domingo, 17 de marzo de 2019
Morrison y Crane: dos hitos de la literatura estadounidense
sábado, 19 de enero de 2019
De la vida la ilusa: aforismos de León Leiva Gallardo
De la vida la ilusa
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Una de las grandes ilusiones del individuo es creerse único entre los muchos. No es del todo difícil entregarse a esta falacia, dada la distinción que goza el ser pensante entre las bestias y también por una casualidad del afecto llamada: soledad. Varios son los arquetipos que han logrado laurear dicha ilusión: el filósofo, el héroe, el artista, el santo y, el más infame, el dictador. Pero no olvidemos al poeta, el más intuitivo de todos los ilusos. El poeta es el ángel y el demonio de la ilusión. Vástago del desasosiego como el filósofo, emplea la introspección para poner a prueba la singularidad. Pero distinto ya que no pretende verdades absolutas sino significados. Casi siempre ha sido apóstol del solipsismo. El poeta es el arcaico progenitor del filósofo. Desde un principio su intuición develó sombras, espejismos y formas. La metafísica es la lira de Orfeo de la filosofía.
Vale también hacer un peregrinaje a las fueranías y visitar al ermitaño, iluso de la mimesis más entregada, el más iluso de los ilusos. Más complejo quizá que el poeta en su manera de jerarquizar al ser humano y sus adivinaciones. Entre los pocos ángeles heterodoxos del reino olvidado por Dios, el ermitaño es el místico de los creyentes. Más fiel a su deliquio personal que al hombre o a la mujer, renuncia a los apetitos y a la vida comunal. El más santo de los santos vive en absoluto anonimato. El ermitaño procura la soledad, la rutina de su parsimonioso vivir, y se entrega a la comunión con el alma, ese vestigio de las sustancias obsoletas y raras de la antigüedad.
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En cuanto a la singularidad de la vida espiritual del ser humano, se sabe que no es más que otra proyección de todos sus complejos. Pero veamos, a saber si no es con el fin de perpetuar sus pretensiones divinas. Si se pudiese ser más cínico: Dios como pretensión divina del Hombre. Pretender un Dios es procurar el supremo poder del universo, donde incluso Dios se vuelve un medio para llegar a un fin que resulta ser más ególatra que idólatra.
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Rumoran que Dios es como el universo, infinito, que es todopoderoso, omnipresente, que no tiene comienzo ni fin y que, por lo tanto, es incognoscible. Todos los seres vivientes y las cosas sin vida están regidos por sus leyes inquebrantables. La ilusión de la intervención que pueda tener Dios en la vida humana es como la fantasía de un juego de niños ante el espectro de luz de una estrella muerta. Lo grave es que los juegos de los grandes son tan crueles que hasta aterrarían a los dioses más pendencieros. Tenía razón Machado de Assis al decir aquellas proféticas palabras: Tan lejos está la Cruz del Sur que no distingue entre la risa y el llanto del hombre.
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Debemos tener cuidado con la felicidad, es otro espejismo que, como el amor sentimental, nos distrae, nos desorienta y hasta nos obnubila con sus entusiasmos, apartándonos del objetivo esencial del ser humano: el buen morir.
El indulto a Abraham
Es cuestión de interpretación. Mientras el creyente o el lector medio interprete las Sagradas Escrituras como revelaciones o literatura, nunca serán capaces de identificarse, ya sea con simpatía o repudio, con las acciones de los que deberían ser sus semejantes. Por eso, para los muchos, Abraham nunca puede ser un hombre de carne y hueso, sino un profeta, un mito o un héroe. Si fuese interpretado cual un hombre sumamente humano, entonces el lector tendría que lidiar con el hecho de que este patriarca estuvo a punto de cometer infanticidio, y de pronto sufrir los angustiosos estigmas causados por la injusticia de Dios. ¿Podrías vos, everyman, engañar a tu único hijo y llevarlo al monte Moriá? ¿Podrías sacar la daga que habías ocultado y serías capaz de levantar tu mano contra lo más amado que tenés en la vida? Las Sagradas Escrituras, la Historia y la Literatura, así en mayúsculas, absuelven al humano de toda responsabilidad y le atribuyen don de mito o de héroe. Para ello sólo basta la necedad del tiempo que, como la distancia, envela todo lo concreto y sucedido con el eterizado matiz del cielo, haciendo que los objetos de nuestro escrutinio se enrarezcan en el horizonte.
