, la administración de Marco Aurelio Soto, unos de los gobiernos salvables del país, guardó cierto respeto por la soberanía territorial. Lo mismo no se puede decir del actual gobierno como lo demuestra el capitalismo brutal al que pretenden ceder el país.

Según un reciente informe de NACLA*,  tanto los actuales habitantes como los futuros "residentes" en estas zonas quedarán al arbitrio de un gobierno privado. Por lo tanto: "El despojo de tierras es una preocupación fundamental de las comunidades. La ley ZEDE le otorga al Estado hondureño la facultad de expropiar tierra para el desarrollo o la expansión de cada zona, lo que debe ser compensado, pero no puede ser impugnado por las y los poseedores." Además que, según el mismo informe: "A pesar de una retórica de libertad y elección, es probable que la residencia en ZEDE esté restringida, incluso entre ciudadanas y ciudadanos hondureños." De manera que es muy probable que los habitantes pobres de estas zonas sean desplazados ya sea por expropiación como por requisitos arbitrarios de residencia.

Un artículo que nos informa con detalles las irregularidades de la ley de ZEDE fue escrito por el periodista Carlos Dada y publicado por la revista EL Faro de El Salvador**. En esta nueva incursión del siglo XXI, son los miembros exclusivos de una verdadera organización criminal quienes han maquinado y orquestado la implementación de las ZEDEs en Honduras. Amapala está en la lista. Ojalá la historia no nos arrase como un vendaval inmundo, que nuestros pobladores empobrecidos no sean desterrados como los garífunas de sus morenales. A veces me pongo a soñar que, de pronto, con una economía centrada más en los servicios que en la industria o la portuaria, de pronto, los amapalinos y las amapalinas logren una vida mejor. Pero el vendaval Historia-Realidad me despierta de todos esos delirios. 

AMAPALA DICE: NO A LAS ZEDEs!


                                            (León Leiva Gallardo)

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* Informe publicado por NACLA, North American Congress on Latin America (Congreso Norteamericano sobre asuntos latinoamericanos): "Avanza un gobierno privado en Honduras" (La Carta de la Primera Zona de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE) de Honduras revela los peligros del nuevo modelo de enclave para la soberanía popular. Sitio Web: https://nacla.org/honduras-zede-gobierno-privado)

** "Honduras y su experimento libertario en el golfo de Fonseca", Carlos Dada. El Faro: https://elfaro.net/es/201704/centroamerica/20283/Honduras-y-su-experimento-libertario-en-el-golfo-de-Fonseca.htm


sábado, 19 de junio de 2021

Uno Maíz: El fruto de los dioses de León Leiva Gallardo















Mucho antes del suceder de la noche, antes del mar en suspenso, antes de las tinieblas, el mundo tenía una sola dimensión y sucedió que era el vacío. En el vacío volvería a suceder el relámpago con su hacha de luz, partiendo el espejo del cenit y el nadir. Primero el surco del relámpago, luego el golpe del rayo, después el estertor del trueno. Así se formaría el horizonte y los cuatro rumbos del mundo. Así sucederían el Padre Único, el creador y el formador, los tres latidos del Corazón del Cielo: el alumbramiento del mundo.

    Trece cuentas largas más allá de los inicios —después de los seres fallidos, los hombres de madera— en el Corazón del Cielo se imaginan dos espigas, una blanca y una amarilla. Las espigas se desnudan, se mezclan, se muelen, y comienzan a suceder las nueve sustancias que darían sangre, fuerza y tejido a la creación del hombre.

    La creatura era de belleza terrenal, hechura del cielo, del relámpago que escinde la oscuridad con el golpe del rayo y estremece y alumbra el horizonte. La creatura era de tal belleza terrenal que llegó a opacar el Corazón del Cielo. El Corazón del Cielo, desde la oscuridad, sucede los vientos de Hurakán, aventando tinieblas en los ojos de su creación.

    Luego llega a suceder que, al principio, los ojos de la creatura se nublan cual un espejo ante el aliento de un ser invisible.

