domingo, 26 de agosto de 2012

La mujer en la historia de Honduras: Ma. Josefa Lastiri, a la sombra de Morazán

 
María Josefa Lastiri Lozano
                         Anarella Vélez
 
Apenas ha habido una sola guerra que no haya contado con participación femenina
                                                                                                                       STIEG LARSSON
 
Al estudiar la vida de Josefa Lastiri nos encontramos con   el típico  ocultamiento político e historiográfico del papel de la mujer. Sin embargo,  la problemática  femenina  exige que se  la visibilice y hoy en día encontramos un cambio en el discurso historiográfico.
 
 
Sin duda Josefa forma parte de un grupo de mujeres que fueron indispensables para el éxito de las gestas emancipadoras pero fueron invisibilizadas, minimizadas,  olvidadas, a pesar de que sacudieron los cimientos del sistema colonial.
 
                                             Ma. Josefa Lastiri

 
Ellas participaron en todo el proceso de independencia, de integración regional, en las guerras, agregadas a los ejércitos, en la retaguardia, en la logística (las soldaderas) y hasta como combatientes, sin embargo han sido olvidadas.
 
 
Debo remarcar que las historiadoras feministas creemos  que al considerar  la dinámica histórica  se debe reconocer la importancia de todos los actores sociales en el acontecer histórico. Entendemos que es urgente revalorizar historiográficamente el papel femenino en el escenario de la vida cotidiana y  tener presente la cotidianeidad está en el centro del acontecer histórico. Es necesario señalar que el conocimiento del proceso de emancipación y de integración latinoamericana no debe partir exclusivamente del análisis de los casos excepcionales, de las heroínas.
 
 
Josefa Lastiri, esta desconocida mujer hondureña, nació en la Villa San Miguel de Tegucigalpa de Heredia, hoy capital de la República de Honduras, el 20 de octubre de 1792. Fue hija de Juan Miguel Lastiri, comerciante español y Margarita Lozano y Borjas, natural de la entonces Intendencia de Comayagua.
 
 
Fue bautizada con el nombre de María Josefa Ursula Francisca de la Santísima Trinidad, en la iglesia parroquial de San Miguel de Tegucigalpa, el 22 del mismo mes, por el Cura Vicario Juez Eclesiástico de ese beneficio, Juan Francisco Márquez[1].
 
Su nombre nos recuerda a las magnas mujeres españolas de ese tiempo: Doña Josefa Amar y Borbón, pedagoga y escritora de la ilustración española, a Doña Josefa Zúniga y Castro, fundadora de la Academia del Buen Gusto durante el reinado de Fernando VI. También a Santa Ursula, hija mártir de un rey de Bretaña insular, enviada al continente para casar con un príncipe pagano.
 
Para entonces, la villa de Tegucigalpa  era el lugar más poblado y floreciente de la provincia de Comayagua. La ciudad de origen minero se convirtió en una populosa urbe con ayuntamiento, parroquia, dos conventos, dos ermitas y era la cabecera del partido de su nombre. Competía abiertamente con la ciudad de Nueva Valladolid de Comayagua,  capital de la provincia y residencia del Intendente y sede episcopal.
 
A Josefa le tocó crecer   en esos años en los que en la región centroamericana arraigaba la noción de la emancipación, cuyos antecedentes inmediatos los encontramos en el levantamiento de 1811  en la ciudad de San Salvador. El 13 de diciembre de 1811 el pueblo de León, Nicaragua,  encabezado por el fraile guatemalteco  Benito Miguelena se levantó contra las autoridades españolas.  El 22 de diciembre, en Granada se reunieron en Cabildo Abierto, y se levantaron contra el orden colonial.
 
El primero de enero de 1812, cuando Josefa  contaba con  20 años de edad,  los pobladores de Tegucigalpa se opusieron a la decisión de los residentes españoles  y autoridades de Tegucigalpa dispusieron que las alcaldías sólo fueran desempeñadas por peninsulares. Los sublevados consiguieron que en el Ayuntamiento  quedara conformado exclusivamente  por criollos.
 
Otro hecho histórico que signaría la vida de los pobladores de la Tegucigalpa  fue la jura de la nueva Constitución el 24 de septiembre de 1812. En ella  se establecía la equidad entre criollos y peninsulares. También el nuevo texto constitucional proclamaba la representación nacional en forma colectiva.  Creaba los municipios, electos en comicios populares; implantaba la Diputación Provincial para inspección de la Administración económica; disponía la apertura de escuelas en todas las poblaciones y en ellas debía darse a conocer la nueva  Constitución.
 
El nuevo texto constitucional consagraba la libertad de pensamiento. Para entonces José Bonaparte reinaba en España, nombrado por Napoleón Bonaparte. Durante todo el año de 1813 en la Villa se vivieron acontecimientos que conmovieron los valores establecidos por el imperio colonial, particularmente la ruptura entre el ayuntamiento con las autoridades civiles y eclesiásticas.
 
Los separatistas de Tegucigalpa decidieron seguir  el modelo de la sublevación  salvadoreña, es decir,  derrocar a las autoridades constituidas, apoderarse de las armas y dinero guardado en la Plaza de Armas y en la Caja Real. Alcanzados estos objetivos pasar a liberar a los prisioneros, proclamar la independencia y devolver a España a los altos administradores peninsulares. Un nuevo levantamiento ocurrió en San Salvador, el 24 de enero de 1814, el cual estuvo encabezado por el Sacerdote Dr. Matías Delgado.  Esta experiencia caló las conciencias de las/os jóvenes y preparó la independencia de 1821.
 
La información sobre estos hechos circulaba gracias a La Gaceta de Guatemala, periódico que divulgaba los problemas nacionales y entre líneas se leía que el bálsamo para curar males generados por el sistema colonial era la emancipación de la región.
 
La vida cotidiana durante el período  colonial era de tal naturaleza que un espíritu sensible como el de Josefa  no podría dejar de cuestionarlo.
 
Su nacimiento  en el seno de una familia de considerables recursos económicos, los Lastiri-Lozano, explica la esmerada educación recibida por Josefita y sus hermanas: Petrona, Lucía y Dolores. De ellas se dice que heredaron la belleza criolla de Doña Margarita. Ellas también contrajeron matrimonio con figuras célebres de la historia centroamericana. Petrona se casó con el coronel Don Remigio Díaz, héroe de la batalla de la Trinidad; Lucía con Don José Santos del Valle, quien ejerció interinamente la Jefatura del Estado de Honduras; y Dolores con Don Diego Vigil y Cocaña, último Vicepresidente de la República Federal.
 
Cuando señalamos la especificidad de la enseñanza femenina es importante establecer la diferencia entre  lo que entendemos hoy día como lo que debe ser una enseñanza “completa“  o integradora y compararla con aquella concepción propia de finales del siglo XVIII e inicios del  XIX : los distintos planes de instrucción, la sociedad en general y la mayor parte del profesorado, femenino o no, admitían sin mayores problemas que la instrucción dirigida a la mujer debería incidir sobre todo en aquellos aspectos considerados “propios” de ellas, reduciendo éstos a la Religión –compuesta de varias asignaturas- y a las actividades relacionados con el hogar, como costura, labores o semejantes. Se trataba, por tanto, de una enseñanza limitada, distinta a la masculina y con enormes carencias.
 
La formación recibida en el seno del hogar modeló su carácter y la convirtió en una distinguida joven,  en una mujer de carácter que frecuentaba los salones de la ciudad de Tegucigalpa. En 1818, Josefita  contrajo  matrimonio con un acaudalado joven de su misma edad, Don Esteban Travieso y Rivera, nacido el 2 de septiembre de 1792. Tras la boda, los Travieso Lastiri establecieron su residencia en la ciudad de Comayagua.
 
De ese matrimonio nacieron cuatro hijos: Ramona, Tomasa, Paulina y Esteban Travieso y Lastiri. Don Esteban falleció en Tegucigalpa el 27 de febrero de 1825, Josefa contaba con 27 años de edad. Heredó a su familia un considerable patrimonio,  en el que figuraba la hacienda de Jupuara o Rancho Chiquito.
 
