miércoles, 29 de septiembre de 2010

L'ULISSE SIVIGLIANO



Risalgo

con le foglie

per i rami

in testa un cappellaccio sivigliano

Del giorno che si scorcia non mi curo

amo le geografie della tua mano



Esci

dinamitarda tenerezza

corruccio degli amanti aggrovigliati

Scommetto che sei figlia della brezza

per questo più ti odio e più mi piaci



Oltre le porte strette

oltre il mare

avvolti da una fresca chiara d'uovo



Son nuovo

nella chiglia

Ulisse vedi

Immobile sul letto

Eppur mi muovo


(Fabio Scotto)
Mesoamérica


Se me ocurrió pensar que nuestro pueblo nunca fue feliz. Se me ocurrió pensar que este tumulto de territorios venidos a menos es huérfano del trauma. La mentira idílica de las pirámides: gestos de la hipertrofia, ápices de témpanos sumergidos en sangre. Como síntomas apenas de una anomalía reprimida y sublimada, estas geometrías guardan en los sarcófagos homúnculos nefastos, culpables de haber partido el continente —dislocando a los pueblos de su raíz— en fragmentos de una consciencia ancestral: lo que fue la integridad de una mañana lo volvieron un amanecer de hordas mongólicas.

Se me ocurrió pensar que este pueblo estaba enfermo tristemente del alma. Exacerbado su padecer por el concubinato con otro pueblo incauto, España. Se me ocurrió pensar que esta Nueva España, como la invertebrada, como la ininteligible, se me ocurre ésta la España, la España esquizoide. La que se fragmenta por mera necesidad y mecanismo de defensa, por propia ultranza, a resistir la realidad, evadir la realidad, escapar de la realidad de una historia repleta de abusos y atropellos. Violaciones que es mejor olvidar por medio de un mundo bizarramente dividido, rajado.

Con la misma idea en mente, se me ocurrió también traer a colación, rescatar, un recuerdo de infancia, en una tarde de mayo, en una feria patronal de un pueblo de ésta misma mesoamérica. Los niños íbamos a romper una piñata, esa suerte de estrella —policroma luminaria, símbolo y designio de nuestro porvenir— de cuyo vientre habría de caer el maná, los confites, la verdad misma de todas nuestras elucubraciones. Y nos íbamos a tirar al suelo a revolcarnos de alegría, algarabía. La cuerda ya estaba tensa y la estrella, la cometa, comenzó a mecerse ante nuestros ojos milenarios y el palo en alto ya por darle al cántaro y los gritos y las risas y el arriba y el abajo, que a la izquierda, la derecha, hasta que se escuchó el golpe a través del papel y del barro horneado, y al suelo. Al verla gritamos más y más, pero esta vez de miedo, de risa, de nervios, de brincos, saltos y empujones; porque en vez de dulces había caído —inhóspita— una inquieta iguana, el mismo Itzam-Na. Había coincidido el chiste, “la ignorancia”, con el mito y la tradición: la piñata europea, escondiendo el reptil amerindio. (¡Quién pudo haber sabido! Y ) ¿Quién sabe? Tal vez no fue coincidencia, sino la memoria, el arquetipo, que se manifiesta en diversas fachadas.

Entonces, trayendo lo anterior aún más a colación, se me ocurrió pensar que si de una piñata “rajada” sale una iguana, es que hay razón de ser. La historia no pudo crear mejor mortuario que el levantado por México y España. Dos pueblos obsesionados por la muerte, la misma muerte que constantemente retan y quieren encontrar a toda costa. El uno, el ibérico, por medio de la más desinhibida pasión y vitalidad, para luchar contra ella en vida. El otro, el amerindio, con llevarla adentro —bajo una máscara llamada vida— sin poder dejar de serla. El español ve en los ojos del toro lo que el amerindio ve en el espejo. Por eso, el mesoamericano, el nuevo mito, es el vástago de dos razas traumadas. Geniales. Pero genios en trauma.

Cuando el cántaro se raja, la muerte se escapa. La muerte es la única verdad inexorable, el único absoluto, que impide —y hasta no requiere— filosofías. Para terminar con estas ocurrencias, decidí inventarme un juego de palabras: No hay metafísica que abarque la insaciabilidad de la muerte, ni mente que la resista.

León Leiva Gallardo