    Al principio, el ser de la mirada nublada, el Primer Padre, tenía cuatro caras, cuatro rumbos: uno rojo, uno negro, uno blanco y uno amarillo. Después de las tinieblas solamente habría de alzar su ensombrecido rostro hacia el firmamento, pues no habría de saber el dónde ni el adónde de la noche, ni el origen ni el fin de la misma. Alzaría su rostro, el Primer Padre, hacia el Corazón del Cielo y pediría a los creadores y los formadores que llegara el alba. Así sucedió que en el firmamento apareció la Estrella de la Mañana para avisarle, para advertirle al Primer Padre, que cerrara los ojos pues ya era hora que naciera la Estrella Mayor. Se ocultó el mundo de nuevo bajo su mirada hacia adentro, y al instante mismo llegó a sentir el pulsar de la vida: las nueve sustancias fluir por los ríos de su amanecido cuerpo, la fuerza encenderse en las yemas de sus enrarecidos dedos y la imaginación esclarecerse en su recién henchido corazón.

    Trece cuentas largas más tarde, cuando abrió los ojos de nuevo, se sucedió en un nuevo mundo esclarecido. El Primer Padre estaba en medio de un extenso campo de espigas blancas y amarillas, en medio de una milpa inmensurable. Vegetales y altivas las espigas se alzaban hacia el lampo soleado y la dimensión infinita. El Primer Padre, vital y revivido, quiso dar un paso hacia adelante y palpar, oler y probar una de las espigas, pero al momento mismo del intento sintió que su mirada se dividía hacia los cuatro rumbos del universo. Mas no tuvo miedo. Sucedió con voluntad las nueve sustancias de su sangre, la fuerza de sus brazos y sus piernas, dando así el primer paso hacia la carne de su devenir.

    El Primer Padre sucedió en los cuatro rumbos, su paso se multiplicó en cuatro y así surgieron, del surco del relámpago en la tierra: Balam Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam. Los primordiales ancestros. Nuestros primeros ancestros. Nacieron así Balam Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam, y escucharon, o imaginaron escuchar, la voz única del Primer Padre en sus adentros. El Primer Padre les decía, en el lenguaje de los dioses, que desde las tinieblas de su mirada había visto otro mundo, les dijo:

    “Cuando cerré los ojos y rogaba al Corazón del Cielo que al fin llegara el alba, soñé que había nacido de las fauces de una inmensa serpiente y que me había quedado quieto por una cuenta larga, hasta que, ya tornado joven y fuerte, caí en un lugar acuoso y oscuro. Caí en el cenote de la tierra que se llama Xibalbá. En Xibalbá, en ese lugar frío y oscuro, en Xibalbá, lugar de la muerte, en una encrucijada de cuatro caminos, uno rojo, uno negro, uno blanco y uno amarillo, me enfrenté a nueve guerreros quienes me hacían por decapitar, con las hojas filosas de la obsidiana. Decapitar me querían los nueve guerreros con las hojas de la obsidiana. Pero sus intentos fueron inútiles para con mis fuertes brazos y mis piernas lijeras. De tal manera que tuve que seguir uno de los caminos, auyentado por otra voz más adentro que me decía que siguiera el camino negro, que era el de la vida.

    “Seguí mi camino en busca de una Montaña Escondida, en busca del lugar del sustento, y en el curso de un río de sangre me encontré con nueve jóvenes desnudas. Al principió creí que eran sierpes aviesas de los ríos, pero después sentí cómo desnudaban mi cuerpo y lo untaban con las aguas enrojecidas del río de sangre. Aunque el mundo hondo de Xibalbá es oscuro y frío, el río de sangre y las nueve jóvenes desnudas eran tibias y puras. Las nueve jóvenes desnudas rociaron mi cuerpo con el agua tibia del río. Las nueve jóvenes desnudas purificaron la frialdad de Xibalbá y me ataviaron el cuello con diminutas esferas y cilindros de jade enverdecido y una pequeña concha nacarada: para que aprendiera a medir mis pasos, a contar mis días y a suceder mis movimientos hacia los lugares del mundo.

    “Después, en el suceder del sueño, mi fin fue buscar la Montaña Escondida. Mi fin era encontrarme con los dioses remeros. Nueve dioses remeros me llevaron en sus canoas. Me ayudaron para que no anegara mi fin en las frías aguas de Xibalbá. Con sus canoas y sus remos me llevaron hasta que finalmente dimos con la Montaña Escondida. Una vez en el lugar indicado, caminé por la falda empinada y encontré el sitio del sustento. Mi fin era recoger espigas blancas y amarillas, y, como fin que era mío, las guardé en un cesto guarnecido en mi pecho. En el lugar del sustento sucedí a la Casa Levantada y a un ceibo, el Árbol Sagrado de los formadores. De regreso los dioses remeros me llevaron de regreso y me ayudaron a salir de las profundidades de la tierra de regreso.