Convertida en una acaudalada hacendada de la jurisdicción de Lamaní, al sureste de Comayagua, la joven viuda, hermosa y rica, no tardó en cautivar a muchos comayagüenses. Un anónimo admirador le dedicó el siguiente acróstico:
“A otros días más claros que el presente,
Jamás precedió Febo luminoso
Ostentando mejor su brillo hermoso
Sobre la rubia niebla del Oriente
En el cenit suspenso y reverente,
Fija su carro y queda silencioso,
Admirando en tu rostro candoroso,
Las gracias y virtud más inocente.
Así, yo quedo absorto al contemplarte,
Sin que pueda mi labio confundido
Tanto afecto explicar al saludarte,
I, únicamente (al alma cielo pido),
Repita en ti la dicha con que al crearte,
Infinito brindaba complacido.”[2]
 
Transcurridos varios años después de la muerte de Don Esteban Travieso,  Doña María Josefa empezó a relacionarse con Don José Francisco Morazán Quesada, primogénito de Eusebio Morazán y Alemán  y de Guadalupe Quesada y Borjas, nacido el 3 de octubre de 1792,  cuyas características físicas e intelectuales están bien descritas por Mejía Nieto:
 
“…era de natural bondadoso, su inteligencia… despejada a; su catadura física en general, de fino porte. Estaba, pues dotado de buenos rasgos por la naturaleza. Ayudaba a sus padres en el cuidado de sus hermanitos menores. El jefe de  la familia se  en dedicaba en general a proporcionar la subsistencia y en particular ideas morales a sus hijos. Esta cualidad industrial fue inherente y orgánica en la familia de los Morazán. Se retiraban a dormir temprano como cuadra a géneros de vida impuestos por los españoles de poca licencia y mucho rigor de costumbres. En esta hosca monotonía colonial, como flor sin sol, despunta la vivacidad de Francisco. Su energía echa raíces hacia adentro y lo que pudo ser ímpetu exteriorizado se convierte en sosiego de madurez interior. Así se explica que en este país (mondo de saberes como hueso sin pelleja) apareciera Francisco, con doctrina y decisión. Poco había aprendido de sus compañeros de juego, menos del mundillo de Morocelí, algo de D León, bastante de los libros y documentos de éste, más de las pocas obras extranjeras caídas en sus manos y mucho de su propio juicio y reflexión. Al propio tiempo había escapado  de la influencia de un mundo ignorante, supersticioso y fanático: producto de una iglesia adinerada y feudal.[3]”
 
El ambiente descrito por Mejía Nieto  fue el mismo en el que creció Josefita, una sociedad en la que imperaba la ignorancia, la superstición y el fanatismo religioso. Las mismas causas por las que en América Central anidó la idea emancipadora.
 
Hasta Tegucigalpa llegaron las noticias de los movimientos sociales liderados por Francisco de Miranda en Venezuela, Mariano Moreno en Argentina, el cura Hidalgo en México, contextualizados  en la ocupación del territorio español por el ejército  napoleónico, el abandono de la Corona por Carlos IV, la detención del príncipe heredero Fernando VII.
 
En ese escenario histórico,  hacia 1819,  Morazán  fue escribano de Mallol, Alcalde de Tegucigalpa, en donde leía todo los que caía en sus manos. Más tarde se empeñó en hacer  carrera militar, en la que conoce y   se identifica con las ideas Bonapartistas.
 
Años más tarde, en  1824,  Morazán Quesada se convierte en  el Secretario General del Despacho y brazo derecho del Jefe de Estado Don Dionisio de Herrera. José Francisco era calificado como  un joven guapo, atractivo, varonil, recibía los halagos de las mejores familias de Comayagua, quienes lo consideraban  el mejor prospecto matrimonial para sus hijas. Pero la amistad con Josefa se había vuelto apasionada. Mejía Nieto la describe así:
 
“… Morazán había adquirido casi tanta popularidad en la buena sociedad de Comayagua como en la de Tegucigalpa; esto le favorecía, pues en Comayagua cimentaba más arraigadamente la tradición de las severas costumbres sociales de la colonia española. En Tegucigalpa la explotación de las minas había hecho posible el surgimiento de nuevos ricos, sin apellido ni nombre. Por otro lado creyeron los aristócratas de Comayagua sin excluir al clero que atrayéndose a Morazán, lograrían influir y salvaguardar sus intereses y privilegios de la amenaza liberal del Gobierno. Cuando se supo que de la ilusión platónica entre Morazán y la viuda de Travieso se adelantaba en visitas y hasta ausencias de Morazán al deporte favorito que era aventurarse errando  caballo por las tardes, la sociedad armó cuchicheos. Es verdad que se censuró la imprudencia de la viudita y los avances del funcionario, que además del poder político y social tendría el solio que le fraguaba el dinero de su bella esposa. No era un amor platónico, sino que era una corriente de erótica atracción como luego se descubrió y hasta con suma sorpresa y no cierta envidia, porque jovencitas de Comayagua que no eran viudas ni tenían niños, pensaron en atraer a Morazán a sus redes. Esto sin embargo no ocurrió. El casamiento de Josefita Lastiri (como se la llamaba) con Morazán se juzgó como un hecho cierto e inevitable. El propio presidente D. Dionisio de Herrera fue el padrino de bodas.”[4]
 
El modo en que se desarrolló el vínculo amoroso entre Francisco y Josefita  dejan constancia  de sus ideas liberales, éstas  les permitieron asumir su situación con bastante libertad y naturalidad.  Sin embargo,  tras la presión social propia de una sociedad conservadora como la Comayagua,  celebraron su matrimonio en esa  ciudad el 30 de diciembre de 1825, cuando ambos tenían treinta tres años. Fueron testigos de su boda el Coronel Don Remigio Díaz, esposo de Doña Petrona Lastiri, y Don Coronado Chávez, años después Presidente de Honduras.
 
Las circunstancias históricas por las que atravesaba  la región centroamericana imposibilitaron que el  hogar de los Morazán Lastiri tuviese una vida sosegada. Las discrepancias ideológicas, reflejo de los diferentes intereses económicos se resolvieron con la guerra.  El Gobierno de Don Dionisio de Herrera, en el que Morazán se desempeñaba como Secretario General y Presidente del Consejo Representativo, se enfrentó con las autoridades federales, quienes enviaron sus tropas a Honduras y en abril de 1827 sitiaron la ciudad de Comayagua, la que fue decididamente defendida por sus pobladores.
 
El 10 de mayo  de 1827, a las once de la mañana, entraron triunfantes Comayagua las tropas federales, comandadas por el Coronel José Justo Milla. Dionisio de Herrera, el Jefe de Estado legítimo de Honduras, fue capturado por los invasores y enviado para Guatemala.  Lo sustituyó Cleto Bendaña, impuesto por el mismo Milla.
 
Josefa,  recién casada con Morazán, sufrió la captura de la ciudad. Francisco participó activamente en la defensa de Comayagua, arriesgándose consiguió víveres y atacó a las tropas federales.  Estratégicamente, se retiró a Tegucigalpa donde logró reunir trescientos hombres. Al regresar a Comayagua se enfrentó nuevamente a las tropas de Milla en la hacienda La Maradiaga,  y aunque salió victorioso, sus hombres quedaron sin municiones.  Se vieron obligados  a  retirarse hacia Tegucigalpa.
 
En Comayagua se quedó Doña Josefita y sus hijos Travieso, la ciudad fue tomada por las fuerzas federales y fue víctima de un terrible saqueo.  Entretanto Morazán  se incorporó a la columna,  al mando de Cleto Ordóñez,  que el gobierno salvadoreño envió tardíamente en auxilio de Herrera. Cuando pasaron por la hacienda El Hato Grande  las gentes de Ordóñez asesinaron a su propietario, Miguel Madueño, sólo para apropiarse de sus bienes. Ante este hecho Morazán, indignado, se separó de la columna y solicitó garantías a José Justo Milla, quien mandó pasaportes para Morazán, Díaz, Márquez y Gutiérrez. Morazán creyó en la palabra del invasor, no así sus compañeros, quienes partieron para Nicaragua. Morazán se trasladó a Ojojona y ahí fue apresado y trasladado a Tegucigalpa, con irrespeto absoluto de la garantía concedida, caía víctima de la traición.
 
Sin embargo, logró huir hacia El Salvador, de ahí hacia la ciudad de León en donde se reunió Remigio Díaz, José Antonio Márquez y José María Gutiérrez, consiguió ayuda del Gobierno de Nicaragua, formó una pequeña pero aguerrida columna con la que se dirigió hacia Choluteca en donde se unieron otros hondureños que se habían levantado en contra de Milla, anhelantes de batir a los invasores y  de instaurar en el país un gobierno legítimo.
 
El 11 de noviembre de 1827 derrotó al ejército federal en la famosa batalla de La Trinidad. Al día siguiente entró a Tegucigalpa y el 26 de ese mismo mes llegó victorioso a Comayagua. Josefita pudo presenciar el júbilo popular con que fue recibido  Francisco. Por falta del Jefe de Estado, el Consejo Representativo lo llamó a ejercer la primera magistratura, Diego Vigil fue nombrado Vice-Jefe .
 
Josefita y Francisco se reunieron tras largos y angustiosos tiempos. No pudieron disfrutar por un largo período de su nueva posición en la sociedad hondureña. Nuevas fuerzas federales volvieron a marchar sobre el Estado, y Francisco hubo de blandir de nuevo el sable. El 30 de junio 1828 se apartó de la Jefatura para dirigir del ejército estatal, a cuyo mando derrotó a los federales el 6 de julio en la batalla de Gualcho. Luego marchó hacia El Salvador, con el objetivo de auxiliar al Gobierno estatal, también enfrentado con las autoridades de la República.
 
Doña María Josefa  recibía información de los triunfos de su esposo. Vencedor en el Combate de San Antonio, fue eufóricamente recibido en San Salvador  el 23 de octubre. Prontamente partió hacia Guatemala en donde puso sitio a la ciudad para derrocar al Gobierno de la República. El 13 de abril de 1829 entró en la ciudad y  depuso a las autoridades federales,  asumió el mando supremo de la nación centroamericana. Días antes había sido elegido Jefe del Estado de Honduras por sus conciudadanos.
 