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Se trata siempre de la suspensión del principio realidad. Pareciera que todas las filosofías, teologías y literaturas no fueran más que la sublimación de la lucha interior del Hombre por comprender y perdonar la maldad de Dios. Una relectura forense del pacto de Abraham nos daría ya no un héroe ni tampoco un psicópata, sino un patriarca enceguecido por la ambición a la tierra. Y de la manera en que repudiaríamos menos a un infanticida si fuera el personaje de una novela, quizá no repudiemos del todo a uno que sea un profeta de las Sagradas Escrituras. Lo reitero, se trata del factor tiempo. La vida también, poco a poco, cobra sentido a medida que abandonamos la idea de Dios. Todo encaja, el caos, el cosmos, el orden, el desorden, el bien y el mal. Todo de pronto se reestructura como una existencia que por mucho tiempo fue determinada por las adivinaciones de un avieso y cruel necromante.
domingo, 8 de julio de 2018
Juan Ramón Molina: English Translations by LLG
Juan Ramón Molina
domingo, 8 de abril de 2018
La relativa gravedad del bien en «No les guardo rencor, papá» de René Rodríguez Soriano
LEÓN LEIVA GALLARDO «No les guardo rencor, papá», breve relación a tres voces cuyo tema reitera la inmediatez de la historia, la fugacidad de la verdad, lo dócil y maleable que es el ser humano y, de fondo, como turbia marea, la relativa gravedad del bien ante las artimañas del poder.
Todo comienza in media res con el monólogo interior de Jorgito, jovencito personaje cuya percepción y elocución con respecto a su entorno nos remite a dos grandes precedentes literarios como lo son Benjy, también un niño, uno de los personajes clave en El ruido y la furia de Faulkner; pero, quizá más cercano, el personaje homónimo, en este caso un discapacitado, del formidable Macario de Juan Rulfo. En ambos casos tenemos personajes de muy limitada comprensión del entorno. Aclaro, la limitación de Jorgito es solamente de edad, mas su percepción del mundo es crucial, como veremos después. Muy diestro en estas técnicas narrativas, Rodríguez Soriano opta por emplear un lenguaje muy simple, sin puntuación ni mayúsculas, ni siquiera en los nombres propios, con el fin de transcribir el mundo del niño de once años. No obstante las limitaciones del personaje, desde un principio deducimos lo que sucede en la familia y en el país, porque Jorgito logra, en el fluir de la conciencia, pensar en los elementos clave (es aquí donde interviene la metonimia): la escopeta, las conversaciones o discusiones en secreto entre su hermano Manuel y su padre, el avión, leitmotif en todo el relato (que representa tanto la fuerza aérea con la que fue derrotada la insurrección como la fuga final de Manuel) y el caos familiar, producido por lo que nadie parece comprender, excepto Manuel a quien tampoco nadie comprende. Posteriormente en otro capítulo, el fluir de la consciencia de este personaje cobra más formalidad, se vuelve más amplio y representa el transcurso del tiempo.
sábado, 20 de enero de 2018
Damián en concilio de León Leiva Gallardo
~Primera parte del poemario Damián, publicado en Tríptico: tres lustros de poesía (MediasIsla Editores, 2015)~
El pordiosero y el dios (cuento de León Leiva Gallardo)
¿Qué buscan los viajeros del mundo? Acaso son dioses venidos a menos, convertidos, disfrazados de príncipes o de pordioseros? Se dice que,...
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