    “Mucho antes de despertar, por último, les digo a ustedes los primeros hombres, que apenas logré salir por la grieta estrecha de una cueva donde imaginé cráneos de luz maravillosa. Los cráneos daban luz y señal del mundo oculto y frío de Xibalbá. Así fue que al fin volví a nacer, como si hubiera vivido eternamente y hubiera salido del caparazón de un lagarto.

    “Una vez de regreso en nuestro mundo, salieron a encontrarme dos reales jóvenes gemelos. Me dijeron que eran los héroes gemelos Hunahpu y Xbalanqué, enviados por Corazón del Cielo. Los dos me coronaron con hojas frescas de la mazorca, las espigas blancas y amarillas, y en el cesto contaron las desgranadas cuentas de variados colores, de todos los colores del mundo, las cuentas que ellos llamaban ‘las semillas del fruto’, y de las cuales me dijeron, ‘de las semillas del fruto estás formado y darás alimento a los hombres’. Esto me decían los héroes gemelos. Los héroes gemelos recitaban las palabras de los cielos y me repetían:

Creador del cosmos y la tierra, dador de alimento y alimento; alumbramiento sol y sustento, carne y sangre del hombre, espiga blanca y amarilla, en tu pecho llevas guardadas del fruto las sagradas semillas.

Creador del cosmos y la tierra tu nombre es Uno Maíz, Uno Maíz es tu nombre, porque eres el Padre Primero, ni más ni menos que el primero... aunque el cero es el vacío, aunque el vacío es el cero...

 “Cuando desperté de tan maravilloso viaje, ya el sol estaba en su rumbo incandecente. Al abrir los ojos y salir del sueño que parecía eterno, el campo, donde ustedes ahoran respiran y caminan, ya estaba sembrado de las sagradas espigas blancas y amarillas. Así sucedió que di el primer paso hacia el día, porque sabía que todo aquello se había hecho como deben ser hechas todas las cosas buenas de este mundo.”

    Estas palabras escucharon, o sucedieron escuchar, los primeros ancestros. Así decía la voz de Uno Maíz a nuestros primeros ancestros, quienes llegarían a ser obedientes y llegarían a venerar a sus dioses. De tal manera, de hechura de los dioses, poblaron la tierra y sus cuatro rumbos, y se dirigieron a los cuatro caminos: uno rojo, uno negro, uno blanco y uno amarillo. Así poblaron el mundo nuestros primeros ancestros, y del mismo fruto del cual estaban formados, del mismo fruto alimentaron a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Así también veneraron al Primer Padre, Uno Maíz, a quien llamaron Yum Kaax.

    Con el transcurrir de las cuentas largas y otros trece baktunes, alejándose en memoria de sus ancestros, los Hombres de Maíz sucediéronse en muchas generaciones, hasta que llegaron a volverse olvidadizos. En su olvidadiza imaginación se les comenzó a engendrar la duda de que si todo el sueño de Uno Maíz, fuera solamente un sueño. Comenzaron a dudar nuestros Hombres de Maíz y comenzaron a sentirse también parte del sueño original de Yum Kaax, Uno Maíz. Así vino a ser que los hombres se fueron quedando con la mirada nublada, sin los surcos del relámpago, sin los golpes del rayo, sin los estertores del trueno, avisos lejanos del primordial mundo oscuro y vacío. Pues poco se imaginaban que ya habían transcurrido otros trece baktunes y se asomaba de nuevo el eterno ciclo de la sombra y la frialdad, designios del gran dios creador Hunab Ku, quien gesta con los tres latidos del Corazón del Cielo

    Llega a suceder entonces que de esta hechura se forma y se transforma el Primer Padre, Uno Maíz: el dios de los frutos y el fruto de los dioses, el alimento de los hombres. Llega a suceder también que después de esta olvidada creación quedan en el presente inadvertidos todos los hombres de la tierra, nubladas sus miradas a la voluntad del eterno retorno.