Para esas fechas Josefita había alcanzado la edad de 37 años y se convertía en Primera Dama de Centroamérica por primera vez, estatuto que no ostentó por mucho tiempo pues en junio de 1829 Morazán entregó el poder a un gobierno provisional presidido por Don José Francisco Barrundia. Regresó a Honduras para tomar posesión de la Jefatura Suprema el 4 de diciembre de 1829.
 
En esta ocasión tampoco sería Primera Dama de Honduras por mucho tiempo pues en junio de 1830 Morazán fue elegido como Presidente de la República Federal para el período 1830-1834. En septiembre (16) del año de 1830 Francisco tomó posesión de ese cargo y Josefita se convirtió de nuevo en la Primera Dama de la gran nación centroamericana.
 
La convulsiva situación social de la región explota nuevamente en los primeros meses de 1832 y Morazán vuelve a comandar el ejército federal, esta vez contra el Gobierno de El Salvador. Retorna triunfal a Guatemala en abril de 1833 y entonces solicita un permiso al Congreso de la Federación para retornar a Comayagua con Doña Josefita. Sin embargo este merecido descanso duró pocos meses pues debió combatir de nuevo contra las autoridades salvadoreñas, ocasión en la que Morazán, Presidente de la Federación, salió herido. El jefe de Estado salvadoreño, Joaquín de San Martín y Ulloa fue derrotado.
 
El 16 de septiembre de 1834 finalizó su período de Gobierno en la Presidencia de la Federación, para entonces el candidato ganador de las elecciones, Don José Cecilio del Valle había muerto el 2 de marzo de ese año. Fue necesario efectuar nuevos comicios y el voto popular designó nuevamente a Morazán como Presidente de la Republica.
 
El 4 de junio de 1835 Francisco tomó posesión de ese cargo en la ciudad de San Salvador, designada desde el año anterior como la nueva sede de la jefatura. Hacia esa ciudad se trasladó Josefita con su familia para apoyar decididamente a Morazán en el desempeño de su nuevo cargo,  al frente del proyecto social de la Federación Centroamericana.
 
Transcurridos poco más de 10 años después de la emancipación centroamericana y de la constitución de la Federación se creía que Centroamérica había logrado consolidar el proyecto social de los demócratas de la región, sin embargo esta ilusión se desvaneció rápidamente. En el Estado de Guatemala estalló la guerra civil, provocada por el levantamiento del conservador Rafael Carrera y Turcios.
 
Para estas fechas Josefita se encontraba en estado de embarazo, a pesar de ello, Morazán tuvo que salir de San Salvador para hacer frente a los rebeldes. En 1838, mientras el Presidente de la Federación combatía a los conservadores liderados por Carrera, nació en San Salvador la única hija del matrimonio, bautizada con el nombre de Adela.
 
 
Francisco Morazán Quesada procreó   cinco  hijas e hijos fuera del matrimonio:
 
 1. Con Rita Zelayandía de Ruiz, salvadoreña, tuvo a José Antonio Ruiz, nacido en Tegucigalpa en mayo de 1826 ( probablemente procreado en agosto de 1825, meses antes de su matrimonio con Josefita)
 
 2. Con la señora Francisca Moncada, hondureña, tuvo a Francisco Morazán Moncada, nacido en octubre de 1827 (probablemente procreado en enero de 1827), casado ya con Josefita
 
 3. Con una señora Fuentes, en Guatemala tuvo otros dos hijos, Nicolás y Josefa
 
 4. Con la Señora Teresa Escalante de  Freer, salvadoreña,  tuvo a Dolores Freer, nacida el 2 de junio de 1843 (probablemente concebida días antes del asesinato de Francisco Morazán)
 
Josefa asumió con generosidad el cuidado de los dos vástagos mayores de Morazán  y crecieron junto a los hijastros Travieso.  En la biografía de Francisco Morazán Quesada escrita por Enrique Guier nos relata:
 
"…toleró a su lado dos hijos naturales del segundo marido, cuyos devaneos amorosos no desmentían sus vigorosas facciones masculinas..."[5]
 
La última de las hijas de Josefita llegó al mundo  en medio de las peores circunstancias vividas por la Federación.  Guatemala, El Salvador y el sexto, nuevo y efímero Estado de los Altos ( país creado durante la República federal en los años 30, cuya capital fue Quetzaltenango y ocupaba lo que actualmente es el oeste de Guatemala y parte de Chiapas, el cual se creó como respuesta a las diferencias políticias entre la Ciudad de Guatemala y Quetzaltenango, que era realista y no se independizó sino hasta el 2 de febrero de 1838, siendo reconocida por la Federación el 5 de junio de ese mismo año) se encontraban en plena guerra civil, mientras Nicaragua, Honduras y Costa Rica se separaban sucesivamente de la República.
 
En 1839, 1º de Febrero, Morazán finalizó su período presidencial y entregó el poder a su concuñado Don Diego Vijil  y Cocaña, quien fungió como Vicepresidente de la Federación. Vijil, por su parte,  nombró a Francisco como jefe del ejército Federal y en abril de ese año venció a las fuerzas combinadas de Honduras y Nicaragua en el combate del Espíritu Santo, donde sufrió una herida de consideración. Poco después fue elegido como Jefe de Estado de El Salvador, cargo del que tomó posesión el 11 de julio de 1839.
 
Josefita, en su calidad de  esposa del Jefe de Estado de El Salvador, sufrió el escarnio producto de los animadversiones políticas de los conservadores centroamericanos. En septiembre de 1839, en ausencia de Francisco  detonó una revuelta en San Salvador. Los rebeldes tomaron como rehenes a Josefa y a su familia para exigir al Jefe de Estado que abandonase su cargo.
 
Francisco respondió así:
 
"Los rehenes que mis enemigos tienen en su poder son para mí sagrados y hablan vehementemente a mi corazón; pero soy el Jefe de Estado y mi deber es atacar; pasaré sobre los cadáveres de mis hijos; haré escarmentar a mis enemigos y no sobreviviré un instante más a tan escandaloso atentado."
 
El Jefe de Estado atacó furiosamente a los amotinados que fueron definitivamente derrotados.  En su huida abandonaron a Josefita y sus hijos sin causarles daño. Penosamente para Josefa y los unionistas centroamericanos los combates continuaron  y Morazán dispuso que su esposa y su familia abandonasen El Salvador y se trasladasen a Costa Rica.
 
En Costa Rica,  Estado Centroamericano en el que reinaba una aparente  paz debido al terror impuesto por Braulio Carrillo. A principios de 1840 Doña María Josefa partió hacia ese país, embarcada en la goleta Melanie, una vez más se veía obligada por la historia, a separarse de su amado Francisco.
 
Una vez llegada a Caldera, la Primera Dama de El Salvador escribió al Jefe de Estado Braulio Carrillo[6]:
 
"El temor a la Revolución de los Estados de Honduras y El Salvador, me han obligado a abandonar mi país, y mucha parte de mi desgraciada familia, para buscar en cualquier punto un lugar donde vivir pacíficamente con el resto de mi familia que he podido traer conmigo; y atendiendo a la paz que goza este Estado, a las buenas circunstancias que lo caracterizan y a los consejos de muchos de mis amigos, me he resuelto a venir a pedir un asilo, segura de que su Gobierno protegerá la inocencia y permitirá internarme al punto que parezca más conveniente a mis circunstancias."
 
Carrillo le respondió a Doña María Josefa que ellas y los suyos podían asilarse en Costa Rica si aceptaban instalarse en la ciudad de Esparza, población aislada e insignificante por lo que Josefita rechazó la oferta. Carrillo mantenía el poder a costa de la persecución de la oposición, sin duda tenía sus temores políticos respecto de la presencia de Josefita en San José. Zarpó en la Melanie hacia Nueva Granada y  se estableció en Chiriquí.
 
Derrotado Morazán en El Salvador, abandonó ese país en compañía de su hijo José Antonio y de un grupo importante de partidarios. Se reúne con Josefita y su familia  en mayo de 1840 en el poblado David, en donde escribió su célebre manifiesto.
 
Francisco partió hacia Perú en agosto de 1841 acompañado de varios de sus colaboradores, mientras Josefa permanecía en David junto a su numerosa familia.  Morazán buscaba formar una nueva expedición hacia Centroamérica. A inicios de 1842 lograba regresar haciendo escala en Chiriquí para reencontrarse con los suyos. Continuó su viaje hacia El Salvador, pero su gesta no tuvo eco en esa nación y retornó a Costa Rica, desde donde había recibido numerosas y urgentes peticiones de ayuda, llegando a ese país el 7 de abril de 1842.
 
Tras el pacto del Jocote, acuerdo efectuado el 11 de abril de 1842 a la sombra de un árbol de jocote, en Alajuela, Costa Rica, acordado entre Francisco Morazán y Vicente Villaseñor, a quien el Jefe de Estado Braulio  Carrillo Colina había enviado con 700 hombres a rechazar la invasión. De conformidad con el pacto el ejército de Villaseñor  se unió – sin combatir-  con el de Morazán y éste fue proclamado como nuevo jefe de Estado de Costa Rica. Morazán entro triunfalmente a San José y el 12  de abril[7] asumió la Jefatura de Estado.
 
Al poco tiempo Josefita, que se encontraba en David, se informó sobre el nuevo estatuto de Morazán como nuevo gobernante de Costa Rica, se convertía así en la nueva Primera Dama de ese país a los 49 años de edad. Un barco fletado para retornarla a Costa Rica hizo posible que la familia Morazán Lastiri se reuniera nuevamente.
 
La popularidad de Morazán fue socavada eficazmente por los conservadores.  Josefita encaró la nueva relación amorosa entre Francisco  y la salvadoreña Teresa Escalante y Ocampo, casada con el británico William Freer Risk. De esa relación  con quien tuvo una hija, María Ester de los Dolores Freer Escalante.
 
No habían transcurrido  ni cinco meses cuando, el 11 de septiembre de 1842, se sublevaron los pueblos de San José y Alajuela, dizque para  de evitar la guerra con Nicaragua. En la capital la lucha fue sangrienta. Se calcula que Morazán hizo durante el combate 16,000 tiros  de los cuales cien fueron cañonazos, y que en la plaza que él defendía se dirigieron 200,000 tiros, de los cuales 300 fueron de cañón. Se cree que los muertos excedieron a los cien y los heridos a doscientos.
 
Josefita y su hija Adela, de cuatro años, se encontraba al lado de su esposo y padre, en el cuartel josefino. Salieron de allí para tratar de refugiarse en la casa de la familia Escalante en medio de una tormenta de proyectiles. Cayeron en poder de los sublevados y fueron conducidas a la casa de Antonio Pinto Soares, uno de los caudillos de la insurrección. Entonces estuvieron a punto de ser fusiladas.
 
Más tarde, madre e hija fueron depositadas en custodia del Presbítero Don José Julián  Blanco y Zamora, y por último el acaudalado cafetalero y comerciante Rafael Moya Murillo les ofreció hospitalidad.
 
Morazán, en una acción de extrema audacia, con Cabañas y Villaseñor rompieron la línea de los sitiadores logrando al fin salir de la población. Se dirigieron hacia Cartago, a casa de quien consideraban un amigo: Pedro Mayorga. Lejos  estaban de sospechar que aquel traidor lo entregaría a sus opositores y al día siguiente fue conducido de regreso a la capital, donde fue fusilado a las seis de la tarde entre la expectación popular y el doloroso silencio de sus seguidores[8].
 
Los sublevados  carrillistas querían asesinar a Josefita y sus hijos. A Morazán solo pudo acompañarle su primogénito Francisco Morazán Moncada.
 
Fueron heridos y detenidos Cabañas, Barrios, Rascon, Orellana, González Zepeda (Manuel),  García del Río, dos señores Pintos de San Salvador, Francisco Morazán, hijo del ex Presidente, Angulo, doctor Mendez, Vigil, Cruz Lozano, Estéban Travieso y otros muchos. [9]
 
Josefita se informó del fusilamiento de su esposo[10] una semana después de los hechos, quien al conocer la noticia sufrió dolorosas convulsiones y llanto sin tregua.
 
Su vida  con Morazán  la coloca a la par de otras grandes mujeres de su tiempo: Juana Azurduy[11], Manuela Sáenz[12], Bartolina Sisa[13], Gertrudis Bocanegra[14], Luisa Cáceres[15], Policarpa Salavarrieta[16],  Micaela Bastidas[17], Dolores Bedoya de Molina, que son claro ejemplo de la participación femenina en el proceso de la independencia de América Latina.
 
Permaneció un tiempo en Heredia, protegida por el anti carrillista Moya.   Meses más tarde se trasladó a El Salvador en la goleta Coquimbo, el 12 de diciembre desembarcaba en el puerto de La Unión para establecerse en Cojutepeque, en la pobreza. Los bienes heredados de sus padres y de los Travieso se prodigaron en las campañas de  Morazán. Murió en San Salvador en 1846, a los 52 años de edad. [18]
 
 
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*Anarella Vélez (Tegucigalpa, Honduras, 1956) Historiadora, ensayista y promotora cultural)
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Notas
[1] Castañeda, Elvia La batalla del amor, María Josefa Lastiri, Tegucigalpa, 1992
 
[2] Las Primeras Damas de Costa Rica
 
 
[3] Mejía Nieto, Aturo Morazán Presidente de la desaparecida República Centroamericana, Editorial Nova, Buenos Aires, 1ª ed., 1947
 
[4] Ibidem, pp 88
 
[5] Guier, Enrique. El General Francisco Morazán, San José, Editorial Stvdivm, 1ª.  Ed. 1982, pp 13
 
[6]  Cáliz Suazo, Miguel. La posteridad nos hará justicia. Ediciones Guardabarranco, 2002. Vol IV. En el que recopila documentación acerca de dictador Braulio Carrillo.
 
[7] http://www.tiquicia.org/pds/pd/13-XIII.htm
 
[8] Wilson, Baronesa de América de fin de siglo. Ed Soler y Llach, Barcelona 1897
 
[9] Montúfar, Lorenzo Centro América.
 
 
[11] Juana Azurduy de Padilla, Chuquisaca, 1780-Jujuy1860, heroína de la independencia del Alto Perú, actual Bolivia. En 1802 contrajo matrimonio con Manuel Ascencio Padilla, con quien tendría cinco hijos. Tras el estallido de la revolución independentista el 25 de mayo de 1809, Juana y su marido se unieron a los ejércitos populares, creados tras la destitución del virrey y al producirse el nombramiento de Juan Antonio Álvarez como gobernador del territorio. El caso de Juana no fue una excepción; muchas mujeres se incorporaban a la lucha en estos años.
 
Juana colaboró activamente con su marido para organizar el escuadrón que sería conocido como Los Leales, el cual debía unirse a las tropas enviadas desde Buenos Aires para liberar el Alto Perú. Durante el primer año de lucha, Juana se vio obligada a abandonar a sus hijos y entró en combate en numerosas ocasiones, ya que la reacción realista desde Perú no se hizo esperar. La Audiencia de Charcas quedó dividida en dos zonas, una controlada por la guerrilla y otra por los ejércitos leales al rey de España.
 
[12] Manuela Sáenz y Aizpuru o Sáenz de Thorne, también llamada Manuelita Sáenz; Quito, 1793 – Paita, Perú, 1859. Patriota ecuatoriana. Esposa del doctor J. Thorne (1817), se convirtió en la amante de Bolívar (1822), al que acompañó en todas sus campañas y al que, en una ocasión, salvó la vida (1828), lo que le valió el apelativo de Libertadora del libertador.
 
[13] Bartolina Sisa, guerrera aymara y ancestral boliviana, nació en 1753 en Sullkawi (hay otra versión que dice que nació en 1750 en Qara Qhatu, cerca de la ciudad de La Paz). Pudo ver los atropellos que se cometían con las poblaciones indígenas. Dedicó su vida a luchar contra la opresión de los colonizadores, buscando la libertad y una vida digna para sus hermanos indígenas. Se casó con Tupak Katari, un joven aymara que compartía la misma convicción ante la contingencia que vivían. Se unen a Túpac Amaru y a su esposa Micaela Bastidas , dos guerreros incansables, en busca del mismo propósito de libertad para sus pueblos y que lideraban el grupo de los quechuas. Estalla la insurgencia aymara-quechua y en 1781 Túpak Amaru es proclamado Virrey del Inca y Bartolina Sisa es elegida Virreina.
 
[14] Gertrudis Bocanegra Nació el 11 de abril de 1765 en la ciudad de Pátzcuaro Michoacán en la sociedad colonial de la Nueva España. Hija de los españoles Pedro Javier Bocanegra y Felicia Mendoza, se casó con Pedro Advíncula de la Vega, soldado del regimiento provincial. En su matrimonio procreó cuatro hijos. Organizó una red de comunicaciones mientras su hijo y su esposo se incorporaron al ejercito insurgente en las filas de Manuel Muñiz, que a su vez, se incorporó con su tropa al ejército comandado por Miguel Hidalgo a su paso para Guadalajara, tomando parte en la batalla de Puente de Calderón. Su esposo y su hijo, sucumbieron en batalla. Fue enviada a su natal Pátzcuaro para organizar las fuerzas insurgentes y facilitar la entrada a su ciudad. Fue apresada y sufrió interrogatorios para que delatara a sus compañeros. Sujeta a proceso fue sentenciada y fusilada al pie de un fresno de la plaza mayor, hoy Vasco de Quiroga, el 11 de octubre de 1817.
 
[15] Luisa Cáceres de Arismendi Heroína de la Guerra de Independencia de Venezuela (Caracas, 1779 – 1866). Su padre, Domingo Cáceres, y su hermano Félix fueron asesinados por los realistas en la población de Ocumare en 1814, por lo que tuvo que emigrar con el resto de su familia a Isla Margarita, donde contrajo matrimonio con el general Juan Bautista Arismendi. Al año siguiente, fue detenida por las autoridades españolas con el propósito de presionar a su esposo Arismendi, quien desarrollaba una feroz campaña contra las fuerzas españolas. Sin embargo, el gobernador de Isla Margarita, el español Joaquín Urreiztieta, no consiguió nada ni de ella ni de su marido por lo que Luisa permaneció en la prisión de la fortaleza de Santa Rosa -donde tuvo a una niña que murió en el parto- hasta que fue trasladada a la fortaleza de Pampatar, de allí a La Guaira y finalmente a España (1816), donde también fue víctima de presiones para que renegara de sus ideas republicanas. Sin embargo, nunca abandonó sus ideales independentistas. Una vez en libertad, regresó a Venezuela en 1818 y continuó apoyando las ideas de libertad y soberanía del pueblo americano. Vivió en Caracas hasta su muerte. En reconocimiento a su lucha por la independencia de Venezuela, sus restos fueron sepultados en el Panteón Nacional en 1876.
 