                                                    (del libro El pordiosero y el dios de León Leiva Gallardo)



miércoles, 14 de abril de 2021

Poemas varios de León Leiva Gallardo

         Estos poemas se publicaron en Tríptico: Tres lustros de poesía (MediaIsla Editores, 2015) 

 

León Leiva Gallardo (Amapala, Honduras). Narrador y poeta.

Trayectoria. A mediados de los 90 aparecen sus primeras publicaciones de poesía y cuento en las revistas Fe de erratas (Chicago, IL), Luvina (UdG, México) y Agenda del Sur (Quilmes, Argentina). Su obra también se publica en antologías bilingües, entre cuales Astillas de luz/Shards of Light (Tia Chucha Press, 2000) y En el ojo del viento/Into the Winds’ Eye (John Barry, 2004). En sus viajes a Honduras y a México escribe apuntes y crónicas que luego habrían de convertirse en las novelas Guadalajara de noche (Tusquets Editores, 2006) y La casa del cementerio (Tusquets Editores, 2008). En ese mismo periodo aparece la coedición Desarraigos: Cuatro poetas latinoamericanos en Chicago (Editorial Vocesueltas). Después de un largo hiato reanuda sus expediciones con Tríptico: tres lustros de poesía (MediaIsla Editores, 2015) y Breviario (Ediciones Estampa, 2015), esta última con ilustraciones de arte que forman parte de la Biblioteca Americana de la Galería Estampa de Madrid. Su más reciente publicación, El pordiosero y el dios (MediaIsla Editores, 2017) reúne una selección representativa de su narrativa breve. 




Una gota negra del infinito

Sabe que hay poetas que creen haber derramado lágrimas mismas del universo. Aquéllos que pretenden haber procurado entre sus manos una gota esencial de la noche —como diría Zbigniew Herbert, una gota negra del infinito—, en la cual habrían de descubrir el numen de la imaginación humana, la conmoción del ser. Pero, me pregunto, ¿hasta qué punto puede llegar la pretensión y la afectación del hombre? A propósito de lo cual incluso este, vuestro servidor, modesto versista, confiesa haber fingido tardes de lluvia en las que se ha aliado a dicho panteón de ilusos prosistas de lo inefable, escribas de lo que no se puede explicar con signos ni cifras. Sepámoslo, a veces Damián tiene razón, hay mucho de nada en casi todo lo que pretende el hombre en los momentos ocurrentes de su llanto.




Era una especie rara


Como la lágrima de un dios

que hubiese engendrado las aguas

como la ciega luz de la nada

que hubiera alumbrado el todo


era una sustancia suma y rara

esencia sin fin —mas precisa—

solitaria y a la vez concebida

en mares lagos ríos y remansos


solitaria y a la vez conocida

sombra de su propio hacedor

era fija y distante reflexión

de una estrella azul y fenecida


era un diminuto ser en vía

de cambio y permanencia

su mismo cuerpo era su vientre

su misma sangre era su mente


era una célula-óvulo a la orilla

indecisa entre la tierra y el mar

privado protozoario del nadir

privado de principio y de fin…



Hombre a la deriva


Qué es un hombre a la deriva 

un equilibrista 

un personaje sin trama 

sin conclusión sin peripecia


acaso este hombre espere su destino 

como si fuera un viaje mal sorteado 

como una de esas fugas que acaso fueran de amnesia 

tal vez espere una magnífica guerra mundial 

o el impuntual esparcimiento de un meteoro 

dirigido exactamente al solar baldío de su alma


este pobre hombre suspendido

espera y espera 

quizá un milagro o un nuevo acontecer 

de esos que ya no se hallan en los templos

ni en las cátedras ni en los alzamientos

espera y espera el equilibrista el impacto quizá

de un instinto dormido

el brote de una desaparecida manera de ser


pero sépanlo ustedes que este ser a la deriva 

no aspira a un simple cambio de piel 

ya ha vivido varias metamorfosis fallidas 

ya fue ingenuo como un insecto huésped

ya fue sabihondo como un cuervo 

tenaz como un lobo estepario 

y también perro de la incertidumbre


¿qué espera entonces este hombre a la deriva?

¿ser inconsciente como una célula madre?