[16] Policarpa Salavarrieta, ¿Santafé, Guaduas, Mariquita?, ¿1793-1795?-Santafé, 14 de noviembre de 1817 Esta heroína colombiana, patriota, amante de la libertad usó nombres, salvoconductos y pasaportes falsos, se empleó como doméstica para espìar y facilitar emboscadas de la guerrilla, conspiró contra los realistas, ayudó a organizar destacamentos militares de apoyo a Simón Bolívar…
 
Fue arrestada junto a   Alejo Sabaraín, cuando intentaba fugarse con otros compañeros al Casanare, fue el hecho  que permitió la captura de la Pola, pues éste tenía una lista de nombres de realistas y  de partriotas que la Pola le había entregado. Hasta ese momento, Policarpa había podido  pasar desapercibida y moverse con gran libertad por la ciudad. El sargento Iglesias, principal agente español en la ciudad, fue comisionado para encontrarla y arrestarla. La  Pola fue detenida con su hermano en la casa de Andrea Ricaurte y Lozano. Inmediatamente  fue reducida a calabozo en el Colegio Mayor del Rosario. Un consejo de guerra la condenó  a muerte el 10 de noviembre de 1817, junto con Sabaraín y otros patriotas.
 
[17] Micaela Bastidas (1745-1781), esposa de Túpac Amaru II (José Gabriel Condorcanqui, 1738-1781) y su compañera en la rebelión que encabezó en Perú. Fueron ejecutados el mismo día, con la menos conocida Tomasa Condemayta, capitana de un batallón de mujeres que ganó batallas a las fuerzas españolas
 
 
[18] Otras Fuentes webliográficas consultadas:
 1.http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Josefa_Lastiri_Lozano
 2.http://en.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Josefa_Lastiri
 3.http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Moraz%C3%A1n
 4.http://es.rodovid.org/wk/Persona:111366
 5.http://www.angelfire.com/ca5/mas/mor/mor010.html
 6.http://www.historiadehonduras.hn/heroesyproceres/morazan.htm
 7.http://www.sellosmundo.com/America/Honduras/sello_54478.htm
 8.http://www.ihah.hn/FILES/PlanInterpretativoMuseo_CasadeMorazan..pdf
 9.http://www.datuopinion.com/maria-josefa-lastiri-lozano
 10.http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=morazan-francisco
 11.http://www.latribuna.hn/2009/10/06/el-excelso-hijo-de-la-villa/
 12.http://www.historiadehonduras.hn/presidentes/franciscomorazan.htm
 13.http://es.scribd.com/doc/56588268/Documentos
 14.http://www.angelfire.com/ca5/mas/mor/mor019.html
 15.http://www.hechoshistoricos.es/html/eventos1792.html
 16.http://translate.googleusercontent.com/translate_c?hl=es&prev=/search%3Fq%3D1792%26hl%3Des%26biw%3D969%26bih%3D138%26prmd%3Dimvns&rurl=translate.google.hn&sl=en&twu=1&u=http://www.brainyhistory.com/years/1792.html&usg=ALkJrhiDW-AlXP6sBC0WdlLS3hkVyEsCKA
 17.http://www.ecured.cu/index.php/Francisco_Moraz%C3%A1n
 18.http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Moraz%C3%A1n
 19.http://www.angelfire.com/ca5/mas/mor/mor014.html

sábado, 18 de agosto de 2012

Julio Escoto, escritor imprescindible de Honduras




Aproximación biográfica, bibliográfica y cultural


La Tribuna Cultural 1 julio, 2012- 1:04 AM



Por: Marcial Cerrato Sandoval

Siento una especial satisfacción al intervenir en este programa mediante el cual quedará inaugurado el Primer Taller Académico Cultural Internacional patrocinado por Universidad Nacional Autónoma de Honduras.

                                                   Julio Escoto

Además de satisfecho, me siento privilegiado, porque me corresponde compartir con ustedes un antecedente, una aproximación, un atisbo, sobre la personalidad de Julio Escoto, quien además de ser un destacado hombre de letras y un promotor de la cultura e identidad nacional, es mi amigo.

Julio es nativo de San Pedro Sula, pero su familia tiene su origen en la zona central de Honduras, en un pueblo muy antiguo, contemporáneo de Cedros y Santa Lucía, y como estos, también poseedor de un antiguo cristo negro colonial, se trata de Esquías, en Comayagua.

Los Escoto –probablemente de origen sefardita- figuran en nuestra historia desde el tiempo colonial y no digamos cuando se inició la República.

Pero volviendo a Julio, ¿cómo podemos sintetizar su quehacer en los campos de la cultura y la literatura?

Sabemos, por ejemplo que su padre fue periodista y fundador de periódicos, esto lo puso en contacto –desde temprana edad- con los diversos elementos de la escritura y linotipia. También sabemos que durante sus estudios secundarios ganó un concurso con la novela corta: “Los guerreros de Higueras” que después publicó en 1967. De esta edad temprana es también: “La balada del herido pájaro” publicado por la Editorial Universitaria.

Fue maestro en varios institutos de educación media y posteriormente impartió su saber en las aulas universitarias, tanto en San Pedro Sula como en Tegucigalpa.

Pero mientras enseñaba también escribía…

A comienzos de la década del 70, se traslada a Costa Rica donde realiza una encomiable labor tanto formativa como de comunicación social, que culmina con su nombramiento como Director de la editorial Universitaria Centroamericana, EDUCA.

En ese período publica entre otros: “El Árbol de los Pañuelos”, “Antología de la poesía amorosa de Honduras”, y “Estudio crítico sobre Juan Ramón Molina”.

Creo oportuno en este momento puntualizar una especial e importante labor que realizó como promotor de la cultura nacional y centroamericana.

Fue enlace y motor para la publicación a través de EDUCA, de varios libros de valor incalculable para nuestra bibliografía, algunos de ellos agotados. Libros como: “Incidentes de viaje en Centroamérica, Chiapas y Yucatán” de John L. Stephens, “La Provincia de Tegucigalpa bajo el gobierno de Mallol”, de Rómulo E. Durón, “Exploraciones y Aventuras en Honduras”, de William A. Wells y con el apoyo de instituciones como la UNAH: “Juan Ramón Molina, poeta del modernismo centroamericano”.

Siendo tan prolífico escritor siento que mi tiempo es insuficiente para mencionarles en detalle toda su producción, por lo cual me concentraré un poco en su gran novela considerada por algunos críticos como la gran novela hondureña y latinoamericana contemporánea: “El rey del albor, Madrugada”.

Esta novela se desenvuelve en tres vertientes temporales separadas por muchos siglos: la contemporánea, la de la conquista y la maya del período clásico y ha sido comentada y reconocida como su más grande y significativa producción.

Los que nos identificamos más con la vertiente contemporánea encontraremos en ella un espejo de lo que ha sucedido y sigue sucediendo en nuestro tiempo, tanto a nivel nacional como internacional, y muchos quisiéramos leer más –al estilo de Hollywood- sobre su figura central, el Dr. Quintín Jones.

Otros, tal vez preferimos adentrarnos en el pasado, en el pensar y quehacer de nuestros antepasados mestizos y mayas. Tema este último que lo animó para escribir el libro que hoy nos ocupa y que esperamos disfrutar en poco tiempo.

Julio ha recibido –durante estos 45 años de bregar en el quehacer creativo y cultural- ingentes y distinguidos reconocimientos tanto nacionales como internacionales, entre los que cabe mencionar: Premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa”, Premio “Froylán Turcios” de literatura, Premio Gabril Miro, de cuento de Alicante, España, Laurel de oro y Pergamino de Honor de la Secretaría de Cultura, Turismo y Deportes”, Premio José Trinidad Reyes de la UNAH. Parte de su producción ha sido traducida al inglés y al polaco.

Del espacio cultural y crítico que actualmente tiene en el heraldo, recogemos este pensamiento: “El escritor… es en alguna forma el barómetro, el sismógrafo de la sociedad y debe de aplicar su inteligencia en advertir sobre aquello que se ve o va mal para la nación. Es su función de orientador de opinión… venderla al menor postor es fácil… pero hacerlo es cruel, sobre todo en una comunidad tan ausente de luces, tan manipulada y prostituida, tan engañada por quienes buscan únicamente el usufructo del poder”.

Vemos así que para el verdadero escritor y promotor cultural, lo que anhela y busca no es el reconocimiento oficial ni el lucro, sino la lectura masiva de sus pensamientos e ideas y el saber que su esfuerzo ha contribuido a cambiar y mejorar –aunque sea un poco- nuestro entorno vital y la forma de ver la vida y el mundo.

Muchas gracias por su amable atención.


martes, 17 de julio de 2012

América Nuestra: antología de escritores iberoamericanos en Estados Unidos

Cierto es que ningún hombre es una isla, y mucho mas certero es decirlo de un escritor o una escritora. Las antologías son tan esenciales como las obras personales o quizá más; es en ellas donde nacemos, nos volvemos adultos y a veces donde llegamos al final del juego.