(espérense)


como todo ser demasiado humano 

el tipo ha surgido de la ignorancia a la sabiduría 

de la sabiduría a la incertidumbre 

de la incertidumbre hasta este punto…

hasta caducar agotado como un breviario

como un augur cínico y dudoso

que ahora padece de no poder concebir su fin 

el pobre hombre a la deriva


Al principio: solar baldío


I

No recuerdo el alma

imagino el cuerpo inhabitable

que pena por ella


no voy a llamarlo cadáver

y menos desalmado:


he pensado en 

indolente

maldito

cínico

pero nada de esto lo comprende


me rindo

a él mismo cedo la palabra

era un imperfecto.


II


Solía llamarse el Imperfecto

hijo de mar enfermo

falto de numen en la zozobra de la tierra


en las noches de lluvia

se aliviaba con el agua dulce

que hacía que su casa oliera

a teja mojada


su casa era una bóveda burda

el cielo raso en la oscuridad 

se le volvía todo un firmamento:

en sueños logró domar deseos

y en las pesadillas

su propio bestiario de constelaciones


bastaba tener miedo para ser dios

y crear dioses


fue así como el cielo raso

llegó a ser el solar de la discordia

donde sus avatares murieron en cruenta lid

y la sangre se derramó en la aurora


hasta que al fin llegó la luz mayor 

a cegar todos los rescoldos

ese día salió al patio de su casa

—a ver los remanentes de la noche—

y se dio cuenta de que no era un jardín

y tampoco un panteón

sino un solar baldío



Breves variaciones del tema


Todos lo hemos hecho alguna vez

echarnos en la yerba la tierra o la arena

cerrar los ojos para descartar realidades

sentir que la niebla cenicienta del silencio

nos incorpora a la espesura de la noche

y luego convertirnos en seres primordiales 

para abrir los sentidos y ver sentir escuchar

por primera vez la grave sinfonía del todo


una vez incorpóreos—primitivos que somos—

descubrimos que la eternidad está también

en cada vello en cada poro de nuestro cuerpo


acariciamos la grama la tierra o la arena

y palpamos la piel misma del universo

nos entusiasmamos soñamos y enrarecidos

viajamos por los laberintos fractales

hasta que nos percatamos de que en verdad

todas las estrellas del oscuro abismo

nacieron desapercibidas de nosotros 

los seres vivientes


la palabra misma lo explica—eternidad—

infinito absoluto que es demasiada luz

para un par de extraviados ojos

de un hombre y una mujer


era de esperarse entonces que al final del juego

—el sonido del silencio abrumando el frágil cuerpo—

nos sintiéramos invadidos por la nada


pero el ingenio humano es tan emprendedor

y aprovechándonos del estado aún primordial

comenzamos a inventar los instrumentos

que nos permitirían hacer las variaciones 

sobre el tema original —la eterna sinfonía—


antes de levantarnos teníamos que ponderar

la manera de ver sentir y escuchar al universo

y lo logramos por siglos y los siglos mas

mortales fallidos que éramos confundíamos

las variaciones del tema con el tema original


entonces dejamos de ser primordiales

y volvimos a ser simple hombre—y—mujer


ahora siendo todos demasiado humanos

a nosotros los mortales nos duele comprender 

que también somos variaciones del tema

breves variaciones del tema



La noche: Invención del hombre, el odio y el amor


I

Antes que el hombre

antes que Dios

hubo la noche


La noche no es la sombra del día

ni el día el lado claro de la noche

la noche es la sombra de sí misma

el día es el lado claro de sí mismo

el día es distante luz extinta

la noche es unidad con el sí mismo


II

A la noche no le da vergüenza

todo lo que se hace y se deshace en su penumbra

al día le caen todas las culpas


El odio y el amor

son depredadores noctámbulos

devoran a la misma presa


Pero el hombre es sabio 

cuando logra habitar la noche

la noche con virtudes y deliquios


El hombre que logra habitar la noche

es el ser más bello del mundo

el monstruo de la ecuanimidad

el ángel del exterminio

es decir 

lo más parecido a un dios

lo más parecido a sí mismo


III

El astro cero arroja los planetas con centellas multifarias

el ojo negro traga los planetas con su punto ciego nulo

para después tragarse a sí mismo:

como lo hace Dios en la unidad de la noche


Lo que sucede después de la catástrofe

del incesto cosmogónico

se llama caos y cosmos:

el odio y el amor


IV

Dios se da a luz a sí mismo eternamente

con absoluto amor

con odio absoluto

eternamente Dios se aborta a sí mismo 


El hombre

huérfana criatura del tiempo

insignificante homínido del azar

apenas sueña el sí mismo:

no nace el hombre todavía


Ergo


Pensar que la noche es meramente estar sujetos a una sombra cíclica.