La primera reacción al recibir noticia de la publicación de América Nuestra, otra antología* de escritores iberoamericanos residentes en los Estados Unidos, fue un hálito de confirmación de algo que he venido sosteniendo desde hace muchos años, que la literatura iberoamericana no termina en las fronteras de Latinoamérica o España, por la sencilla razón que la literatura persiste donde la lengua manda.

            Como bien plantea Castro Urioste en el prefacio de la antología, en lo que ahora es los Estados Unidos se hablaba y también se escribía cristiano desde los tiempos de las misiones, e incluso antes, durante las exploraciones. Recordemos que la literatura iberoamericana comienza con las crónicas de los exploradores y conquistadores. Las experiencias de estos primeros escritores eran más que novedosas, sin precedencia, podríamos más bien decir alucinantes. De manera que el resultado narrativo fue distinto en lenguaje y visión, comenzando con toda una nueva nomenclatura botánica, zoológica y topográfica y culminando con otra cosmovisión, aspectos ambos que se habrían de interiorizar para crear obras —entonces se pudo decir— de carácter americano. Sabido es que la obra de Cabeza de Vaca se caracteriza por los aspectos ya mencionados. Lo interesante es lo siguiente (y lo que nos incumbe para esta antología), a los cronistas de la región norteamericana no sólo los reclaman los españoles y los latinoamericanos, sino también los chicanos; este tema por supuesto es de otra tertulia, pero nos da a saber la importancia de la lengua madre para determinar identidades culturales, no una sola identidad, sino varias. Este aspecto tiene mucha más relevancia en América Latina y los Estados Unidos que en España. Muy bien sabemos que el castellano como lengua nacional no comprende todo el ser español. El carácter español, ibérico, es de mucha más antigüedad y rebasa las lenguas que se hablaban y se hablan.

            América Latina por supuesto también cuenta con un pasado-presente indígena y africano, pero la diferencia es que este tiempo mítico se ha transcrito; hubo una mutación de valores que se ha registrado como sincretismo, que parece solamente comprenderse y concebirse por medio de la lengua. No fue por folclore que utilicé el término cristiano para referirme al español. Algo que se ve mucho en los Estados Unidos es que los latinoamericanos al encontrarnos de repente sufrimos una suerte de mutuo reconocimiento y que casi decimos: “hablamos cristiano”. Así como los españoles usaban el término para distinguirse de los árabes, nosotros, guardando las debidas proporciones, lo hacemos para distinguirnos de los “foráneos”, especialmente de los angloamericanos.

            La fuerza de la lengua hablada se vuelve determinante con el tiempo. Hay algo bastante primigenio al comunicarse en la lengua madre, seguro hay mems (es decir, gens de la memoria) que se activan al poder hablar y entenderse con otra persona. Los mems son por supuesto más de naturaleza afectiva, cultural y psicológica. Algo análogo sucede al escribir en español, también se activan los tipos y arquetipos de nuestra cultura, que, recuerden, siendo sincrética, se remonta a tiempos y espacios remotos. Los latinoamericanos tenemos el lujo de sentirnos orgullosos de tiempos y regiones que abarcan toda América indígena, Europa y África.  Pero este mutuo orgullo lo sentimos por medio del español. El español es el factor unificador. Y aquí he llegado al punto de una premisa que he venido manejando hace muchos años. Si es en español es iberoamericano.

            Una vez, en un concierto, le preguntaron a Luis Armstrong lo que pensaba de la música cubana que estaba escuchando; el viejo simplemente contestó: “If it sounds good, it is good” (Si suena bien, es buena). Creo que me suscribo a ese simplismo del sentido común. No le busquemos tres pies al gato. Si está escrito en español, es iberoamericano. Esto lo comprendí en mis primeros años universitarios, cuando estudiaba literatura angloamericana. Los anglos practicaban, como lo siguen haciendo, el segregacionismo lingüístico. A mí me parecía un insulto que hubiera clases de literatura étnica. Las listas se volvían ridículas y racistas: African American Lit., Mexican American Lit., Native American Lit., y todas escritas en inglés. Alegaba con los profesores y ellos simplemente seguían siendo lo que son, segregacionistas. (Qué diferencia a la sabiduría de Luis Armstrong.) Par poder leer a grandes escritores, como Ralph Ellison y James Baldwin, tenía que tomar un curso especial. Ralph Ellison había escrito la que quizá fue la mejor novela estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial, pero nunca aparecía en las listas de American Literature, sino en la otra, African-American Literature, la segregada. Vale mencionar que los angloamericanos segregacionistas comenzaron a sentirse bastante abochornados en 1993, cuando Tony Morrison ganó el premio Nobel de literatura. Para entonces ya me había graduado, había terminado otra licenciatura, en psicología, y había vuelto a contemplar mis propios mems (pueden leerlo como quieran). Quedé verdaderamente harto del ambiente anglófilo y xenofóbico. Aprendí y perfeccioné el inglés, pero para dedicarme a escribir en español. No fue muy difícil, nunca me sentí que viví fuera de América Latina. Honduras nuca ha sido periferia para mí y tampoco yo lo he sido para ella.

Por eso gozo de entereza al decir que las personas que escriben en español, donde sea que vivan, siguen perteneciendo y aportando a la literatura iberoamericana. Nuestra América: Antología de Narrativa en Español en Estados Unidos es ejemplo claro de esta premisa, que no creo sea tan complicada. El primer título por supuesto es una alusión a lo que José Martí llamaba al territorio (pero léase al ser latinoamericano); curiosamente este concepto lo acuñó durante el exilio en Nueva York donde escribía su mejor prosa.

A mi ver José Castro Urioste y Fernando Olszanski han hecho una selección no tanto representativa como personal; esto no le quita mérito a la labor del antólogo. Finalmente lo que importa es la calidad de los textos. Lo que sí de primera me llamó la atención y, para ser franco, me mal advirtió, fue el prefacio de Urioste, quien plantea como objetivo de la antología intentar “…—aunque sea con un granito de arena— dar cuenta de la formación de una identidad latina—.” Esto puede parecer muy aceptable al lector no precavido de las vejaciones de la crítica literaria estadounidense, pero lo que se sigue perpetuando es un proyección anglosajona (de origen europeo) con respecto al valor intrínseco de nuestra literatura y de nuestra cultura por antonomasia. Me explico.

Una de los grandes debates filosóficos durante el periodo de las exploraciones y asentamientos fue el de la humanidad propia de los indígenas. Hay que recordar que los europeos veían a los indígenas como animales salvajes y luego, por fuerza de la ilustración, como tipos de un bon savage. En fin, se cuestionaba la idea de que los indígenas tuvieran alma. Gracias a la intervención del padre De las Casas esto llegó a resolverse y al fin les convino aducir de que sí teníamos alma. Bien, este el primer paso de una intervención eurocéntrica. Con los siglos, después de que los americanos aprendieran a comunicarse y a escribir, surgieron de nuevo los cuestionamientos con respecto al valor intrínseco de todo lo que se creaba y producía en América. Para remediar este dilema se empleó un concepto que ha servido de mucho, y es el sincretismo. En América Latina al fin se llegó a concebir una identidad propia y al fin logramos independizarnos culturalmente de España y Europa en general, aunque siempre quedaran las ascuas de lento fuego en que se cocia nuestra identidad.

Cuando comienzan a surgir las obras de literatura escritas por “latinos” o latinoamericanos en Estados Unidos, los anglosajones de nuevo soplaron las casi apagadas ascuas de la colonización. La crítica literaria estadounidense ha utilizado la premisa de la falta de identidad (nuestra) para explicar toda manifestación artística y literaria. Tristemente, los catedráticos latinoamericanos que se han formado aquí también tomaron y siguen tomando de esa cocción. Antes se nos cuestionaba si teníamos alma, ahora se nos cuestiona si tenemos identidad.

Por eso me asombra hallar este mismo desacierto en una antología que seguramente va a llegar a las manos de jóvenes estudiantes de origen latinoamericano. También a ellos se les va a contaminar con la misma distorsionada idea que predica o insinúa que toda obra literaria escrita en español, en los Estados Unidos, es en vías de la formación de una identidad; cuando lo que se debe entender y enseñar es lo siguiente: todo pueblo que goza prolongada cohabitación y comunión, y que se comunica en una misma lengua, ya tiene de hecho una identidad, y cuando esta alcanza un grado de madurez y complejidad, comienzan a manifestarse los valores a través de obras de arte, música, literatura, cine, ciencia y filosofía, etc. Es decir, la identidad precede al pensamiento y a la creatividad, que es recreación de un mundo ya interiorizado. Ejemplo distante pero acertado: el arte rupestre como muestra concreta de una identidad primordial, no de una búsqueda de la misma.

El fantasma del bon savage aparece aún por las aulas y cátedras de las universidades estadounidenses. No existe tal cosa llamada identidad latina, eso es un marbete empleado por los académicos y fomentado por los medios de comunicación, porque es fácil y se presta para no pensar.

Insisto entonces en que esta antología es una buena muestra de valores latinoamericanos y, finalmente, digámoslo, de valores universales. Nuestra América es justamente eso, lo que producimos los latinoamericanos, donde sea que vivamos. Quiero seguir esto con una pregunta capciosa, para hurgar más. ¿Acaso Julio Cortázar, quien vivió tanto tiempo en Francia, intentaba formarse una identidad al escribir en español y no en francés?

Derrida decía que el hombre no hace el mito, sino que el mito hace al hombre. Somos seres históricos. La historia de un pueblo forma la identidad y toda persona que es parte de esa historia no debe dudar nunca de su integridad; de hecho a la mayoría de los latinoamericanos ni se les cruza por la mente. Esa es más bien preocupación de sociólogos, afectaciones o distorsiones de intelectuales e incumplimiento de una crítica más profunda de parte de los académicos.

La aguda observación del historiador costarricense Danilo Pérez Zumbado** quien prefiere el término americanidad a la de identidad cuando se refiere a la definición de lo nuestro, nos reafirma cómo en América Latina se deniega el uso del término. Los orígenes del pensamiento latinoamericano se ocuparon de definir lo nuestro. Cuando José Martí acuña la frase, la cuestión aún se debatía duramente. Pero ahora estamos en el siglo XXI. Ya no estamos entre Ariel y Calibán. Quizá para aquéllos que creen que algo más que una literatura se está forjando aquí en Estados Unidos, y sospecho que Fernando Olszanski se suscriba a ello, deberían de pensar en un término como latinidad, ya que el marbete de latino no nos lo quitamos de encima. Yo personalmente no creo en la latinidad. El influjo constante de latinoamericanos a los Estados Unidos no permite la consolidación de una nación latina dentro de la gran nación. Simplemente seguimos siendo latinoamericanos radicados en los Estados Unidos. Y no digamos del influjo o surgimiento de escritores latinoamericanos y españoles. Fue a esta encasillada población a la que se aproximó la editorial Planeta con una condición bastante reductiva, hasta el punto de ofensa; promovía la escritura en español siempre y cuando los cuentos o novelas trataran de temas de las experiencias de los latinos en los Estados Unidos. Planeta ha querido hacer otra literatura “étnica”. Paz Soldán fue uno de los primeros antólogos de Planeta USA. El resultado fue una selección de cuentos afanados y malucos.

Para no agotar más el asunto, creo que esta selección de narrativa en vez de abogar por una identidad latina estadounidense, sin planteárselo ha confirmado que lo que se escribe en español en los Estados Unidos es literatura iberoamericana. Basta con leer los textos para darse cuenta de ello.

Como verán, Goldenberg ha brindado, quizá adrede, un texto que no solamente rompe con las expectativas de géneros literarios, sino que también crea todo una contestación (negación) al asunto de la identidad en general. Cuestión que me lleva a la narrativa propiamente hablando. Una vez superada la piedrita “académica”, nos hallamos con una selección de textos que nos da una buena faena de las posibilidades narrativas. Los temas oscilan entre lo muy actual como lo histórico.



Mario Bencastro acude al testimonio y a la epístola, y los combina para crear un relato histórico. El personaje ficticio, que vive en el presente, escribe una carta que la trasplanta al conocido asesinato de las cuatro misioneras estadounidenses en la guerra civil en El Salvador. El efecto final es comenzar a dudar si el personaje es real o ficticio. Es inevitable no pensar que la remitente va a sufrir también el mismo destino. Bencastro muestra en “Querida amiga” el fatalismo que ha quedado como remanente de una tragedia personal e histórica.


Las voces narrativas en “Parejita ideal” de Alicia Borinsky, personajes principales, la narradora e Irene, se extravían en estilo directo libre (¡en un cuento de cinco páginas!), lo que resulta en una fallida locución intermitente de lo que piensan, ya que la trama no se desarrolla lo suficiente y lo que queda parece el primer borrador, como los primeros apuntes de un relato que pudo llegar a ser.


“La llamada” de José Castro Urioste” es la típica historia del inmigrante venido a menos, solo y arrepentido de haberse quedado a los Estados Unidos. El relato encadena diestramente el transcurrir de la vida pasada de Rubén, el personaje principal, con los momentos de ansiedad vividos en una noche de Navidad en Nueva Jersey. Ambientado con un lenguaje muy congruente con la procedencia de clase obrera del personaje, Castro Urioste muestra la facultad para desencubrir lo cotidiano y hallar el desnudo humano, algo que también maneja magistralmente en su breve novela Aún viven las manos de Santiago Berríos (1991).



Mirta Corpa Vargas se atrevió a enviar un texto a medias y trillado. “Casa Blanca” parece cuita estilo pedro navaja. Tiene todos los elementos para ser algo mucho más completo, pero se quedó en la anécdota.



Ambos cuentos de Chávez Castañeda y Ariel Dorfman nos llevan a los intersticios psicológicos y existenciales. Las descripciones del mundo de Kata, la protagonista de Castañeda, nos remite a la fenomenología; y “Horas de visita” de Dorfman es un magistral cuento corto, una muestra excelente del poder de la omisión como recurso. Ambos textos acuden al lector (teoría de la recepción).



Teresita Dovalpage nos arremete sobremanera con “Malvenida, mamá”. Con la agilidad de la que conduce mientras argumenta nos presenta a su madre en vida y nos manipula a asistir a su encuentro. Curiosamente, la espontaneidad y la hilaridad, el ritmo y la desfachatez que hallamos en este cuento, también lo vemos en “Qué pensarían de nosotros en Japón” de Enrique del Risco. Hay algo muy cubano en todo esto. Sin embargo, Dovalpage ha creado una trama mucho más compleja tanto en lo formal como en contenido. Las retrospecciones de la hija quien nos habla de su madre se explayan a medida que se desplaza en auto, haciendo comentarios sobre el tráfico y la ciudad, glosadas con referencias y alusiones que dan indicios: “No puedo ir al aeropuerto, madre, porque la ciudad está cubierta de cenizas y humo, como Pompeya cuando reventó el vientre de Vesubio.” De final matricida orquestado sorpresivamente pero sin hacernos sentir que estamos tragándonos un bocado tabú, “Malvenida, mamá” es sin duda uno de los mejores cuentos que he leído últimamente.


No sé qué decir de “El mercado transformista” de Roberto Fernández, simplemente me asombra cómo el estilo carnavalesco, a lo Arenas, persigue a muchos cubanos. Seguramente hay un hilo comunicador que sólo el escritor y sus narratarios conozcan, porque el texto es cansón por tantas referencias gratuitas a la cultura popular y porque sólo llega a presentarse como “un día en la vida’.



“Fábula del ser nativo y del ser inmigrante” de Isaac Goldenberg, curiosa, irónica o sarcásticamente, parece una reacción irreverente al presunto objetivo de todo juicio de valor y de todo pretensión del saber, incluida el objetivo de la antología misma. Las fábulas iniciales, como si contestaran al mito mismo de una identidad latina en los Estados Unidos, además de descomponerse por las invectivas de Goldenberg, no son las únicas. Este texto consta de varias descomposiciones que oscilan entre lo específico (la vida humana) y lo más abstracto (Dios), siempre llegando a la conclusión de que toda intervención intelectual es una mitificación. Pero las ideas se presentan irónicamente y se ambientan en un espacio y tiempo indeterminado del futuro. A diferencia de Vonnegut quien nos divertía con sus breves relatos futuristas, Goldenberg nos hace bostezar con analogías galácticas de las miserias de la historia humana. Las “fábulas” están cundidas de lugares comunes y obviedades. El texto no es un relato con trama y personajes individualizados, sino una suerte de caracterización del ser humano por medio de sus defectos, cuestiones que ultimadamente se prolongan sin darle la importancia debida a las ideas que en otro contexto y elaboradas sin sarcasmo habrían tenido más impacto. Es curioso, pero Goldenberg parece querer negar o minimizar el intelecto o el discurso intelectual, pero lo pretende lograr por medio de conceptos propios del ingenio. Si se escribiera una novela sobre el ser humano, estas serían algunos de los esbozos principales del protagonista. No descarto de interés o de valor este texto, este perfil humano, sino que me parece que no cabe en una antología de narrativa. Si la antología se titulara “Antología de prosas irónicas, livianas, irreverentes y sarcásticas”, tal vez. Pero ahora que ya se me ocurrió ese título, quizá los que deban cambiar de contexto son los antólogos. Que cambien de título y todos estas selecciones van hallar su debido sitio en esta antología. Como agregado comentario voy a mencionar el hecho que Goldenberg no incluye ni una sola fábula sobre la literatura o el saber. Pero como dije, no le interesan las cualidades humanas, sino los defectos. No nos otorga, en este perfil galáctico, los atributos humanos que pueden salvarnos de la nada: la belleza y el arte. Le faltó añadir la fábula del arte y la literatura y la fábula del saber; pero entonces su texto se desmoronaría como esa antigua aseveración de Epiménides el cretense al decir que “Todos los cretenses son unos mentirosos”. Es inevitable no pensar en la culminante paradoja de este conjunto de textos, la fábula de la palabra escrita: toda palabra escrita es una fábula.