Pensar que el día es la radiación estelar, apenas,

que el trinar de los pájaros y demás sonidos naturales

son la manifestación del hambre, la rutina de la fauna.


Pensar que al develar todo lo bello que nos rodea,

nos damos cuenta que también somos parte de un nicho ecológico,

que nuestros deseos están vinculados a un ímpetu ancestral y prístino,

que nuestros sentimientos son también un trinar, 

un oleaje aromático de flor, 

un mecanismo evolucionado para preservar nuestras vidas.


En fin, llegar a pensar que lo bello no es bello,

que lo feo no es feo,

que el mal no es la otra cara del bien,

sino la misma reflejada en un enigma, 

y que la muerte y la vida no son existencias transitorias,

sino incidencias sobre el plano oblicuo del tiempo:


pensar todo esto es, justamente,

el ocaso inexorable de nuestra conciencia.



Concibe a Leviatán


Sabe que hay un barco en la bahía 

sabe que es un buque inmenso  

como un fiordo que se eleva desde el fondo 

se han espantado los peces con el mugido 

que desciende desde su costillar de cetáceo 

—ventrudo obeso ahogado— 

pronto ovulará inmundicias  del color del caviar   

con sabor a caviar 

la bahía se convertirá en mar negro 

 

II 

Ah, Leviatán, 

¡no! Damián no es capaz de lanzarte un arpón 

tumefacta su mano reza presa a un canutero  

está a punto de firmar el cuaderno de bitácora 

su corazón está en tinieblas 

su pulso falsea como un compás  

endemoniado 

 

III 

Todo apunta a que el universo  

sea una bellísima composición 

pero las claves de su significado 

están a años luz de su sepulcro 

 

IV 

Cómo le hace falta el vino sagrado 

con que los dioses liban y se burlan de su mortalidad  

ese fruto lo sembró y cosechó él mismo: 

 

que los dioses no esperen más que vinagre  

en la pira del sacrificio


Últimas palabras de Judas Iscariote


Vi cómo las almas salían de los cuerpos:

alma delicada, roja miel, traicionera.

Vi la falsa campana oscilar como péndulo,

de comienzo a fin, fin comienzo, sempiterno.


Vi desdichados tropezar con más desdicha,

los humildes buscar, en el ojo del ojo,

la venganza de sus mejillas indignadas:

vi el ojo, cada vez más grande, de la aguja


dilatarse al pasar la sacra luz del oro.

Vi los crucifijos forjados cual espadas,

traspasando el miedo del corazón converso.


Vi a los desamparados morir de hambre,

las mujeres caer al fondo desde el cielo.

!Y el cielo: nublado, nublado, nublado!



La pasión según Diógenes de Sinope


¿A qué objeto se refieren mis pasiones?

¿En qué transe iluso habrán permanecido,

vacilando entre espíritu y materia,

cual si fuesen ánimas sin suerte, sin vida?


¿En qué humedad se anegan mis ideas?

¿Qué secreciones secuestran mis palabras?

Ni que fueran unciones, pócimas suicidas,

para catar, para callar, para acabar conmigo.


¿Será que estoy cerca al brocal —de la cicuta—,

sin haber siquiera oído al oráculo palpitar,

sin haber siquiera imaginado el clarín del gallo?


!Qué irrisorio entonces se torna este final

en cuyo empeño arrastro el bulto del sí mismo,

como un martirio absurdo, inútil: cínico!


El ajedrez de los dioses


juego de reyes y rey de los juegos

cómo sabes reducir la espera vital

otorgándole a la palabra número 

desmintiendo el logos y el todo


ajedrez combinatorio espacial

cómo designas las frías losas

donde los fatuos pasos del rey

siempre terminan en la nada


en las vetas de tu falso laberinto

hombres y mujeres igual sueñan

ser las piezas mayores cuando


en las eternas noches de insomnio

indolentes los dioses se entretienen 

con la ciega fidelidad de los peones




Los hijos de Lamec

Mira que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros al conocer  lo bueno y lo malo...                                              GÉNE...