Miguel Gomes tanto como González Viaña pecan de demasiado obvios en “Australia” y “Usted estuvo en San Diego”, respectivamente; ambas historias de migrantes no dejan de contribuir con los mismos simplismos a un tema tan avejentado como actual y tan requeteconocido. Es cuando me hallo con estos textos que pienso que la manera en que se convocan a los escritores los predispone a enviar escritos malucos sólo para que se ajusten a las exigencias editoriales.


Ana Merino explora brevemente un tema tan copioso como es el de la pérdida de la memoria (y otras facultades) —el Alzhéimer—; se quedó además en los síntomas y algunas memorias fragmentarias que no nos permitieron conocer la dimensión humana. A veces los escritores pretendemos hacer epifanía de un acontecer y acabamos con un escrito que parece más bien viñeta. La relación padre-hijo aquí se presenta de manera tan elíptica que deja mucho que desear. Lo mismo pienso de “De cuervos y flores” de Olszanski. Ambos textos se me antojan viñetas de hermosa composición. Ambos acuden a la imagen como tropo psicolóٕgico que, por supuesto, cobra importancia formal al convertirse en el centro y el final de toda la composición. Las naranjas de Merino y la extraña flor (y los cuervos) de Olszanski son ejemplos formidables del empleo de la metonimia como recurso narrativo. Ambas historias son fragmentarias, pero nos invitan a perseguirlas. A mi ver, “De cuervos y flores” es un preludio a una novela, a un bildungsroman; si se procurara esa voz narrativa a través de todo el viaje que el protagonista está por iniciar, entonces serían varias las anunciaciones que nos haría contemplar y apreciar.


Hay algo muy tenaz en el cuento “Valiant Acapulco” de José Montelongo. Equipara la mitología antigua con la actual, una tesis en sí, el hombre del hoy mismo también motivado por los mitos, los de la cultura urbana. Un cuento ejemplar del posmodernismo, la desmitificación del amor cortés en “Valiant Acapulco” resulta en otra mitificación: momento en que los valores no logran trasmutarse, sino que simplemente habitan otros medios iconográficos. Ya no se trata de Pegaso sino de un auto, un Valiant Acapulco.


Algunos de estos textos parecen anécdotas, como “Casa Blanca” de Mirta Corpa Vargas, que confunde más con los adjetivos y circunvalaciones, p. 55, para contar algo tan real. “Billy Ruth” de Paz Soldán, parece ser una perra de estudiante, cuya audiencia implícita son los mismos jugadores de Hockey y animadoras (cheerleaders) a quienes tiene como objetos de sus memorias; no sería extraño que esta anécdota la hubiera escrito en sus años de universitario y originalmente en inglés. Parece que las exigencias de brevedad y concisión le han mancado mucho al género. Antes se decía que un cuento se debía de leer en una sesión normal de lectura; pero ahora se hace en una sentada. Es desconcertante saber que las ocurrencias de estos escritores pasaron por el escrutinio de un doctor en letras y un editor profesional.


Enrique del Risco, con “¿Qué pensarán de nosotros en Japón”, nos lleva en un reconocido viaje en el metro de Nueva York. Un relato liviano y sin más pretensiones que las de ilustrar el asombro (exagerado por licencia poética) que puede llevarse un inmigrante, y especialmente un hombre entrado en años que acaba de llegar de Cuba. Es admirable la facilidad con que del Risco nos lleva de escena en escena, donde los asombros de su padre se descomponen con las divertidas observaciones (y regaños) del hijo ya iniciado en la gran urbe.



“La ley” de Rose Mary Salum me dejó en dudas. En primer lugar, divide el texto en partes innecesarias; y más importante, quiso llevar la situación de la profesora (postrada a una silla de ruedas) a un grado de patetismo que no se logra del todo, pero sí se apunta. Momentos fugaces y esenciales son cuando piensa llamarle la Migra a su empleada Rosario y el miedoso final en que no se sabe lo que traman Rosario y su novio. Hay algo novedoso en esta historia, Rose Mary Salum cuestiona la noción del “inmigrante bueno”, se insinúa la posibilidad de que Rosario sea una tranza. Este cuento también presenta dos clases sociales migrantes que ya son realidad común en Estados Unidos; cada vez más ingresan personas de clase media y media alta a formar parte del mundo usolatinoamericano***.


Jesús Torrecillas nos lleva a un final capcioso como tramposo luego de embebernos con aparentes distracciones. Se realiza la metáfora del bautismo. El protagonista logra entrar en comunión con una familia extraña y desamparada por medio del bautismo literario al final del cuento, cuando la madre (¿bipolar?) de su amiga lee su poesía. Este cuento que nos distrae con las escenas y ambientes menos esperados nos invita a perseguirlo, pero termina fácil. Insisto en argumentar que la brevedad que se exige en estos tiempos, está haciendo daños al género cuentístico.

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Creo que en Chicago, más que en otra ciudad, es donde más se está haciendo por publicar y antologar la literatura iberoamericana que se escribe en Estados Unidos. El trabajo editorial que han realizado John Barry, Alejandro Ferrer, Raúl Dorantes, Febronio Zatarain, Jorge Hernández, Bernardo Navia y Olivia Maciel, ahora continúa con el aporte de Fernando Olszanski y José Castro Urioste. Todos estos escritores han producido revistas, antologías y obras que le han dado forma y contenido al quehacer literario. Mi lectura y observaciones sobre América Nuestra son también el producto de la formación que he recibido a través de los años que he convivido y colaborado con estos colegas.

Cierto es que ningún hombre es una isla, y mucho mas certero es decirlo de un escritor o una escritora. Las antologías son tan esenciales como las obras personales o quizá más; es en ellas donde nacemos, nos volvemos adultos y a veces donde llegamos al final del juego.

                                                           
                                                       León Leiva Gallardo



Notas

* América Nuestra: Antología de narrativa en español en Estados Unidos, editores José Castro Urioste y Fernando Olsanski. Tres Aguas, Linkgua USA, 2011.

**Danilo Pérez Zumbado. “José Cecilio del Valle: americanidad y otras relaciones”, Exégesis No. 77. Universidad Nacional Heredia de Costa Rica.


*** Usolatinoamericano: Latinoamericano radicado en Estados Unidos. (Neologismo que funciona como gentilicio y como adjetivo.)










domingo, 10 de junio de 2012

Diosa Tierra, Diosa Luna, Dios Sol...

                                                  Venus en tránsito



¿Se imaginan la vida sin la Luna? Claro que no, es inconcebible, como lo es sin el Sol, no digamos sin la Tierra. Todo futurismo está basado en mimetizar esta idónea relación de fuerzas vitales.

Por más de dos milenios fuimos engañados con un misterio de ángeles que sostenían las esferas planetarias: noción más infantil del universo no pudo haberse tramado sino en los pabellones de mitómanos y prevaricadores del manicomio más inclusivo del mundo: la religión.

La religión como fenómeno psicólogico (no digamos como institución social organizada, que es un asalto en vía pública y privada) es una condición que se manifiesta en forma de ilusiones, paranoia, disturbios del afecto e histeria colectiva.

Los seres humanos hemos reconocido y comprobado la evolución natural, la económica y la social, pero la mayoría de las poblaciones no avanzan en cuestiones de evolución espiritual. Todavía padecen de nociones religiosas primitivas. Si la religión es tan necesaria (como lo abogan los que creen en la normalidad estadistica), ¿por qué entonces no fomentar una religión que vaya de acuerdo con nuestra inteligencia y nuestra evolución psico-social, una religión que no divulgue un concepto de lo "divino" tan infantil y retrócado?

El judeo-cristianismo, para mencionar solamente lo que nos incumbe en Occidente, es un retraso espiritual sin precedentes. Hasta las religiones animistas (agua-diluvio, fuego-rayo, tierra-seismo, aire-huracán, etc.) tenían más sentido que el malévolo dios sin nombre del Antiguo Testamento  y un mesías apócrifo con mentalidad de esclavo del Nuevo Testamento.

No queda duda. El hecho que se practiquen religiones retrógadas no permite que las poblaciones más necesitadas de soporte espiritual o psicológico desarrollen una relación sana consigo mismos, con el "ser", (el que fuere, no importa), con el otro y menos con su medio entorno, razón por la cual prevalecen las relaciones de poder, pese a que se logren avances en otros ámbitos.

Nos preguntamos: ¿por qué la mayoria de la gente es incapaz de ver la necesidad de adorar la Tierra, la Luna, el Sol, así como adoran algo tan etéreo y sospechoso como una trinidad de espejismos que niega la humanidad misma?

Es hora de una religión práctica. Un "dios" que vaya de acuerdo a las necesidades y  potencial humano. Mejor dicho, una diosa: La Tierra, palpable, arable, fértil, imparcial y la única que nos ha creado y amamantado. En cuanto al dios Sol y la diosa Luna, roguemos que nos sigan alumbrando. He ahí la verísima trinidad. Sin ese triunvirato no hay vida, punto. El verdadero viaje al "más allá" no lo vamos a ver nosotros. La vida transplanetaria está lejos de explorarse. Lo mejor es pensar en el mar: que la Luna no pare de remar sus aguas y que el Sol no deje de tibiarlas.

                                                                  


El pordiosero y el dios (cuento de León Leiva Gallardo)

  ¿Qué buscan los viajeros del mundo? Acaso son dioses venidos a menos, convertidos, disfrazados de príncipes o de pordioseros? Se dice que,...